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Los autos más locos desfilan por el centro de Luarca: "adrelina" y "mucho trasto guapo"

Sesenta participantes confirman el éxito de una competición que llenó las calles de la capital valdesana pese a la lluvia

Ana M. Serrano

Ana M. Serrano

Luarca (Valdés)

La lluvia no pudo con la fiesta de los Autos Locos de Luarca. Ni con los participantes ni con el público, mayoritariamente joven, que se echó a la calle para vivir una jornada en la que el ingenio, la velocidad y el buen humor rodaron cuesta abajo.

Una marea humana tomó la villa para ver desfilar carrilanas y otros vehículos sin motor, impulsados únicamente por la inercia, en un año en el que la prueba se consolidó definitivamente y en el que, además, la presencia de pilotos valdesanos fue especialmente destacada. Todos querían probar.

750 metros

Fueron 60 los participantes, cada uno enfrentándose a 750 metros de descenso desde la carretera del Faro hasta el paseo del Muelle, atravesando el barrio del Cambaral, el tramo más pronunciado y uno de los más espectaculares del recorrido. El asfalto mojado añadió un punto extra de dificultad y emoción a una prueba que convirtió Luarca en un hervidero desde primera hora de la mañana.

Un participante acercándose a la salida.

Un participante acercándose a la salida. / Ana M. Serrano

Entre los debutantes estuvo Damián Parrondo, que se estrenó en la cita. "El tiempo no acompañó, pero se pasó muy bien", resumió con una sonrisa. Compró la carrilana y la adaptó él mismo. Vecino de El Vallín, no quiso perderse lo que para muchos fue el mejor evento del calendario luarqués. La adquirió en noviembre y llegó decidido a estrenarla.

Raúl Menéndez y Sergio Suárez, con su carrilana, que recuerda a un coche de la Guardia Civil.

Raúl Menéndez y Sergio Suárez, con su carrilana, que recuerda a un coche de la Guardia Civil. / Ana M. Serrano

La lluvia obligó a improvisar. Aitor Rodríguez tuvo que cubrir su vehículo con plástico para soportar el chaparrón que cayó con intensidad tras el calentamiento. Otros, como Raúl Menéndez y Sergio Suárez, lucieron orgullosos una de las carrilanas más llamativas de la jornada. La compraron por 350 euros en Santander y la mejoraron en Luarca, personalizándola para que recordara a un coche patrulla de la Guardia Civil. Con solo 21 años, acapararon miradas, fotografías y comentarios a su paso.

Éxito rotundo

Desde la organización, la sensación fue clara: éxito rotundo. Y hubo un indicador inequívoco. "No había dónde aparcar", comentaron. "Había gente por todas las esquinas", explicó uno de los voluntarios, Justo García, mientras el público se agolpaba en cada curva del recorrido.

El evento también atrajo a pilotos de fuera de Asturias. Saúl Barceló, llegado desde Villena (Alicante), pilotó carrilanas desde 2013. Mecánico industrial de profesión, siempre sintió pasión por este mundo. Vio por internet lo que sucedía en Luarca y ese año no lo dudó. Se marcó como reto visitar la capital valdesana y villa asturiana. ¿Lo mejor? "El ambiente", dijo sin pensarlo, además del trazado y una pendiente que calificó de "espectáculo". Su carrilana estaba construida íntegramente por él.

Un riesgo

Este año también se animó Sabino Suárez, de Saliente (Valdés). La carrilana la compró, pero la estética fue de creación propia, pensada especialmente para los niños. Tener un grado medio de mecánica ayudó mucho, tal y como reconoció, sobre todo porque tras los entrenamientos o la primera bajada casi siempre había algo que reparar.

Saúl Barceló, con su auto.

Saúl Barceló, con su auto. / Ana M. Serrano

La competición se dividió en distintas categorías, y una de ellas fue el skeleton. Diego Méndez, de Busto, acudió a la cita con uno de los conocidos como patinetes adaptados. Fue su segunda participación en Luarca. Ese mundo, aseguró, enganchaba. No todos olvidaron el riesgo: un veterano piloto, que prefirió mantener el anonimato, advirtió de la peligrosidad con el firme mojado. "Fue un riesgo", señaló, consciente de que su diseño podía alcanzar los 70 kilómetros por hora.

Mientras tanto, el público animó sin descanso. "Mira, qué guapo"; "¡qué pasada!"; "no sé cómo se atreven", se escuchó entre risas, pitadas y aplausos. Una jornada redonda que confirmó que los Autos Locos ya eran mucho más que una moda y se habían convertido en una cita imprescindible en Valdés por la "mucha adrenalina" y los "muchos trastos guapos".

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