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Los reputados pianistas Lucille Chung y Alessio Bax, en Navia: "En la música siempre hay que trabajar. Nosotros estamos tocando las mismas obras desde hace más de treinta años y todavía encontramos cosas nuevas"

La pareja actúa este miércoles en el cine Fantasio (17.30 horas) y pone sobre el escenario su manera de entender la música clásica: humildad frente al ego

Alessio Bax y Lucille Chung, en los jardines de un conocido complejo hoteleros de Navia.

Alessio Bax y Lucille Chung, en los jardines de un conocido complejo hoteleros de Navia. / Ana M. Serrano

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Ana M. Serrano

Ana M. Serrano

Navia

Hay algo que llama la atención al escuchar hablar a los afamados pianistas Lucille Chung y Alessio Bax (hoy tocarán en el cine Fantasio, 17.30 horas) y que después permite comprender mejor cómo tocan ese instrumento que les ha dado casi, la vida: el piano. No es solo la tranquilidad. Es la manera de escuchar. La ausencia de prisa para responder. Una forma de reflexionar que parece casi a contracorriente de un tiempo acostumbrado a los diez segundos de un vídeo antes de saltar al siguiente.

Ellos mismos ponen palabras a esa sensación cuando hablan de las nuevas generaciones y del cortoplacismo. Lo que se pierde por el camino, añaden, es mucho más que una destreza musical: "Aprendes concentración, dedicación, amor, verdadero amor".

Es probablemente ahí donde comienza a entenderse lo especial de esta pareja de músicos (y matrimonio) que vuelve a Navia para participar en el II Festival Horacio Icasto organizado por la Fundación Reny Picot y que hará lo propio el 1, 2 y 3 de diciembre en Oviedo, en el Festival dedicado a Joaquín Achúcarro. Frente al atajo, "el tiempo". Frente al brillo instantáneo, "el trabajo". Frente a la necesidad de exhibirse, la voluntad de ponerse "al servicio" de algo que consideran mayor que ellos mismos: la música.

Ser músico "porque tienes que ser músico"

Ninguno creció en una familia de músicos. En el caso de Alessio Bax, todo comenzó con un pequeño teclado de tres octavas recibido como regalo de Navidad. "Me enamoré de él. No podía quitar las manos de ese teclado todo el día", recuerda.

La historia de Lucille Chung es diferente. Todo empezó, dice, de una manera mucho menos solemne. Estudiaba en un colegio de chicas y veía que "todas las chicas cool" tomaban clases de piano. También quiso hacerlo. Comenzó a ganar concursos incluso sin disponer de piano en casa y, con diez años, ya tocó con la Orquesta Sinfónica de Montreal. A los trece viajó a Estados Unidos para continuar sus estudios. De aquella trayectoria extrae una frase que resume toda una vida: "Me gusta decir que la música me eligió, no que yo la eligiera".

Esa idea de vocación reaparece cuando se les pregunta qué mensaje darían a los jóvenes que desean dedicarse profesionalmente a la música.

La respuesta de Alessio Bax es rotunda: "No vas a ser músico porque puedes ser músico; vas a ser músico porque tienes que ser músico”.

No habla del escenario, de la fama ni del reconocimiento. De hecho, advierte de que a muchos jóvenes puede atraerles precisamente esa parte: tocar ante el público, aparecer en televisión o tener notoriedad en las redes sociales. Pero la carrera, sostiene, exige otra cosa: "Si alguien no necesita la música para sobrevivir, va a ser muy difícil dedicarse a ella. Es una necesidad".

La música no admite atajos

En su conversación aparece constantemente una palabra: tiempo. Tiempo para aprender y para equivocarse. Tiempo para volver a una partitura clásica interpretada durante décadas y descubrir que todavía escondía algo. "En música siempre hay que trabajar. Nosotros estamos tocando obras desde hace más de treinta años y todavía encontramos cosas nuevas", explica Lucille Chung. Y comparan esa experiencia con tener una obra maestra en casa: "Es como tener la Mona Lisa. Cada vez encuentras cosas nuevas".

Por eso cuestionan esa búsqueda contemporánea de la industria de la música actual (y de lo que no es la música) de soluciones inmediatas: "Enséñame el atajo para llegar de aquí a aquí lo más rápido posible, lo más fácil posible". En su campo, responden, ese atajo sencillamente no existe. El talento necesita práctica hasta convertirse en habilidad. Y un buen profesor no debería enseñar trucos para resolver más rápido un problema, "sino enseñar al alumno a trabajar por sí mismo cuando el profesor ya no esté". Es una concepción exigente de la música, pero también profundamente humanista.

