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Crispín Kabeya Sacerdote en Cangas del Narcea

“En el Congo las misas no son con cinco personas como aquí, el templo está lleno”

“Hay que fomentar los ministerios laicales para que los ciudadanos se impliquen más con la vida de la Iglesia”

Crispín Kabeya, ante la basílica de Cangas del Narcea. | D. Á.

Crispín Kabeya, ante la basílica de Cangas del Narcea. | D. Á.

El párroco Crispín Kabeya, natural de la República Democrática del Congo, cumplió este año su 25 aniversario como sacerdote. Se ordenó el 23 de abril de 1996 en su país, donde ejerció durante 10 años. Viajó a España para continuar sus estudios en la Universidad Pontificia de Salamanca, doctorándose en Derecho Canónico. Unos estudios que compaginó con la actividad pastoral en Asturias, primero en Gijón y desde hace ocho años en Cangas del Narcea, donde lleva varias parroquias rurales repartidas por los valles de los ríos Naviego y Cibea. A sus 55 años, no descarta regresar a su país como sacerdote si así lo reclaman sus obispos, pero, por ahora, lo hará por periodos para ejercer como profesor en la Universidad Católica de Grand Bandundu.

–¿Cómo llegó al sacerdocio?

–Me crie en una familia cristiana, estudié en un colegio de los Jesuitas y de ahí salió mi vocación. Luego me fui al seminario e hice filosofía y teología.

–Su traslado a España fue para continuar sus estudios.

–Sí, me mandaron para España en 2007 para estudiar derecho canónico en la Universidad Pontificia de Salamanca, primero la licenciatura y luego hice el doctorado, que compaginé con la labor pastoral. En 2018 defendí mi tesis y luego preparé su publicación en un libro que salió en 2020.

–Su tesis se centró en el derecho a la remuneración justa y la protección social del clero en su país.

–No solo en mí país, sino que afecta a muchas iglesias de las misiones en África, Asia o América Latina, donde estos problemas siguen todavía sin resolverse.

–¿Cuál es la situación?

–El problema es la falta de remuneración y protección social de los sacerdotes, lo que afecta mucho a la calidad del trabajo y al entusiasmo pastoral. ¿Quién tiene la obligación de hacerlo? Las iglesias africanas. Porque la realidad de esas iglesias es que viven de las ayudas de fuera, no son iglesias maduras. El proceso de madurez tiene que llevar a que cada iglesia local atienda las necesidades de su clero y sensibilizar a los feligreses para que tomen en serio sus obligaciones cristianas.

–¿Cómo fue su experiencia como sacerdote allí durante 10 años?

–Fue una experiencia bonita a pesar de todo. Estás arropado por los feligreses que te ayudan y la manera de entender y celebrar la fe es diferente que aquí. A pesar de la pobreza en la que vive la gente, están muy contentos de celebrar la liturgia. Realizas las misas no con 5 personas como aquí, sino con 200 o 300 personas, las iglesias están llenas y eso te da alegría como sacerdote, que la gente acuda a escuchar la palabra de Dios. Aquí, vas a una parroquia y no te encuentras a nadie, o con una o dos personas. Cuando hay un funeral o una celebración como un bautizo es diferente, pero cuando acude la gente a esos eventos lo que veo es que no es para celebrar la fe, sino que es un acto social para la mayoría.

–¿Esta es una de las mayores diferencias que se encontró?

–Sí, además, volviendo al tema de la tesis, aquí vi cómo la Iglesia atiende a los curas, la Diócesis te da el trabajo, no te falta pan para vivir, y esto viene también de la participación de los feligreses, porque son los que ponen la X, solo con eso ya están dando algo a la Iglesia para que pueda mantener a sus sacerdotes y para que ellos puedan cumplir sus obligaciones.

–Dice que aquí se encuentra con misas a las que acuden pocas personas, ¿cómo se puede atraer a la gente?

–Estamos fomentando las unidades pastorales parroquiales para que la gente se sienta unida. Porque aquí hablamos de pueblos pequeños y hay un problema demográfico, no hay gente y la poca que hay es mayor. Hay que fomentar más los ministerios laicales para que los ciudadanos se impliquen más con la vida de la Iglesia y salir un poco del clericalismo.

–¿Cómo es el funcionamiento de la pastoral en el Congo?

–Las parroquias son territorios más grandes que aquí y el párroco durante 15 días visita las comunidades para celebrar los sacramentos. Pero allí siempre hay laicos que llevan la comunidad, que rezan y celebran la palabra los domingos si el cura no está. Además, la parroquia no es únicamente para ir a misa, es centro de la vida para comprar, comer, realizar estudios, es el centro de salud y el coche de la parroquia es la ambulancia.

–¿Le gustaría volver como sacerdote a su país?

–Sí me gustaría, pero depende de mis obispos. Aunque tampoco me gustaría perder el vínculo con Asturias, que es una patria que me ha acogido 10 años. Ahora también voy a dar a clases a la Universidad Católica de Grand Bandundu, fui en marzo de 2020 y me quedé allí atrapado cinco meses por la pandemia. Ahora volveré en septiembre u octubre.

–¿Cuál es la situación social en el Congo?

–Desgraciadamente es uno de los países más ricos, pero los que tienen el poder en el mundo no dejan a los congoleños disfrutar de sus riquezas, que son fuente de violencia. La ONU lleva 24 años allí, no para acabar con la violencia, sino para controlar la zona para que las multinacionales sigan aprovechándose de las riquezas del país, donde no pagan impuestos. La gente tiene que luchar para liberarse, porque la libertad no se da, hay que conquistarla.

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