11 de octubre de 2011
11.10.2011

Un sabio valiente a lomos de una intuición ambiciosa

11.10.2011 | 02:00
bajo el paraguas. La plaza del Paraguas, en Oviedo, data del año 1925, y su estructura central, para albergar la venta diaria de leche, fue considerada durante mucho tiempo una obra menor. | reproducción del libro «el ingenio de un legado»

El ingeniero riojano, nacido en 1898 y fallecido en Madrid en 1980, tenía el don de la flexibilidad profesional: construyó de todo, puentes, fábricas, carreteras, depósitos, pabellones deportivos, torres de refrigeración, naves industriales y hasta palomares como el que levantó en Oviedo en 1934, en forma de tornillo (helicoidal, le llamaron).

Construyó, efectivamente; pero también proyectó lo suyo y hasta reconstruyó. Por ejemplo, el teatro Campoamor en 1941 para salvarlo de los desastres de la guerra. Sánchez del Río tenía sus pequeñas especialidades y una de ellas eran los «paraguas de hormigón». Los construyó en Oviedo y Siero (mercado de ganados) entre otras localidades. Pero la gran contribución a la ingeniería española fue su propio método de diseño de cubiertas de hormigón armado «que está basado en la utilización de formas geométricas susceptibles de ser construidas y dimensionadas de manera sencilla mediante entramados o secuencias continuas de nervaduras, vigas o arcos», se explica en la introducción del libro que acompaña a la exposición madrileña.

Ese sistema de cubiertas laminares onduladas encuentra en el Palacio de Deportes de Oviedo su máxima expresión, una obra cumbre en su género en España. La obra se inicia en 1961, pero no fue inaugurada hasta 1975. Sánchez del Río jugaba con dimensiones «imposibles», en un juego que le llevaba al más difícil todavía: en 1972 construye para el antiguo mercado de Pola de Siero varios «paraguas laminares», uno de los cuales alcanzó un diámetro de cuarenta metros y se convirtió en el de mayor tamaño construido hasta la fecha.

El Palacio de los Deportes fue en su día calificado de «gran hazaña» de la ingeniería. Fue la cubierta de mayor tamaño que llegó a construir Sánchez del Río y un prodigio de luz natural por los cuatro costados. Los arcos onda centrales tienen siete metros de ancho y cien metros de luz, y están complementados con otros cuatro arcos, dos a cada lado del edificio. El resultado es de una sorprendente levedad, una estructura de cientos de toneladas que parece flotar sobre la pista. La techumbre del Palacio de Deportes está, por cierto, pidiendo una limpieza a gritos.

¿Cómo se levantó esta inmensa estructura? A pie de obra se fabricaban los módulos-onda, que eran izados y colocados sobre las cimbras. Una filosofía de mecano.

Sánchez del Río termina sus estudios de Ingeniería casi al mismo tiempo que el hormigón armado se universaliza. El hormigón se convirtió en muy pocos años en un material eterno -después se comprobó que no tanto- que facilitaba proyectos hasta ese momento imposibles y que además conectaba con la estética de la época. Y aupado en ese hormigón que muchos apuntaban como material-milagro, Ildefonso Sánchez del Río construye, inventa, patenta, revisa, rehabilita, proyecta y escribe. Sólo le faltó la docencia para convertirse en un ingeniero total, una suerte de humanista al que no le era ajeno nada. Levanta estructuras inmensas, pero logra convertir -o mejor dicho, se convierte con el paso del tiempo- una obra menor como el paraguas de la plaza de la leche, en Oviedo, en un pequeño hito urbanístico: la plaza del Paraguas, en el casco histórico. Las obras menores de Sánchez del Río son definitivamente obras mayores.

El ingeniero riojano se enmarca en un movimiento internacional a caballo entre la ingeniería y la arquitectura que ha dejado obras asombrosas. Como ejemplo, el impresionante Palacio de Deportes de Roma, de otro de los monstruos sagrados de la ingeniería de la primera mitad del siglo XX: Luigi Nervi.

Sánchez del Río era un intuitivo. El catedrático de Caminos Javier Manterola, una de las firmas invitadas al catálogo sobre el ingeniero riojano, recordaba una frase de otro de los grandes, Carlos Fernández Casado: «El cálculo es muy poco importante, lo importante es la experiencia y la intuición resistente». La frase le sonaba a cuasi blasfemia a un joven Manterola que ahora, muchos años más tarde, califica a Sánchez del Río de «autodidacta, intuitivo y osado, que se atrevía a hacer las cosas sin conocerlas bien y en ese atreverse reposa el enorme ejemplo de su personalidad resistente que hemos recibido con su obra».

