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TODOS LOS MESES 8M: MUJERES ROMPETECHOS

Eva Martínez, una tapiega que es ejemplo de integración: "El término minusválido es horrible, somos personas como las demás"

"Por tener discapacidad y ser mujer rural no tengo menos derechos", sostiene con orgullo la restauradora de madera en el CAI de Fraternidad, donde lleva treinta años

Rompetechos: Eva Martínez, restauradora de muebles en el CAI de Villamil: "Las mujeres podemos hacer las mismas cosas que los hombres"

Tania Cascudo/ Amor Domínguez

Villamil (Tapia de Casariego)

La tapiega Eva Martínez es pequeña en estatura, pero grande de corazón. Lo saben bien quienes tratan con ella a diario y conocen el ejemplo de este torbellino de mujer que se abrió camino en la vida, pese a la dificultad añadida de nacer con síndrome de Down. Tiene 52 años y las cosas muy claras porque, recalca, "por tener discapacidad y ser mujer rural no tengo menos derechos que los demás".

Eva sostiene la mirada con sus ojos verdes y pide no usar la palabra "minusválido", porque es un término "horrible". Lo tiene claro: "Somos personas como los demás y merecemos las mismas oportunidades".

La historia de esta mujer comenzó un seis de noviembre de 1972. Nació en Navia, pero se crió entre Pola de Laviana y Sueiro (El Franco), antes de recalar en La Roda (Tapia), donde reside desde hace décadas. Tiene una hermana menor, dos sobrinas a las que adora, y una familia que le apoya "mucho en todo" y a la que le gusta verla "contenta y feliz". Pero ¿cómo es Eva? Ella misma lo cuenta: "Soy muy responsable de lo que hago y lo que digo, porque aquí (ser refiere al CAI de Fraternidad, en Tapia) nos enseñan que hay que pensar bien antes de hablar. Alegre, agradable y buena, eso lo saben todos". Y no miente, porque a Eva la conoce todo el mundo por la alegría y el desparpajo con el que se desenvuelve en la vida. Por eso, cuando los lunes va a pasear por el mercado ambulante de Tapia, algo que le encanta, apenas puede avanzar dos metros sin saludar a alguien. El último lunes se encontró al Alcalde y aprovechó para proponerle unas mejoras en su pueblo. Pero, añade, las propuestas en cuestión "mejor no las cuentes, que son cosas que se me ocurren a mí".

Tengo una familia que me apoya mucho y a la que le gusta verme contenta y feliz

Eva Martínez cursó la enseñanza Primaria en el colegio Príncipe de Asturias de Tapia y da cuenta de que nunca sintió rechazo por tener síndrome de Down. "Me trataban muy bien, tenía una pandilla grandísima", añade. Y en su etapa adulta puede presumir de estar muy integrada en su comunidad, algo que ahora es relativamente más fácil, pero no tanto cuando ella nació, en los setenta del pasado siglo. En ese sentido, la tapiega abrió camino.

Cuando acabó la escuela, hizo un curso de huerta en el que disfrutó mucho antes de pasar a formar parte del Centro de Apoyo a la Integración (CAI) Villamil, un equipamiento que la asociación Fraternidad gestiona en la parroquia de Serantes (Tapia). El centro se fundó en 1982 y ella llegó en 1995. Desde entonces, han pasado treinta años. "Nos dieron a escoger los talleres en los que queríamos trabajar y yo escogí restauración", relata mientras da cuenta del proceso para tratar los muchos muebles que han pasado por sus manos en estos años. Ha perdido la cuenta de cuántos. Primero hay que rascar para quitar los barnices, después quitar la carcoma y tapar los agujeros antes de aplicar el tinte de nuevo....

"Eva es muy buena y muy curiosa. No se le olvida ni un detalle del proceso y sabe perfectamente donde está todo en el taller", cuenta la monitora responsable del equipo de restauración, la también tapiega Mari Fernández. Son diecinueve trabajadores y por sus manos han pasado cientos de muebles, muchos de ellos de gran valor, pues proceden de palacios y palacetes de toda la comarca, desde Ribadeo (Lugo) a Navia.

Eva Martínez posa en el taller.

Eva Martínez posa en el taller. / T. Cascudo

"Siempre tuvimos muy buena fama y rechazamos muchos trabajos porque no tenemos capacidad de hacer más", relata Fernández ante la atenta mirada de Eva, que la adora. Por eso se cabrea cuando esta trabajadora habla de su pronta jubilación. "Nada de eso, tú sigues aquí", señala Eva, que es una de las veteranas del equipo. Y ejerce como tal, preocupándose por sus compañeros. "Cuando falta algún día siempre nos manda un WhatsApp para saber cómo va todo", cuenta Lucía Fernández, otra de las trabajadoras de Fraternidad.

Como muestra del trabajo está el gran baúl de un cliente del concejo ribadense en el que trabaja Eva estos días. La pieza llama la atención por su tamaño y seguro que por la historia que esconde. "Tiene toda la pinta de haber ido varias veces a Cuba", señalan en referencia al porte de un baúl probablemente usado en los viajes migratorios al otro lado del Atlántico. A su lado también se puede ver una antigua estantería propiedad del Ayuntamiento de Tapia, que es otro cliente asiduo de este taller de restauración tan apreciado en la zona.

Es una pasada ver el cambio tremendo que dan los muebles que restauramos

Eva Martínez no recuerda cuál fue su primer mueble restaurado y tampoco su monitora, que cuenta que sí la recuerda haciendo sus primeros pinitos sobre un palé. "Ahí aprenden a lijar y los pasos para tratar la madera. Recuerdo que al final le poníamos ruedas para que tuviera una función y el trabajo fuera más motivador", señala.

Buen equipo

"Es una pasada ver el cambio tremendo que dan los muebles que restauramos y lo hacemos todos juntos, en equipo. Mis compañeros son estupendos y buenos. Siempre los cuido", señala Eva Martínez, encantada con su trabajo en el taller. Se podría decir que formar parte de Fraternidad le ha cambiado la vida: "Aprendes a compartir y a saber estar con los demás compañeros". Por eso tiene claro el mensaje para las familias de personas con discapacidad que dudan en dar el paso y de enviar a sus hijos a centros como el tapiego: "No tengáis miedo porque vuestros niños van a estar bien acogidos. Hay que dar pasos hacia adelante". Eva ha dado muchos. En este punto recuerda algunas de las aventuras que ha vivido en sus años en Fraternidad como cuando tuvo la oportunidad de presentar un congreso organizado por el colectivo Plena Inclusión y también de ser azafata.

La tapiega también forma parte del grupo "Autogestores" de Fraternidad, en el que se trabaja la denominada ciudadanía activa. Es decir, se promueve la autonomía de las personas con discapacidad y se favorecen cuestiones como la inclusión, la participación o que aprendan a hacer uso de sus derechos. Eva lo tiene claro y no deja de reivindicarlo.

Y cuando a las cuatro y media de la tarde llega a casa tras la jornada en el centro tapiego, ayuda a su madre con las tareas domésticas. En lo que puede y le deja: "Recojo y coloco la ropa, barro la cocina o la salita y también salgo a tirar la basura". Y, si le sobra tiempo aprovecha para leer: "Tengo un ciento de libros, pero no siempre puedo porque lo primero es mi madre". Y todo esto lo hace Eva con la sonrisa puesta y demostrando que es un verdadero ejemplo.

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