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Manel, la hostelería en verdad

El recuerdo de un personaje que, recién jubilado, empezaba una nueva vida

Carlos Cuesta

Carlos Cuesta

La vida juega malas pasadas. Y la muerte súbita de Manel, de Casa Emburria, en el Crucero tinetense, convierte una realidad en una metáfora absurda, triste e incomprensible. En lo mejor de su existencia, con los deberes hechos, la jubilación en el bolsillo y con una perspectiva de vivir el momento con la intensidad de su labor hostelera, la parca traicionera le da un zarpazo imprevisto y lo convierte en la nada, en ese final que nadie busca,pero que llega por la puerta trasera con la impotencia de una sinrazón. Qué injusta es la vida y qué difícil es aceptar una defunción en un tiempo de disfrute cuando los hados conformaban placer y satisfacción a Manel, ese hombre que susurraba con tiento a los caballos, que vivía a conciencia sus horas de trabajo y ocio, que amaba el universo rural y que se volcaba con adoración jesuítica con su admirada Ángela, la mujer que compartió muchas lunas y trabajaba los fogones como una feliz pitonisa en ese reducto cocinero de potajes, alquimia y suculencias.

Un hostelero envuelto en esfuerzo, trabajo y buenas iniciativas para dotar a su local, Casa Emburria, en la referencia del buen yantar y donde la amistad y la calidez humana suponían un plus de calidad y garantía para el cliente accidental. Lo mismo que su amigo, colega y vecino Álvaro, de "Casa Lula", que hoy vive sin vivir ante una ausencia que no acepta. Triste anuncio ese óbito que a todos los amigos del gremio hostelero les cogió con el pie cambiado por repentino y directo. La vida es un continuo transformarse, un recorrido que no conoce ese final acordado por destino y una sensación insípida que lastra todo sentimiento en ese universo de los vivos.

Decir que Manel cumplió con su cometido vital, hizo lo mejor que sabía y se alimentó de acciones buenas y prácticas para alcanzar ese estado de altura profesional con el apoyo fundamental de Ángela, una guisandera con sabiduría y una técnica entre fogones que marcaron un tiempo de saberes y sabores. Es tiempo de duelo en ese enclave de Tineo por una muerte sentida y súbita que encogió los corazones de íntimos y hosteleros. No se puede creer. Ayer tan animoso como sus proyectos viajeros y sus trabajos domésticos y hogaño camino de un más allá que nadie conoce, pero que según la parábola bíblica es un lugar llamado cielo al que Manel a buen seguro se sentirá feliz y dichoso entre querubines de aliento y calor eterno. Pienso de veras que en ese lugar ignoto y paradisiaco seguirá susurrando a los caballos y abrazando con su estilo campechano a su fiel compañera Ángela. Vita brevis!

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