Encaje de bolillos de referencia nacional en Cudillero: así es la maestra de esta técnica milenaria
Belén Hernández hace desde su casa de El Pito un trabajo especial que la hace referencia en el sector

Belén Hernández, en el rincón del salón de su casa donde hace encaje de bolillos. / Ana M. Serrano

El encaje de bolillos es una de las artes textiles más antiguas de Europa. Llegó a la Península, según los datos oficiales, entre los siglos XVI y XVII y encontró en los pueblos un espacio natural para transmitirse: de mujeres a mujeres, de generación en generación, sin manuales ni academias, solo con paciencia, ritmo y memoria. En El Pito, parroquia de Cudillero, esa cadena no se rompió. Al contrario: se transformó.
Belén Hernández, de origen extremeño, pero algo también cudillerense, nunca pensó que aquel oficio tradicional acabaría marcando su vida. "Yo daba clases de auxiliar de enfermería", recuerda.
Las gracias, a Maruja
El giro llegó gracias a Maruja, una vecina mayor del pueblo que, tras romperse las muñecas, comenzó a hacer encaje de bolillos como parte de su rehabilitación. "Me dijo: '‘¿Quieres que yo vaya enseñándoos lo poco que sé?' Yo vi el cielo abierto", explica Belén. Hasta entonces, solo había visto los bolillos "en la tele", nunca en directo.

La vecina de El Pito con una de sus piezas. / Ana M. Serrano
Aquel aprendizaje doméstico fue el punto de partida. "Entonces me enganchó", resume. Lo que empezó como curiosidad se convirtió pronto en vocación. Belén decidió formarse con método y rigor, alejándose de la idea del encaje como mera repetición. "Me enteré de que había una profesional buenísima, María Regueiro, en un pazo gallego", cuenta. El curso era casi monástico: "Ocho días sin teléfono, sin periódicos, sin móvil, sin nada. Solo haciendo bolillos". Allí no solo se tejía: "Tenías que hacerlo y dibujarlo, hacerte tus propias plantillas".
Mucha matemática
Ese enfoque marcó su trayectoria. El encaje de bolillos, tradicionalmente asociado a la artesanía popular, adquiría en sus manos una dimensión técnica y creativa. "Yo soy muy matemática y el encaje de bolillos es muy matemático", explica. Diseñar patrones, calcular cruces y tensiones, construir estructuras textiles desde cero. "Dibujo patrones, aprendí a dibujar patrones de bolillos".
Belén amplió su formación dentro y fuera de España. "Empecé a dar clases con checas, con japonesas, con españolas". Cada fin de semana era una oportunidad: "Siempre que veía que había gente dando clases, me iba", apunta. Madrid, Barcelona, Granada o talleres internacionales marcaron un aprendizaje continuo.
Salto a la docencia
El salto a la docencia llegó casi sin buscarlo. Una conversación con la Concejalía de Cultura de Pravia terminó en una pequeña exposición. "Yo pensando que era solo por probar", recuerda. Pero el resultado fue inmediato: "Ese mismo día salieron tres grupos en Pravia". Después llegaron Cudillero, Avilés, Gijón, Oviedo. El encaje, lejos de ser una reliquia, despertaba interés.
Hoy Belén Hernández da clase en distintos puntos de Asturias y fuera de ella. "Tengo unas cien alumnas, más o menos", señala. Antes de la pandemia viajaba casi cada mes para impartir cursos intensivos por toda España. Luego decidió frenar. "La vida te la tienes que tomar de otra manera", dice. Aun así, las llamadas han vuelto y en su agenda figuran destinos nacionales e internacionales.
Joyas, algo que se ve "poco"
El encaje de bolillos le ha permitido también explorar nuevas formas. "Hago joyas", explica. Piezas que sorprenden porque rompen con la imagen tradicional del encaje como mantel o puntilla. Entre sus trabajos destaca incluso un corsé de novia con miles de perlas, una muestra de hasta dónde puede llegar esta técnica cuando se combina tradición y diseño.

Belén Hernández en su casa. / Ana M. Serrano
Belén no busca protagonismo. No le interesan las redes sociales personales, aunque sí mostrar el trabajo de sus alumnas a través de su perfil. "Todos los trabajos que hay son de mis alumnas", afirma. Sin embargo, su nombre circula con fuerza en el sector: da cursos, participa en encuentros especializados y su obra ha sido objeto de reportajes.
Desde su casa de El Pito, la artesana, como dice ser, ha convertido un saber aprendido de Maruja, una mujer del pueblo, en una trayectoria reconocida a nivel nacional. Un ejemplo de cómo los oficios tradicionales "no solo se conservan: evolucionan, se enseñan y siguen vivos, concluye. Basta tira del hilo.
El próximo siete de febrero estará en el recinto ferial de Vegadeo, si no fallan las previsiones, para participar en el encuentro anual de encajeras que organiza este concejo.
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