Tapia se queda huérfana de pan: cierra Suso, la última panadería de la capital del concejo
"La decisión de cerrar es la correcta, pero tenemos sentimientos encontrados porque el oficio nos gusta", señalan los hermanos José Juan y Javier Pérez

El tapiego Jesús Joaquín Aquilino Pérez, más conocido por Suso da Milana, enseñó a sus cuatro hijos el secreto de un buen pan. "Se hace con formento (así llaman a la levadura madre), mucha dedicación y amor", cuenta Javier, el benjamín de la familia y actual responsable junto a su hermano José Juan, de Panadería de Suso. El establecimiento, toda una institución en la villa, acaba de cerrar sus puertas y con él la última panadería de la capital del concejo.
Hay razones de peso para avalar la decisión de cerrar. Las estadísticas dicen que, en el último medio siglo, los españoles han pasado de consumir 134 a 28 kilos de pan por persona al año. A esta drástica reducción del consumo se suma la subida de los precios de la materia prima, agudizada con el estallido de la guerra de Ucrania. "Ya no se come con pan, la generación del bocadillo se quedó atrás y ahora se sustituye por pizzas o pan bimbo", cuentan los hermanos, al tiempo que lamentan que no se valore el trabajo del panadero.

Los hermanos delante de la panadería. / T. Cascudo
"De la pena no se vive"
La pandemia del covid, con el cierre de la hostelería, que es su principal cliente, los puso contra las cuerdas. Estos últimos años la decisión de cerrar estuvo siempre sobre la mesa, pero acaban de dar el paso porque las cuentas no salen. "La decisión es la correcta y estamos contentos de tomarla, aunque lógicamente tenemos sentimientos encontrados", admite José Juan. Su hermano añade: "El pan nos gusta como el primer día, hacerlo y comerlo, y da pena cerrar, pero de la pena no se vive. Nosotros vivimos de vender pan y ahora el futuro es negro. Así que es el momento de parar y a otra cosa".
Ambos agradecen el apoyo y fidelidad de una clientela a la que han dejado huérfana de buen pan. Ambos se afanan estos días en desmontar la panadería (solo les queda vender el horno), mientras tratan de cambiar sus ritmos vitales. Acostumbrados a levantarse como muy tarde a las dos de la madrugada, les está costando lo de aprender a dormir por las noches. "Es un oficio sacrificado, sobre todo porque echas muchas horas y trabajas a deshora...", añaden.
Tercera generación
José Juan y Javier son la tercera generación de la familia dedicada al oficio de elaborar pan. Fue su abuelo Jesús Pérez el primero de la saga. Aprendió el negocio en Navia, para después abrir su panadería en la calle La Procesión, de Tapia, con la ayuda de su mujer, Rafaela Fernández. Su hijo Jesús continuó con el negocio, aunque cambió de ubicación. Él abrió Panadería El Peñón en la segunda mitad del siglo XX. Se ocupaba de amasar y cocer, mientras su mujer hacía el reparto por las casas. Fue la mejor escuela para sus hijos: "Aprendimos a hacer pan de la manera tradicional, todo a mano".
En 1985 su padre enfermó y se vio obligado a cerrar temporalmente el negocio. Tras unos meses de parón, sus hijos Rafael (ya fallecido), José Juan y Javier tomaron las riendas. Reabrieron la panadería El Peñón en mayo de 1986 y continuaron la labor de su padre. El negocio iba bien y, por eso, se decidieron a cambiar de ubicación y modernizar la panadería. Entonces nació Panadería Suso, en homenaje a su padre. Abrieron el viernes 13 de agosto de 1993 y desde entonces no han parado de trabajar. Desde pan a todo tipo de bollería, pasando por empanadas y hasta roscones de Reyes.
"Ya no hay panes así"
"Nuestro pan lleva harina, agua, levadura, sal y formento. Nada más. Ya no hay panes así", señala José Juan, que recuerda los buenos años del negocio. En los noventa del siglo pasado y hasta 2010 vivieron tiempos de esplendor. "No dábamos abasto, recuerdo colas para comprar, sobre todo en verano", precisa José Juan Pérez. Pero, con los años, fue cayendo el consumo en picado.
"Cada año veíamos que se nos morían clientes y no venían otros nuevos, no había relevo generacional", señalan, al tiempo que ponen el foco en la difícil situación de los autónomos. "Llevamos cuarenta años de panaderos, jamás estuvimos de baja o en el paro y ahora cerramos y no tenemos derecho a nada", señalan. La decisión de cerrar fue dura, pero están convencidos de que lo hicieron a tiempo para reconducir sus vidas. Lo dicen mientras muestran con orgullo la última barra de pan de la panadería, que guardarán como un tesoro. Tapia no olvidará jamás el pan de Suso.
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