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Tras el rastro del indiano de Sestelo

El librero ribadense Pablo Rodríguez, "Vivín", investiga la biografía del emigrante castropolense Ángel Pérez, benefactor de su concejo, que hizo fortuna en Cuba

El librero ribadense Pablo Rodríguez, "Vivín".

El librero ribadense Pablo Rodríguez, "Vivín". / T. CASCUDO

Castropol, Tania CASCUDO

El librero e investigador ribadense Pablo Rodríguez, "Vivín", sostiene que el castropolense Ángel Pérez fue uno de los indianos más destacados de la comarca occidental y por eso está embarcado en un proyecto para reconstruir su vida y su obra y hacer un justo reconocimiento a este hombre conocido en la comarca como "Ángel de Sestelo". La biografía del indiano, que compró y amplió la Casona de Sestelo, verá la luz el año que viene y sacará de la sombra la trayectoria de un hombre "inteligente, solidario y siempre dispuesto a ayudar".

Las familias de Rodríguez y Pérez han mantenido lazos de amistad a lo largo de los años, y esa circunstancia, unida a la afición del librero por investigar el fenómeno de la emigración, le llevó a indagar sobre la historia del castropolense. Raquel Pérez, hija del indiano afincada en Costa Rica y que aún frecuenta Castropol, y, especialmente, su bisnieta Katherine Dougherty, residente en California, están contribuyendo a poner negro sobre blanco una historia que comienza en 1889 en un lugar conocido como El Mazo, próximo a la localidad castropolense de Presno.

Tras el rastro del indiano de Sestelo

Tras el rastro del indiano de Sestelo

La trayectoria vital de este hombre no difiere de la de cientos de vecinos de la comarca que emprendieron rumbo al otro lado del Atlántico en busca de un futuro mejor. Pérez tenía parientes en Cuba y hasta allí emigró siendo muy joven. Con los años puso en marcha un fructífero negocio dedicado a la venta de pieles, fundamentalmente entre La Habana y Nueva York, lo que le obligó a hacer innumerables viajes de los que Rodríguez tiene buena cuenta gracias a los datos facilitados por el Departamento de Extranjería.

En 1922, Pérez regresa a casa y se entera de que está a la venta la Casona de Sestelo, edificada a mediados del siglo XIX como fábrica de papel. No se lo piensa dos veces, adquiere la propiedad y acomete en ella importantes reformas: le da una altura más para convertirla en su residencia y pone en marcha la construcción de una minicentral eléctrica que durante años abasteció de luz a los pueblos cercanos. El suministro, que llegó incluso a Vegadeo, se conocía popularmente como "la luz de Sestelo".

Tras el rastro del indiano de Sestelo

Tras el rastro del indiano de Sestelo

La contribución de Ángel Pérez al desarrollo de la zona no se queda en esa obra, sino que, según cuenta Rodríguez, influyó para que se construyeran las antiguas escuelas de Presno y financió su edificación. El librero considera que su aportación hubiera sido mucho mayor si no se hubiera producido el estallido de la Guerra Civil. "Por las circunstancias del momento no pudo hacer más cosas", añade. Y es que Pérez, masón y hombre de izquierdas que llegó a ser elegido concejal por el Partido Republicano Radical de Castropol en 1933, se vio obligado a huir del país cuando en 1936 entraron las tropas franquistas en Ribadeo. Cuenta Vivín que su primer destino fue Gijón y, después, París para acabar llegando a La Habana. Su mujer e hijas se quedan en Sestelo inicialmente, aunque luego huyen vía los Oscos hacia Galicia para embarcar en el puerto de Vigo con unos pasaportes falsos.

Rodríguez da cuenta de la labor filantrópica de Pérez narrando un episodio ocurrido en los primeros meses de la Guerra Civil. El indiano busca en París a su buen amigo el político valdesano Álvaro de Albornoz, que había sido nombrado embajador de la República en la capital francesa, y hace las gestiones oportunas para enviar a Asturias las primeras ambulancias que llegaron al frente asturiano. "También adquiere una gran cantidad de víveres que son enviados desde Francia al puerto de Gijón", añade.

Tras el rastro del indiano de Sestelo

Tras el rastro del indiano de Sestelo

Vivín también ha logrado recopilar la historia del hijo de Pérez, que cuando estalla la Guerra huye del internado en el que estaba en Alemania. Logra llegar a París y allí se alista en las Brigadas Internacionales para combatir en España, pero cuando su padre se entera coge un taxi en París y sale en su busca. Lo localiza en Albacete y hace las gestiones oportunas para que lo envíen lo antes posible de vuelta a París. Una vez reunidos padre e hijo en la capital francesa emprenden rumbo a Cuba, pero, casualidades del destino, coinciden en el viaje con el periodista y escritor gallego Manuel Millares, al que narran esta aventura que, en 1938 y según sostiene Vivín, incorpora a su novela "Hombres de paz en tiempos de guerra. Memorias de un miliciano".

Rodríguez subraya la buena posición que adquirió Pérez, que mantuvo estrechas relaciones con los más importantes empresarios asturianos en Cuba, y además fue buen amigo de destacados políticos como Albornoz y Melquíades Álvarez.

Tras el rastro del indiano de Sestelo

Tras el rastro del indiano de Sestelo

Con el estallido de la guerra, a Ángel Pérez le incautaron la casona de Sestelo, que se transformó en orfanato durante la contienda. Años después, en la década de los cincuenta del siglo pasado y tras la muerte del indiano, en 1941, su hija Raquel regresa a Sestelo y reside allí durante una temporada. Esta imponente edificación fue adquirida por el Banco de Tierras en 1987 como sede de una escuela taller que salvó el edificio de la ruina. En 2006 la compraron dos empresarios que planeaban transformarla en hotel, pero la crisis dio al traste con sus planes.

Desde 2014 la Casona de Sestelo está a la venta por 1,4 millones de euros, no así la minicentral, que su actual propietario espera rehabilitar. Sea cual sea el futuro de esta emblemática edificación y la propiedad que la rodea, siempre estará unida a la figura del indiano castropolense que dio esplendor a este rincón a orillas del Suarón.

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