El santirseño Manuel Ron, juez de paz a los 91 años: "Me da mucho gusto que la gente se ponga de acuerdo"
Durante años compatibilizó el cargo con su trabajo al frente de la tienda-bar La Farrapa, que gestionó junto a su mujer, Amelia Marcos, y que ahora lleva su hijo Lito

Manuel Ron delante de la casa consistorial donde tiene la sede el juzgado de paz. / T. Cascudo
Es posible que todos los vecinos de San Tirso de Abres tengan en su casa un documento firmado por Manuel Ron. Su firma, añade él, estará por medio mundo, ya que muchos de los documentos que ha rubricado han viajado lejos, algunos, al otro lado del Atlántico. Y es que Ron es el juez de paz del concejo desde hace más de cuatro décadas. A sus 91 años es uno de los más veteranos de Asturias y no se arrepiente de haber desempañado este cargo: "Si pudiera volver atrás posiblemente volvería a ser juez de paz. Me da mucho gusto que la gente se ponga de acuerdo".
Hombre conciliador, de carácter tranquilo y respetado en este concejo de 425 habitantes, Ron es natural de la localidad lucense de Vilaodrid, en A Pontenova. Se quedó huérfano de padre durante la Guerra Civil y, por ese motivo, se mudó con su familia de cuatro hermanos al concejo santirseño. Se formó en una escuela de Artes y Oficios de Cádiz y regresó a su casa de Salcido para empezar a trabajar en una mueblería como ebanista, su pasión.

Manuel Ron muestra su firma. / T. Cascudo
Tres bodas
Por aquel entonces le propusieron ser suplente del juez de paz titular, José Barcia. "Me acuerdo de ir a Castropol, donde está el juzgado de primera instancia, a recoger la credencial de suplente, tendría unos 32 años", relata. Cuando falleció el titular, se hizo cargo de esta labor, centrada en mediar en conflictos menores y también de asumir papeleo del registro civil, desde nacimientos a defunciones. También ha oficiado al menos tres bodas.
"El juez de paz tiene que tratar de que todo se arregle bien en las conciliaciones y la verdad es que tengo que decir que casi siempre quedamos bien y fueron muy pocos los asuntos que terminaron en el juzgado", resume. Entre los conflictos, los más comunes fueron asuntos ligados a desacuerdos por las lindes de los terrenos. Otro tema que le compete es el de trasladar los votos durante las elecciones municipales. Al cierre del colegio electoral, es el encargo de llevar la urna precintada hasta Luarca, antaño hasta Oviedo.
En estas décadas como juez de paz ha percibido muchos cambios. El primero, el de la firma. Antes tenía montañas de papeles para firmar, ahora es todo telemático y hay muchas menos mediaciones. Con todo, sigue desempeñando el cargo, asistido siempre por una persona en condición de secretaria. La firma final, eso sí, es la suya. Y es digna de ver, con su nombre completo y muchos detalles: "Un día me dijo un funcionario que menuda firma, que no había quien la patentara", bromea.
Al frente del popular bar-tienda La Farrapa
Un momento clave en su vida fue a principios de la década de los setenta del pasado siglo. Ya casado con la santirseña Amelia Marcos, que hoy suma 93 años, la pareja había decidido trasladarse a Barcelona donde a Manuel Ron le había salido un trabajo en la Seat. Sin embargo, un tío de Amelia se puso en contacto con ellos para que se hicieran cargo de La Farrapa, un bar-tienda ubicado en el centro de El Llano y punto neurálgico para todo santirseño. Así fue como renunciaron a marchar y se quedaron para siempre en el concejo haciéndose cargo de un negocio que les comió muchas horas, pero que también les dio muchas alegrías.
"A mí me preocupaba que lo de ser juez de paz me diera problemas en el negocio. Al final tienes que llevarte bien con todo el mundo", relata Ron. Sin embargo, jamás tuvo un problema y concilió a la perfección sus dos facetas como comerciante y juez de paz. "Fui feliz como juez de paz y nunca me privó de trabajar", añade. El cargo se renueva cada cuatro años y tiene dudas de si seguir. Tiene en quien delegar, pues su hijo Lito, que se ocupa de La Farrapa, es también su sustituto.
Mientras lo decide, Ron sigue con su día a día. Jubilado desde hace décadas, no para ni un segundo y goza de una salud envidiable. No perdona sus dos paseos diarios, si puede aún desbroza las fincas y cuida con mimo de sus colmenas. Hombre de buen comer, a Manolo, como le conocen en el concejo, aún conduce, le gusta leer, echar la quiniela y jugar la partida. "Hay que mantener la mente ocupada", señala. Presume además de vivir en un buen concejo: "Hay buen ambiente entre los vecinos y es un lugar sin contaminación. Invito a todo el mundo a que venga".
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