El cura que vuelve al tajo por amor a los fieles tras una jubilación forzosa: es Lito, tiene 71 años y llega a Luarca "encantado" (y con proyectos)
Tras la baja de Emilio Menéndez, o rotaban doce curas, incluido el obispo, cada domingo, o recurrían a alguien que ya conociera la plaza, y el elegido había estado allí nueve años, entre 1990 y 2000

Lito García, en el despacho de la parroquia de Luarca. / Ana M. Serrano

Hay historias que no empiezan con una vocación, sino con una caída. La de este sacerdote asturiano, Manuel García Velasco, conocido como Lito, 71 años, jubilado “a la fuerza”, hoy de nuevo al frente de la parroquia de Luarca ,comienza resbalando bajo una tormenta en los Lagos. Se rompió el hombro. Nadie imaginaba que aquel golpe acabaría rompiendo también su vida tal y como la conocía.
Durante 18 años fue el rostro de la Iglesia en Infiesto, en el concejo de Piloña. "Quería morir allí, si hacía falta, pero seguir", dice sin dramatismo y sentado en el despacho de cura de Luarca. Lo que vino después no fue una despedida agradecida, sino una llamada. No del arzobispo ("no, no, el vicario"), precisa. Las pruebas médicas apuntaban a un linfoma maligno. La palabra cáncer flotó en los pasillos. Y la decisión cayó rápida: dejar el piso, preparar sustituto, jubilarlo.

El nuevo párroco de Luarca, Lito García. / Ana M. Serrano
El giro inesperado es que no tenía cáncer. Lo que parecía un linfoma era un coágulo encapsulado, de cuatro por tres centímetros, fruto de aquella caída. Lo contó en su día LA NUEVA ESPAÑA. Dos operaciones después, varios TAC y meses de incertidumbre, el diagnóstico definitivo fue negativo. "Nada, nada", repite. Pero para entonces ya estaba fuera. Jubilado en abril. Piso entregado. Vida desmontada.
Y aquí la historia se vuelve incómoda. Mientras él hacía maletas convencido de que quizá se moría, recuerda cómo otros compañeros ejercieron hasta el final de enfermedades reales, acompañados por coadjutores. "El amor a los enfermos, la caridad… y a un cura que creen enfermo lo mandan para casa", reflexiona. No habla con rabia. Habla con una herida que aún no ha cerrado. "Estoy dolido. No conmigo; con el trato", dice
La jubilación no fue descanso. Fue vacío. De la hiperactividad parroquial, de misas, reuniones, visitas y proyectos, pasó al sofá y la televisión. "Creo que pasé hasta por depresión sin saberlo", subraya. Le subió el azúcar "a 200". Comía mal. No quería salir de la cama. No era un hombre cansado del ministerio que por fin suspira por retirarse. Era un hombre al que le arrancaron lo que más quería.
"No se suele repetir"
Y entonces, cuando empezaba apenas a recomponerse, sonó de nuevo el teléfono. Diciembre de 2025. Faltaba sacerdote en Luarca. El párroco, Emilio Menéndez, había causado baja. No había relevo. O rotaban doce curas, incluido el obispo, cada domingo, o recurrían a alguien que ya conociera la plaza. Y él había estado allí nueve años, entre 1990 y 2000. "No suelen mandar a alguien a repetir", explica. Pero esta vez no había nadie más.
Le pidieron que volviera "por favor". Podía decir que no. "Soy libre", subraya. Había sido cesado. No debía nada. Y, sin embargo, dijo que sí. No por la institución que lo jubiló, sino por la gente. "No dejamos tirada a esta parroquia y yo siempre digo que soy cura de almas".

El nuevo párroco de Luarca, Lito García. / Ana Serrano
Lo sorprendente es que regresó como pensionista. Jubilado por el Estado. Sin cargo estable. Hasta septiembre, en principio. Un parche humano para una estructura exhausta.
"No me lo creo todavía"
Dos meses después, el hombre que no quería levantarse de la cama prepara la Semana Santa de una parroquia con más de 300 años de historia. "No me lo creo todavía", confiesa mientras habla de proyecto. Porque al llegar encontró calderos recogiendo el agua de las goteras de la iglesia. La torre convertida en palomar, "con más de una cuarta de excrementos acumulados". Publicó fotos. Buscó permisos. Movilizó fondos parroquiales. "Y aposté por hacer lo que creo que se debe hacer", argumenta convencido.
La ironía es delicada: el cura que fue apartado por presunta enfermedad es ahora quien se sube a revisar tejados. Pero el verdadero giro no está en las obras, sino en los bautizos. Hace unos días sostuvo en brazos a un niño llamado Pelayo. Treinta y cuatro años antes había bautizado a su madre. "Fue muy emotivo", recuerda. En ese instante, el tiempo dejó de ser lineal. No era el jubilado que vuelve por necesidad; era el pastor que recogía lo sembrado hace tres décadas.
La comunidad de la unidad parroquial de Luarca lo ha recibido con afecto. "Espero que no te marches", le dicen por la calle. Él, que cada lunes regresa a Infiesto para ventilar su piso y saludar en el mercadillo, vive ahora entre dos tierras. Entre el dolor y la ilusión. Entre el desencanto institucional y el cariño popular. Por eso se siente "encantando".
13 años en una discoteca
Su vocación tampoco fue siempre recta. Trabajó 13 años en una discoteca. Estudió Empresariales. Le ofrecieron un puesto fijo en Correos. Entró en el seminario a los 24 años, después de sentir que "nada me llenaba". De joven quiso irse de misionero con dominicos que hablaban del Amazonas; sus padres no lo permitieron. "¿Qué hago aquí?", se preguntó un día. Y cambió de vida.

Lito García, en la iglesia de Luarca. / Ana M. Serrano
No es un sacerdote que mida las palabras. "¿Para qué la hipocresía?", se interroga cuando se le pregunta si no teme hablar claro. Rechazó entrevistas de grandes cadenas. Solo aceptó contar su historia en LA NUEVA ESPAÑA. No busca ajuste de cuentas. Busca coherencia. Quizá por eso, cuando se le pregunta qué espera de esta etapa en Luarca, no habla de rehabilitaciones ni de plazos. "Servir". Solo eso. Servir hasta septiembre. O hasta que llegue otro. O hasta que le vuelvan a pedir que haga la maleta.
La iglesia, abierta
La Iglesia que lo jubiló cuando él no quería es hoy la que lo necesita para que no se apaguen las luces de una parroquia histórica que ahora, con su llegada, abre sus puertas a diario. "Nunca se sabe quién quiere acercarse", explica, sabedor de que los templos, reconfortan.
Y él, que pensó que su ministerio había terminado en un sofá frente al televisor, vuelve a preparar homilías, a consolar enfermos, a organizar procesiones. La sorpresa final no es que haya regresado. Es que después de todo, sigue creyendo y vuelve a preparar, tras muchos años sin hacerlo, una Semana Santa en Luarca. Las vueltas que da la vida.
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