Salvador Méndez y Fermín Álvarez emplearon miles de horas de su tiempo libre en mantener a punto una colección de máquinas de coser propiedad de la Fundación Manuel Suárez de Navia. Funcionan todas menos siete gracias a su trabajo y tesón. 

La colección adquirida a Faustino «El Sastre» , de El Espín, hace más de 20 años pretendía ser un punto de inicio de algo, como la vuelta a la sociedad de una fundación que aunque cada año reparte fondos en los colegios de Navia (tal y como dejó escrito su fundador, el empresario Manuel Suárez), tiene poca actividad y escaso contacto con la sociedad. Pero algo se truncó. 

No sabe Salvador Méndez explicar por qué, pero sí conoce qué pasó desde 2019 cuando dejó su vida política (era alcalde de Coaña) y como patrono y jubilado empezó a interesarse más por el patrimonio que guardaba la fundación naviega en aquel edificio que un día fue instituto laboral o, como dice Fermín Álvarez, amigo de Méndez y marido de una de las patronas, «la Universidad del Occidente». «Me sorprendí con lo que vi y me parecía que había que hacer algo, ponerse manos a la obra», dice Méndez. Lo que sintió fue pena y tristeza y esas emociones desagradables lo invitaron a hacer «algo» por aquel patrimonio, datado entre el siglo XIX y los años noventa, que estaba perdiéndose, condenado a no tener el impacto social pretendido con su compra. 

«Nos pusimos manos a la obra; tiramos todos los muebles que tenían polilla y restauramos todas las máquinas de coser que pudimos», cuenta. Se vieron obligados a deshacerse de «bastante» material. Pasaron horas poniendo a punto los mecanismos "y hoy podemos decir con orgullo que funcionan casi todas». Salvador Méndez se emociona escuchando el sonido de cada una. Prueba y comparte la experiencia. «Te devuelve a un hogar», sostiene. El traqueteo genera una sonrisa en el protagonista, consciente del trabajo ímprobo que han realizado durante largas jornadas para poder mantener en buen estado la colección que parecía olvidada. 

Toda está catalogada y documentada y de cada pieza hay foto. Otro libro señala la marca y año de distribución. En la colección no faltan aquellas máquinas especiales que confeccionan sombreros, guantes o empuñaduras. También hay una colección de juguete. «No sabemos el valor, pero hay que ser agradecidos y esta muestra es algo que compró la fundación, así que creo que nuestro deber como patronos es conservarla y procurarle un destino», dice Méndez.

Ahora, buscan un lugar para ella o el interés de otra institución por este material histórico por el que la Fundación desembolsó una cantidad no desdeñable de dinero. No quiso, dice Méndez, el Ayuntamiento de Navia hacerse cargo en su día y tampoco ningún particular o sociedad se puso de momento en contacto. «Tal vez no somos los más indicados para hablar de los detalles técnicos de este tipo de materiales, pero aquí hay una historia», sostiene Salvador Méndez. Entre tanto, no pierden la ilusión ni la esperanza y cada semana Méndez visita las instalaciones y presta atención a cada pieza.

Llevar al edificio le hace recordar su tiempo de estudiante. Y mientras muestra las numerosas habitaciones (antes aulas) que ocupan las máquinas de coser, casi todas tapadas con grandes plásticos para evitar el polvo y el deterioro, no para de contar de anécdotas.

El instituto laboral estuvo abierto entre las décadas de los cincuenta y los noventa y fue una institución cultural y educativa. «Es decir, por aquí pasaron generaciones y generaciones de esta comarca», dice. Todas las estancias del edificio sirven para recordar alguna andanza. «Esperamos hacer algo con este edificio, pero de momento no hay proyecto», dice. Entre tanto, en más de cinco salas, las máquinas de coser se encuentran numeradas y distribuidas con el fin de garantizar un discurso expositivo.

Para evitar que las polillas de otros muebles de madera dañaran también las piezas, se tiro mucho material. «Para ser concretos, por aquí pasaron 26 camiones de basura», cuenta. En este tiempo nadie se ha interesado por la colección. Salvador Méndez no solo cree que es única y casi imposible de volver a crear, también recuerda que para una fundación que tiene como uno de sus fines acercar la cultura a la sociedad, la obligación es mostrarla. 

«Pero tampoco tenemos instalaciones porque el edificio necesitaría una gran reforma», apunta. Sobre el futuro, lanza apuestas: «Si el centro no puede ser algo educativo, como lo fue antaño, no se debería renunciar a otras reformas con otros fines sociales». Guardan de lo suyo, él al menos promete mantener «vivas» las máquinas de coser y una colección que habla mucho de cómo era la sociedad de antaño y del cambio social y que está físicamente en Navia.