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Sí se puede vivir del aire: veinte años trabajando en los eólicos de la comarca

“Rechazar un parque es como decir que no quieres un premio de la lotería”, defiende un grupo de técnicos de mantenimiento de la zona

Por la izquierda, Pepe Freije, David Sierra, Celso Rodríguez, Alberto Rego, Santiago González y Daniel González, en el centro de Vegadeo. | T. Cascudo

Por la izquierda, Pepe Freije, David Sierra, Celso Rodríguez, Alberto Rego, Santiago González y Daniel González, en el centro de Vegadeo. | T. Cascudo

Celso Rodríguez, santallés de 49 años, tiene claro que de no haber sido por la oferta que recibió hace veinte años para trabajar en un parque eólico del Occidente, se habría tenido que marchar de la tierra que le vio nacer. Por eso, junto a un grupo de compañeros técnicos de eólicos, quiere alzar la voz y defender una actividad económica que, dicen, da empleo y ofrece un futuro para el mundo rural. “Rechazar un parque es como decir que no quieres un premio de la lotería”, dice molesto con las “mentiras” que escucha sobre la eólica.

Este grupo de seis técnicos de mantenimiento de parques (prefieren no dar el nombre de las empresas para las que trabajan pues hablan a título particular) quieren ofrecer, a través de LA NUEVA ESPAÑA, una visión que, consideran, no se está teniendo en cuenta en el acalorado debate que se vive en Oscos-Eo ante la proliferación de proyectos. El Principado tiene sobre la mesa actualmente un total de diecinueve ofertas, que, de prosperar, se unirían a los cinco parques en activo en el ala más occidental de Asturias.

“Vemos las noticias que están saliendo y nos parece que solo se habla de lo negativo y nosotros somos la parte positiva, un ejemplo de que dan empleo estable”, expone Santiago González, vecino de Castropol de 43 años. Creen que el desconocimiento que existe sobre la eólica es uno de sus puntos débiles: “Es una instalación aislada y no una industria implantada en un polígono donde ves gente y coches aparcados. Parece que las máquinas están solas y no hay nadie allí y no es cierto”, añade González, quien indica que ellos acuden a diario a trabajar en las alturas (el 90 por ciento de su trabajo se desarrolla a cincuenta metros de altura) y consumen en los negocios de las proximidades. “Hay mucha actividad económica alrededor de un parque, pero no se ve”, argumentan, ya que a la plantilla estable (cada parque ronda los 25 años de vida útil) hay que añadir la actividad que la instalación genera en segundas empresas.

Además del consumo local, exponen otros beneficios como, por ejemplo, la limpieza de las pistas o la vigilancia de un territorio relativamente aislado. Al ser empresas implantadas en espacios protegidos se las mira “con lupa” y deben someterse a “exigentes controles”. “No viene la empresa y hace lo que le da la gana”, señalan, y añaden que el cuidado escrupuloso del entorno es casi “la primera prioridad” para las compañías.

No discuten el impacto visual de las torres, pero sí otros como los ocasionados sobre la fauna local. Cuentan que a diario ven desde buitres y lobos a caballos o vacas que buscan cobijo bajo las torres. “No entiendo que una energía renovable y limpia genere tanto rechazo cuando además es perfectamente compatible con cualquier otra actividad, también con el turismo. Te puedo decir que hay más ruido aquí (en referencia al centro de Vegadeo) que en un parque”, expone David Sierra, de Villanueva de Oscos. “La eólica ofrece un trabajo de más calidad que muchos ligados al turismo”, añade Pepe Freije, vecino de Taramundi.

Creen que los concejos deberían negociar y sacar los mayores beneficios a las compañías en lugar de rechazar de plano los parques, que generan dinero tanto para las arcas públicas como para los vecinos con terrenos afectados. Están convencidos de que la comarca debe dar una oportunidad a la eólica.

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