Luarca (Valdés)

María Teresa Ovejero Puigvert nació hace 92 años en la localidad catalana de Pals. Llegó a Figueras setenta años atrás, cuando destinaron a la localidad a su padre, guardia civil de profesión, para participar en el desmantelamiento del campo de concentración de Arnao. Su llegada a Castropol puso fin a un período de más de dos décadas de vida nómada en la que Ovejero y su familia siguieron los pasos de su padre por todo el país. El estallido de la Guerra Civil les pilló en Barcelona y se las apañaron para cruzar España y encontrar refugio en Sevilla. Para Ovejero, entonces con sólo 15 años y ajena a los problemas del país, aquel viaje fue una auténtica aventura.

Su padre, extremeño de origen, conoció a su madre en La Junquera, en uno de sus destinos de trabajo. La familia comenzó entonces a peregrinar por diferentes puntos de la geografía española. En Pals vio la luz María Teresa, la mediana de tres hermanos, que recuerda una infancia sin sobresaltos. En el año 1929 se trasladaron a Barcelona, la ciudad donde pasaron una estancia más larga. Precisamente, allí estaban cuando en 1936 comenzó la contienda. Su padre se pasó al bando nacional y le enviaron a Sevilla. «Estuvo en las trincheras pero tuvo suerte y no sufrió ni un rasguño», relata su hija.

Ovejero se acuerda de los primeros días de incertidumbre. «Barcelona estaba llena de milicianos armados y la gente asaltaba los comercios para llevar comida a casa. Fue un desastre». Su madre, preocupada por no tener noticias de su marido, tomó la decisión de partir en su busca.

El recorrido, en aquella España dividida en dos bandos, no fue sencillo y tuvieron que atravesar por Francia para llegar a la zona nacional. «Pasamos por Francia hasta San Juan de la Luz y entramos por Irún, donde nos acogieron en un albergue. Mi madre fue al cuartel para buscar información y allí supimos que estaba en Sevilla. Cuando le dieron la noticia, él mismo vino a buscarnos», cuenta.

El viaje de norte a sur fue una odisea. Ovejero evoca un vagón abarrotado de soldados y un viaje largo y tedioso por el oeste del país. Una vez en Sevilla se alojaron en el cuartel de Eritaña, en plena capital hispalense. La estancia en territorio sevillano fue tranquila y mientras Ovejero ayudaba a su madre en el día a día, su hermana empezó a trabajar en una fábrica de armas, dedicada a preparar balas.

Dos años se prolongó su vida en Sevilla, hasta que, en enero de 1939, emprendieron el regreso a la capital catalana. Allí fue donde Ovejero aprendió a coser, tanto a mano como a máquina, en el taller de Trini Domenech. Su puesto era de aprendiz y adquirió los conocimientos básicos para desenvolverse en la confección de ropa de mujer, sobre todo vestidos y blusas.

En el año 1942 destinan a su padre a Asturias, primero al cuartel de Pumarín, en pleno centro de Oviedo, y poco después a Figueras. A Ovejero la conquistó desde el primer momento el clima asturiano y el ambiente de la capital ovetense. «La gente iba en zuecos por la calle y cantando. Entre lo nublado del paisaje y las calles llenas de carros y gente me quedé encantada. Era un ambiente y un clima totalmente diferente a lo que conocía, pero, como siempre me gustó la lluvia, me pareció una maravilla», relata.

En Figueras su padre participó en la clausura del campo de concentración de Arnao, aunque cuando llegó ya no había presos y sólo quedaban los dos barracones pendientes de demoler. Ovejero conoció la instalación y explica que se desmanteló rápidamente.

Pese al contraste entre las grandes ciudades en las que vivió y la pequeña Figueras, Ovejero se adaptó rápido a la vida en el pueblo, pues estaba acostumbrada a los cambios: «Sabíamos adaptarnos a todo, ya que vivimos en pisos grandes y pequeños, y hasta en pueblos sin luz». Su hermana se casó con un vecino de la villa y su padre se jubiló entonces, así que echaron el ancla en el concejo castropolense.

Una vez falleció su padre, Ovejero y su madre se fueron a vivir con su hermana. Para ganar algún dinero extra, la catalana empezó a tejer y ganchillar por encargo. «Me traían la lana o el hilo y yo hacía de todo». Sobre todo jerséis, chaquetas y tapetes a ganchillo. «Hice jerséis para medio pueblo. No daba abasto», precisa. Mantuvo el oficio de tejedora hasta 1975, cuando falleció su madre y decidió dejar de aceptar pedidos.

Esta mujer, gran lectora y aficionada a la música clásica, supo adaptarse y evolucionar con los tiempos: «La vida cambió mucho, pero no me siento desplazada, aunque tenga tantos años acepto la vida de hoy y me adapto bien». Tanto que se defiende con el teléfono móvil, aunque no termina de pillarle el punto a Internet. «Es el invento que más me sorprende, pero no entiendo ni media palabra. No quiero ni probarlo», bromea. A sus 92 años se confiesa feliz con su vida en Figueras.