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La curiosa historia de la torre de Villademar, uno de los edificios más antiguos de Cudillero y que mandó construir doña Paya, una nieta del rey Ramiro

El reinado de la señora, condesa de Pravia, abarcaba nueve feligresías y dentro de él estaba la famosa Concha de Artedo

Vieja estampa de La Torre tomada desde un parapente.

Vieja estampa de La Torre tomada desde un parapente. / José Mª Iturralde García y de Miguel Ángel Martín Piris

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Juan Luis Álvarez del Busto

Juan Luis Álvarez del Busto

Villademar (Cudillero)

La Torre de Villademar es uno de los edificios más antiguos del concejo de Cudillero. Data del siglo X y dista dos kilómetros de la villa pixueta. En el archivo privado de Elvira Bravo figura un documento relativo a este inmueble ubicado en la parroquia de San Juan de Piñera y en el que se da cuenta de que fue propiedad de doña Paya, Palla o Pelaya, nieta del rey Ramiro y, según otras informaciones, biznieta de don Pelayo.

Doña Paya estaba casada con un vasco, Bermudo Armentáriz, que tuvo que contentarse con ser su esposo consorte, ya que quien mandaba y gobernaba sus estados, comprendidos entre Avilés y Cadavedo, era ella. Los Quiñones, los Quirós y los Omañas, grandes caciques de la zona y alrededores, temblaban cuando sonaba la voz de que la ricahembra de La Torre montaba en su caballo asturcón de Teberga y subía a la cumbre de Santa Ana de Montarés a otear sus dominios.

Buen corazón

El brial de doña Paya era, flotando al aire de la mar cercana, más temible que la cimera de un guerrero. Sin embargo, parece que su corazón era grande y su ternura para con sus vasallos humildes, igual que su dureza para con los tiranos. Alguna vez en La Torre una cabeza ensangrentada ejemplarizaba en caridad. Una caridad bárbara, pero había que ejercerla así por la justicia.

El reinado de la señora abarcaba nueve feligresías y dentro de él estaba la famosa Concha de Artedo, una de las bahías naturales mayores del norte de España. Estos eran los dominios de doña Paya, condesa de Pravia (ser conde es cuanto se podía ser en España después de rey). Todavía llaman al histórico edificio "La Torre de la Condesa", título revalidado hace más de doscientos años por la Condesa de Manila que la habitó.

Vista parcial desde Santa Ana de Montarés.

Vista parcial desde Santa Ana de Montarés. / José Mª Iturralde García y de Miguel Ángel Martín Piris

De la Casa de doña Paya ha salido muy buena gente. El Adelantado de La Florida, don Pedro Menéndez de Avilés, y su hermano don Álvaro, que vivió en la casa señorial de El Cuetiquín, en la pixueta calle de San José o "La Reguera" –entonces acceso principal a la villa- son de su linaje. También ocuparon un edificio que cierra la plaza de San Pedro, al lado de la iglesia parroquial y que hoy forma parte del ayuntamiento, conocido por la "Casa de los Panzacola", en recuerdo de la participación en La Conquista, refiriéndose en concreto a la bahía de Pensacola.

"Noble generación"

La vieja Torre se mantiene en pie. Solo la parte alta, cuadrada, con sus ventanales que dan a los cuatro puntos cardinales, se conserva casi igual. Sobre la puerta principal de su entrada, a la izquierda, ostentaba un pequeño retablo de arquitectura plateresca, que sostenía un cornisamento en el que campeaban las Armas con una siguiente leyenda grabada en el zócalo del escudo: "La noble generación, Selgas, Arcellana y doña Paya son". Unos pasos más arriba de La Torre, poseían una pequeña capilla dedicada a la Virgen de la Esperanza o de la O, que posteriormente fue trasladada por Eleuterio Francisco Sierra al lugar donde hoy se encuentra.

La posesión era grande, con su parte de jardín y de huerta con gran variedad de flores y de árboles frutales, sobre todo naranjos; parte de la pradería llegada a un río y a una fuente, y también casi hasta el pueblo de Los Villazones.

Existen varios lugares en los alrededores que recuerdan a doña Paya, entre ellos el Pico de doña Paya y las ruinas de un castillo en las proximidades de Riberas de Pravia, que se dice estaba unido con Pravia a través de un camino subterráneo. Parece excesiva la distancia, por lo que cabe pensar que acaso sería por medio de otros castillos o caseríos.

Vieja estampa de La Torre, sin portada de muro de cierre.

Vieja estampa de La Torre, sin portada de muro de cierre. / Juan Luis Álvarez del Busto

La Torre, como casi todas las fortalezas –hablamos del siglo X-, tenía varios pasos subterráneos, algunos de ellos en la misma casa y otros tenían comunicación con lugares algo distantes. En la casa había uno que se comunicaba con un horno, después tapiado, cerca de la cocina.

