"La ganadería de leche tiene futuro y será un sector estratégico", resume un ganadero de Cudillero que cierra por jubilación
Toño Patallo pone fin a su explotación de El Pito, inaugurada en 1985 y una de las doscientas mejor valoradas del país por la calidad genética de sus reses

Toño Patallo con sus vacas, en su ganadería de El Pito. / Ana M. Serrano

Cuando una ganadería cierra, casi siempre se habla de números, de precios, de falta de relevo. Pero hay cierres que no se miden en litros ni en cuentas de resultados, sino en lo que dejan atrás. La despedida de la ganadería del ganadero de Cudillero (en concreto de El Pito), José Antonio Suaréz, más conocido como Toño Patallo, no solo apaga la última explotación de leche de la zona comprendida entre Piedras Blancas y San Martín de Luiña; también pone punto final a una forma de entender la genética, el trabajo paciente y la visión a largo plazo.
Mientras muchos buscaban animales para brillar en concursos, este vecino de El Pito tomó otro camino. "Aquí lo normal era hacer genética para ganar un concurso. Yo quise las dos cosas", explica. Y lo logró. Su ganadería cierra con una media de 86 puntos de calificación morfológica, un dato extraordinario, pero al mismo tiempo estaba situada entre las 200 mejores de España por índices genéticos. "Una rareza", resume: excelencia por tipo y por genética a la vez.

Toño Patallo, en su ganadería. / Ana M. Serrano
Es el ganadero quien quiso hacer la entrevista, quien quiso informar de que es posible. De que a pesar de los ataques de los lobos, de las ayudas, el sector de vacuno, por la carne y por la leche, será, "estratégico" en el futuro. Los números lo respaldan. En las últimas analíticas, la leche de sus vacas alcanzó un 4,18% de grasa y un 3,85% de proteína, cuando lo habitual en la zona ronda el 3,10% de proteína. "La grasa se puede mejorar con alimentación, la proteína no. Eso es genética y lleva años llegar ahí", afirma. Años de trabajo que hoy se traducen en una herencia invisible, pero decisiva, que ya camina por otras ganaderías.
La suya fue siempre una explotación pequeña en tamaño que empezó su andadura en 1985. Fue, sin embargo, grande en resultados. No llevaba vacas a concurso, pero cuando otras ganaderías lo hicieron con animales suyos, los resultados llegaron solos: una segunda posición nacional en vacas de más de 60.000 litros fue solo una confirmación.
Transimisión genética
"Lo importante no es lo que dan ellas, sino lo que van a transmitir", resume. Ese fue el eje de todo: transmisión genética. Pedigrís de más de 60 años, acoplamientos estudiados al detalle, toros buscados por medio mundo, de españoles a canadienses y americanos, y una visión clara: la genética es como una inversión en bolsa. Lo que se decide hoy se ve dentro de cinco años. Hay que saber arriesgar para poder acertar.
Con el tiempo, su trabajo llamó la atención de Confederación de Asociaciones de Frisona Española (CONAFE), con quien colaboró en programas de acoplamientos para corregir uno de los grandes males del sector: la consanguinidad. "Puedes comprar el mejor toro del mundo, pero si no lo pones en la vaca adecuada, no sirve de nada", explica con una metáfora clara: no todos los neumáticos valen para todos los tractores.

El ganadero en su expotación de El Pito. / Ana M. Serrano
Pero su aportación no se quedó ahí. En los últimos cinco años, su ganadería prácticamente no utilizó antibióticos. La clave fue seleccionar animales fuertes, resistentes a mastitis, con ubres bien conformadas y pezones recogidos. "Ahora es rarísimo que una vaca pise un pezón o coja una mastitis", cuenta. Una apuesta adelantada a su tiempo, cuando el uso de antibióticos ya se perfila como uno de los grandes problemas del futuro.
Recuperación del genotipo A2A2
Y aún dio un paso más: la recuperación del genotipo A2A2, la leche original de las frisonas, "más digestiva y saludable", que se fue perdiendo con los cruces. Hoy, gracias al genotipado, es decir, "a un simple pelo o una muestra de sangre", es posible prever qué tipo de leche y qué tipo de animal habrá en el futuro. Muchas de las terneras nacidas de sus vacas ya portan ese legado.
Ese legado se extiende ahora por Asturias: Castropol y Llanera son dos ejemplos. El resumen: no vendió las vacas al mejor postor. Patallo quiso conocer cuál sería su próximo hogar. Buscaba "ganaderías profesionales y manos sensibles". "Cuando vi cómo trataban a las vacas, frené un poco el cierre. Elegí desmontar la mía despacio", confiesa.
Toño se va con una certeza y una tristeza. La certeza de haber hecho las cosas bien y de dejar algo que perdurará. Y la tristeza de ver cómo desaparece la ganadería familiar, la de toda la vida, "la del paisano al que se llamaba picando a la puerta". "El futuro será más profesional, más robotizado", augura. "Más grande", añade. Pero también, más frío.
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