En el concejo de Asturias con menos mujeres: "En mi pueblo viven mi marido y tres solteros"
El éxodo a las ciudades provocó la masculinización de la población de Somiedo, donde seis de cada diez vecinos son hombres

Julia Raimúndez, junto a su tienda de ultramarinos (a la izquierda) y Mihaela Nicola, en uno de los miradores de Somiedo. / LNE

Muchos pueblos asturianos sufren sangría de población y las mujeres son las primeras candidatas para el éxodo a la urbe. En algo menos de la mitad de los concejos del Principado hay censados más hombres que mujeres, y en todos ellos domina el ámbito rural. Somiedo es el caso más extremo: seis de cada diez habitantes son varones.
"¿Qué mujer va a querer venir a vivir aquí si no hay trabajo?", se pregunta Maximino Fernández en un céntrico bar de Pola de Somiedo, donde un sábado de abril los lugareños se ven a cuentagotas. "En este valle se vive principalmente de la ganadería", asegura, y añade: "El poco trabajo que hay es duro". A su lado, Carlos González introduce un matiz que explica bien la dinámica del lugar: "En el colegio, por ejemplo, son prácticamente todo maestras, pero cuando llega el viernes se marchan".
Los datos respaldan esa percepción. Somiedo contaba en 2025 con 1.031 habitantes. En apenas tres décadas ha perdido 633 vecinos, y de ellos, el 58,3% eran mujeres. La masculinización del concejo no es solo una estadística: es una transformación de su tejido social.
El antropólogo Adolfo García Martínez ha estudiado en profundidad la merma del mundo rural asturiano y la cultura asociada a él. Sitúa el origen de este proceso en los años sesenta del siglo pasado. "Las madres educaban a sus hijas para que se fuesen a las ciudades y evitar así que viviesen una vida de sometimiento como la que ellas habían tenido", explica. "Querían que fuesen más libres y, en aquel momento, las ciudades ofrecían oportunidades: las mujeres con estudios se incorporaban al mercado laboral y, además, había demanda de ayuda para las labores domésticas", analiza.
Ese movimiento, inicialmente entendido como progreso, ha tenido consecuencias difíciles de revertir a largo plazo. "Cuando yo era joven había muchas chicas", recuerda José Barcala, que los fines de semana vuelve a su concejo. "La mayoría empezaron a irse hace 20 o 30 años para estudiar o trabajar en las ciudades, y ya se quedaron", lamenta. "Esa caída de mujeres en el censo ya fue muy difícil de recuperar; aquí la mayoría son hombres y solteros", sentencia.
La consecuencia se percibe tanto en las cifras como en la vida cotidiana. Sin mujeres tampoco hay niños. "Hay más osas preñadas que mujeres", ironiza Carlos González, con una media sonrisa que esconde preocupación. "Debe haber dos embarazadas en todo el concejo", calcula. La falta de mujeres en edad fértil ha empujado la natalidad a mínimos históricos, cerrando un círculo difícil de romper: sin nacimientos no hay relevo generacional y sin jóvenes no hay futuro. Solo quedan los que llegan de fuera, que, por fortuna, los hay.
"En la escuela, este año, hay 35 niños de todo el concejo; así es imposible", lamenta Barcala, que ahora vive en Oviedo y regresa los fines de semana. "Se intentó recuperar algo de población con el centro de empresas, pero no funcionó: la vida aquí es realmente dura", añade.
El caso de Somiedo no es aislado, aunque sí el más acusado. A su 59,26% de población masculina le siguen concejos como Proaza (58,75%), Ponga (58,16%) o Quirós (58,06%). En el extremo contrario se sitúan las áreas urbanas, donde predominan las mujeres: Oviedo (53,60%), Gijón (52,97%), Avilés (52,76%) o Vegadeo (52,44%). La brecha entre campo y ciudad se agranda también en términos de género.
Pero detrás de esas cifras hay historias concretas. Una de ellas es la de Julia Raimúndez, que se marchó de Somiedo junto a sus seis hermanas. "Tuve que irme a Oviedo a estudiar; al acabar encontré trabajo en una oficina y estuve allí durante 18 años", cuenta. Sin embargo, su caso es poco habitual: regresó. "Nadie vuelve; yo lo hice porque mi marido vivía aquí y me surgió la oportunidad de coger la tienda de ultramarinos, donde trabajo desde hace seis años", explica.
Su día a día refleja bien las dificultades de la vida en el concejo: "El invierno se hace muy largo y prácticamente no hay nada que hacer; yo voy a Oviedo todas las semanas". La conexión constante con la ciudad es, en muchos casos, una necesidad. "Si quieres ir de compras o al cine, algo tan básico... La única opción es la ciudad", asegura. Pero en su rutina vive rodeada de hombres. "En mi pueblo, a pocos kilómetros de Pola de Somiedo, viven mi marido y tres solteros", asegura.
Hubo, no obstante, un pequeño paréntesis en la tendencia. Entre 2002 y 2005, Somiedo experimentó un ligero repunte demográfico, en gran medida gracias a la inmigración. Es el caso de Mihaela Nicola, que llegó desde Rumanía en 2005. "Al principio me costó adaptarme porque venía de una ciudad, pero pronto me encantó", recuerda. Dos años después trajo a su hija, entonces de siete años. "El pueblo era un sitio muy tranquilo, yo trabajaba en hostelería y ella podía ir sola al colegio", explica. Más de dos décadas después, su arraigo es total. "De aquí no me voy", afirma con rotundidad. Aunque historias como la suya no han sido suficientes para revertir la tendencia general.
A la falta de mujeres se suma otro problema añadido: el envejecimiento. Y ni siquiera los mayores logran ya fijar población. "Aquí tampoco se quedan los ancianos", apunta Carlos González. "No hay una residencia cercana y, cuando empiezan a necesitar cuidados, se tienen que marchar", añade. Unos se van a una residencia, otros con sus hijos que, años atrás, habían abandonado el pueblo. Para los vecinos, la creación de un centro de este tipo podría suponer un pequeño revulsivo. "Traería trabajo y también movimiento, porque vendrían familiares a visitarles", sostiene.
La situación encierra al municipio en un círculo vicioso de difícil salida. Somiedo conserva servicios que en otros entornos rurales han desaparecido: centro de salud, farmacia, colegio... Pero carece de población suficiente para llenarlos de vida. Existen las infraestructuras, pero faltan los usuarios. Y sin usuarios, su continuidad también peligra.
Así, el concejo resiste entre contrastes: con recursos naturales y servicios básicos, pero sin masa demográfica; con memoria de un pasado más poblado y la incertidumbre de un futuro que se estrecha. Un futuro que, por ahora, se escribe mayoritariamente en masculino.
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