Pasadizos subterráneos

Había una escalera interior muy pegada a la pared que llegaba hasta una habitación espaciosa, con un corredor que conducía a la huerta. Además de la entrada principal, existía otra en el interior de un ropero que comunicaba con un subterráneo que, como antes quedó dicho, conducía a la pequeña playa de Las Rubias en la que, aunque oculta, existía una pequeña puerta de hierro.

Otra salida subterránea bajaba por Villademar y acaso llegaba hasta el barrio de Castro -en las proximidades de la actual estación de FEVE- , donde existía otra fortaleza. Hace años, realizando unas excavaciones en los restos del castillo, se encontró un camino subterráneo, diversas armas y otros objetos. Por otra parte, durante la guerra carlista o un levantamiento que hubo en Asturias, se comentó mucho un caso que tuvo como protagonista al párroco de Cudillero. El sacerdote parece ser que era afín a los carlistas. Esta es la historia:

Don Pachín y la puerta secreta de La Torre

En la segunda época carlista, allá por 1838, era párroco de Cudillero don Pachín, buen sacerdote e inteligente. En una ocasión fueron a detenerlo tropas liberales, rodeando la casa en la que vivía, en las proximidades de la iglesia parroquial. Pero don Pachín se escapó disfrazado de mujer por una puerta posterior y subió por La Llousa a Villademar, a La Torre en concreto, ya que los dueños eran, además de amigos, también carlistas.

Allí lo recibieron muy bien y lo alojaron. A eso de la medianoche, sintieron movimiento en el exterior. Eran tropas que, en busca del sacerdote, registraban todas las casas. La última fue La Torre. Los criados y los vecinos del lugar, muy asustados, temían por la vida del párroco; pero cuantas pesquisas hicieron los soldados, todas resultaron infructuosas.

Y es que a don Pachín lo habían ocultado en un ropero repleto de ropa y el temor de todos fue grande cuando vieron que lo registraban. Pero no estaba. Y es que, en el interior del armario, había una puerta secreta que daba a una escalera subterránea por la que se atravesaba la extensa finca. Al otro extremo, en las proximidades de Los Villazones, ya le tenían preparado un caballo y desapareció hasta que todo volvió a la normalidad. Lo célebre del caso fue que ni los criados de La Torre podían explicarse la desaparición.

Además de doña Paya, La Torre estuvo habitada por doña Martina Berrotea y por una hermana, que luego se casó con un señor procedente de Filipinas. Ella tomó el título de Marquesa de Manila, revalorizando el de doña Paya.

Martina se casó con Eleuterio Francisco Sierra. Siendo novios, se reanudó la guerra carlista y él se alistó para defender sus ideales, ignorando que su novia estaba embarazada. Al nacer la criatura, una niña, la llevaron en secreto a un matrimonio. Eran molineros y la tuvieron oculta hasta los ocho o diez años. Celebrado el matrimonio entre Martina y Eleuterio, estos quisieron recoger y legitimar a la niña, a lo que esta se negaba, por lo que se vieron obligados a internarla en un colegio.

Y ella fue doña Paca sierra, en cuyo tiempo su tía, la citada condesa de Manila, ofrecía grandes fiestas en La Torre, a las que asistía toda la nobleza de la zona. Por cierto que don Eleuterio Francisco Sierra, al adquirir La Torre, trasladó allí su capilla de Jarceley (Cangas del Narcea), con fuero parroquial para su familia y servidumbre. La capilla es de estilo florentino románico y tenía enterramiento para los señores, privilegio hoy suprimido, conservando su dedicación de Nuestra Señora de la Esperanza o de la O, en cuyo honor se celebraba una concurrida fiesta el primer domingo de agosto.

Doña Paca se casó con don Antonio Argüelles. Tuvieron un hijo que llevaba el nombre de su padre, que contrajo matrimonio con una andaluza. Fueron a pasar la noche de novios a La Torre y ella se puso enferma repentinamente. Fuera por ello o porque la mujer añoraba su tierra, se marcharon al sur donde Antonio se arruinó con unos negocios de cerámica. Entonces regresó él solo con el único objetivo de vender La Torre. Mientras encontraba comprador, la tuvo arrendada –unos dos o tres años- a Pilar Bravo Fernández-Ahuja, hermana de Elvira Bravo.

Los nuevos propietarios fueron Aida y Manuel, conocidos por “Los yanquis”, que luego la vendieron a sus actuales propietarios, los Bravo, parientes directos de las citadas Pilar y Elvira. Curiosa historia la de La Torre.

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