Les pasaba algo parecido al arquitecto madrileño Félix Candela, al ingeniero francés Eugene Freyssinet, al arquitecto galo Norbert-Auguste Maillart o al propio Fernández Casado, autor del popular puente en la autopista del Huerna y de algunas de las más hermosas naves de la factoría de Arcelor en Avilés.

Esa intuición la reivindicaba con fuerza Eduardo Chillida para su escultura: las cosas salen bien cuando no se sabe hacerlas. Sánchez del Río y otros «tenían intuiciones, sabían mucho, contaban con un buen depósito de horas y horas pensadas en cómo se las arreglan todo tipo de estructuras para resistir; y tenían valor, osadía y fuerza interior para suplir lo que no sabían y para sostener lo pensado y diseñado», apunta Manterola. Una frase perfecta para definir a un ingeniero irrepetible.

La intuición, por supuesto, tenía su techo hasta donde mandaba el sentido común. La profesora y arquitecta Pepa Cassinello, en su artículo sobre Sánchez del Río, recuerda que «para poder evolucionar sus cubiertas laminares onduladas y alcanzar cada vez mayores luces de vano libre, Ildefonso Sánchez del Río contó con la realización de ensayos físicos sobre modelos reducidos ejecutados por el Laboratorio Central de Materiales», que desde el año 1941 había estado dirigido por Eduardo Torroja, al igual que el Instituto de la Construcción y del Cemento. Torroja fue un ingeniero e investigador de materiales español, prácticamente contemporáneo a Sánchez del Río, a quien las maquetas en laboratorio no se le desmoronaban precisamente.

Cuando en 1959 el ingeniero riojano presentó durante un coloquio internacional su sistema de construcción de cubiertas laminares onduladas que podían alcanzar hasta 200 metros de luz, ya soñaba con un proyecto como el del Palacio de los Deportes de Oviedo. Había un antecedente, aunque las obras finales se parecieran poco: era la mayor estructura laminar construida hasta la fecha (1958), el CNIT de París. Aquel Centro de Nuevas Industrias y Tecnologías, una especie de maravillosa cometa de hormigón de la que la obra de Calatrava y otros no es en absoluto ajena (salvando todas las distancias), sirvió probablemente de acicate para un hombre que se ponía pocos límites.

De esa valentía se beneficiaron, y de qué forma, Asturias y los asturianos.

Francisco Javier Sánchez del Río, sobrino de Ildefonso, cuenta en el libro «El ingenio de un legado» una anécdota publicada en su día en LA NUEVA ESPAÑA:

«Durante la Guerra Civil los militares que resistían el asedio a Oviedo por parte del Ejército republicano acudieron al ingeniero riojano, persona muy conocida en la ciudad, para que les aconsejara a qué parte de la estructura del depósito de aguas tenían que apuntar con la artillería para provocar el colapso de la misma. El motivo de tan insólita petición era obligar a los militares republicanos a abandonar esa posición, desde donde estaban haciendo mucho daño a los defensores de la ciudad. Al proyectista de la obra se le pedía nada menos que descubriera los puntos más vulnerables de la misma para su demolición. Con harto dolor de corazón, el ingeniero municipal proporcionó la información que le pidieron los militares, quienes se hincharon a disparar al depósito de aguas. No hubo nada que hacer, el depósito seguía en pie a pesar de los cañonazos y la obra adquirió rápidamente el adjetivo de indestructible. Gran satisfacción por parte de unos y supongo que decepción para otros».

Pocos años después de acabada la Guerra Civil, Ildefonso Sánchez del Río dejó aquel su Oviedo en el que había vivido desde la década de los años veinte para ser nombrado director general de Carreteras, cargo que ostentó desde 1945 a 1951. No pudo renunciar, en parte porque el encargo le llegaba de un ministro que, además de ser ministro, era amigo personal: José María Fernández Ladreda. Ildefonso puso como condición a Ladreda no tener que madrugar para ir a su despacho. No es que tuviera fama de dormilón, es que acostumbraba a trabajar por la noche. Lo suyo nunca fue la política.

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