16 de septiembre de 2019
16.09.2019

Gervasio López: "Coger la maleta y marchar no es la solución; hay que luchar aquí"

El franquino relata en sus memorias su periplo migratorio de Uruguay a Suiza tras irse de la España de posguerra: "Cada uno soñaba con volver a su país; muchos no lo consiguieron"

15.09.2019 | 23:27

Antes de alcanzar la mayoría de edad, el franquino Gervasio López (Valdepares, 1940) embarcó rumbo a Uruguay en busca de un futuro que no encontraba en España. Tras cinco años en el país hispanoamericano, decidió probar fortuna en Centroeuropa, donde finalmente se asentó en Suiza. Casi cuarenta años después regresó a casa, la patria que jamás olvidó y desde donde hoy presenta unas memorias con las que quiere hacer reflexionar a los jóvenes y que no se olvide un pasado no tan lejano.

"Memorias de Gervasio López Fernández. De la postguerra a la emigración" son dos tomos que suman más de un millar de páginas en las que relata en primera persona las aventuras de su vida. Ni un solo día pensó en no regresar a casa, un sentimiento compartido, dice, con la mayor parte de emigrantes de aquella época: "Cada uno soñaba con ir a su país, hacer su casita, aunque muchos no lo consiguieron". Por eso, desde su innegable experiencia, aconseja a los jóvenes que marcharse sea la última opción y que si pueden, no lo hagan: "Hay que buscarse aquí la vida, que vivan en su tierra y luchar todos juntos por ella. Coger la maleta y marcharse no es la solución, hay que luchar aquí. Cambiaron las condiciones, pero sigues siendo emigrante igual. Tenía un amigo cura en Suiza que siempre me decía que me marchara, que allí no nos querían".

Fue su nieto mayor el que le animó a poner negro sobre blanco su historia vital y, como solía entretener sus ratos libres escribiendo pequeños relatos, se animó a emprender este reto. El libro, autoeditado, tiene una tirada de 400 ejemplares y, de momento, buena acogida entre sus lectores. El relato comienza en 1940, en los "duros tiempos" de la posguerra en los que le tocó nacer. Lo hizo en el barrio de A Forxega, en la Casa del Cuarto, siendo el menor de siete hermanos.

"En mi infancia hubo momentos buenos, pero no muchos", reconoce, y es que, a los 6 años, perdió a su madre y, poco después, falleció su padre. Le criaron sus abuelos y, muy joven, aprendió el oficio de pintor, al que dedicó la mayor parte de su trayectoria profesional. También se formó en peluquería, aunque nunca ejerció. No se olvida de aquella Navidad de 1958 en la que puso rumbo a Vigo para iniciar su periplo migratorio y emprender un viaje "cargado de infortunios": casi no le dejan embarcar por culpa de unos quistes en los ojos, así que se enfrentó a una operación de última hora, un accidentado embarque y una infección de oídos que le provocó problemas de sordera de por vida.

Al otro lado del charco, donde le aguardaba uno de sus hermanos, inició una vida también dura en la que ejerció casi de todo, desde pizzero y pastelero a camarero. "Tenía una paga miserable", reconoce. Por eso no dudó en emprender rumbo a Europa, de donde venían noticias más esperanzadoras sobre las oportunidades laborales.

Embarcó en el "Corrientes", un buque que hacía su última ruta y en el que creyó morir: "Quedó sin luz y pensamos que se hundía, así que salimos corriendo hacia arriba y cuando llegamos se reían de nosotros". Pasó un tiempo de temporero entre Alemania, Francia, Italia y Suiza hasta que finalmente se asentó en territorio helvético, donde pasó treinta años, se casó con la orensana Carmen Chao, que trabajaba en una fábrica de chocolate, y tuvo dos hijos.

En Europa, López disfrutó de "una vida más tranquila", aunque trabajó duro dedicado a la pintura de edificios. En los últimos años en Suiza el matrimonio acostumbraba a venir a España una vez al año, hasta que un día decidieron regresar: "Ya estaba harto de hacer y deshacer maletas, así que dije, se acabó, nos vamos a España". El Gobierno español concedía entonces una paga a los emigrantes retornados y con eso tiraron los primeros meses. Después, López comenzó a trabajar por su cuenta de pintor y acabó montando una empresa: "Había que trabajar, pero se ganaba mucho dinero. A eso me dediqué hasta que me jubilé a los 67 años".

En las casi 1.200 páginas de los dos tomos del libro cuenta su periplo, pero también infinidad de anécdotas como la del día de su boda, una ceremonia que vivieron sin familia con la única compañía de los amigos que tenían en Suiza.

La víspera de la boda cogió un tren con un amigo para ir al pueblo de su mujer, pero se equivocaron de tren y llegaron a otro sin posibilidad de retorno ese día: "El jefe de estación nos propuso encerrarnos en la sala de espera y allí dormimos. Habíamos bebido algo demasiado y no me sentía muy bien, pero llegamos puntuales a la boda", bromea.

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