El artista no está por encima de la obra

Hay otro elemento que atraviesa toda la histora de la pareja musical: la humildad. La carrera internacional puede parecer desde fuera una sucesión de viajes, grandes escenarios, obras extraordinarias y aplausos. Ellos desmontan esa visión romántica que podría atraer a la persona desinformada.

"Si no fuera por la música, sería el peor trabajo del mundo", llega a bromear Alessio. Hablan de presión, desplazamientos continuos y de una dificultad añadida para los pianistas: a diferencia de un violinista que viaja con su instrumento, ellos encuentran un piano diferente en cada concierto. Y precisamente ante las grandes obras reclaman humildad.

El objetivo, sostienen, "no es enseñar su propia personalidad". Saben que su personalidad terminará inevitablemente escuchándose, porque la música pasa a través de ellos, pero esa no debe ser la finalidad. La misión es otra: "Enseñar esa música tan grande en la mejor luz, en el mejor ángulo posible e intentar hacerlo mejor cada vez".

No se trata, pues, de "utilizar la música para expresar quién soy yo, sino utilizar todos mis medios para expresar lo que posiblemente quería expresar el compositor”. En una sociedad donde la exposición personal y el aplauso se han convertido muchas veces en objetivos en sí mismos, esa filosofía resulta casi provocadora: quitarse del centro para dejar sitio a la obra.

Navia, algo más que otro escenario

También hay una razón emocional para regresar a Asturias. Hay una estrecha vinculación con Joaquín Achúcarro y su esposa, Emma, a quienes describen prácticamente como una segunda familia. "Hablamos todas las semanas. Hemos crecido gracias a ellos", afirman.

También destacan el papel de Juan Coloma y una manera de apoyar la cultura que consideran cada vez menos frecuente. Frente a una industria musical progresivamente convertida en negocio, reivindican el antiguo concepto del mecenazgo como una inversión a largo plazo: cultura no para obtener un rendimiento inmediato, sino "para que todos podamos ser mejor", dice la mujer.

Y eso es precisamente lo que encuentran especial en Navia. Han tocado en pequeños lugares de Suiza o Italia, explican, pero muchas veces se trata de festivales ligados a localidades turísticas. Aquí perciben otra intención: "No solo es traer muy buena gente aquí, que toquemos nosotros, sino que es para la ciudad, para el teatro, para el lugar. Es algo muy bonito".

La pareja de pianistas, con Juan Coloma, de la Fundación Reny Picot, organizadora del  Festival Horacio Icasto.

La pareja de pianistas, con Juan Coloma, de la Fundación Reny Picot, organizadora del Festival Horacio Icasto. / Ana M. Serrano

Navia adquiere así otro sentido. No se trata únicamente de llevar intérpretes de primer nivel a una localidad alejada de los grandes circuitos. Se trata de hacer que esa música pertenezca también al lugar y a sus habitantes.

Un piano, cuatro manos y veinte dedos

Y después está lo que ocurre cuando los dos se sientan ante un único piano. Quizá sea ahí donde toda su filosofía —escucha, paciencia, humildad, confianza— adquiere una expresión física. Tocar a cuatro manos, explican, es mucho más complicado que hacer música de cámara con intérpretes que disponen cada uno de su instrumento. Aquí son "veinte dedos distintos" compartiendo exactamente el mismo piano.

No hay territorio propio. No puede haberlo. Las manos se cruzan en un espacio reducido, uno depende del pedal del otro y ambos tienen que anticipar movimientos que suceden prácticamente al mismo tiempo. "Hay mucha confianza también en los aspectos técnicos", explica ella. "Yo confío en que él lo entiende y él lo entiende. Es un ejercicio de confianza muy bueno".

Una pequeña sociedad perfecta

Al final de la conversación que se desarrolla en un conocido complejo hostelero de Navia surge una pregunta mayor: ¿puede servir la música para devolver algo de humanidad a una sociedad dominada tantas veces por el dinero, el poder, la división o el individualismo?

La respuesta vuelve a alejarse de las grandes proclamas. "La música siempre ha sido el ejemplo de sociedad perfecta", afirma Alessio.

Piensan en una orquesta. Cada sección hace algo distinto y cada músico posee su propia voz. Todas son importantes, pero ninguna funciona aislada. Para que la obra exista, todos tienen que trabajar juntos por algo que los supera individualmente.

"No importa de dónde has llegado, quién eres o de dónde eres. Tienes tu voz, que es importante como todas las demás. Sin embargo, hay que trabajar juntos para algo que es más grande de lo que puedes dar tú solo". Quizá esa sea también la mejor forma de comprender a esta pareja cuando vuelva a sentarse ante el piano en Navia durante el festival que recuerda a Horacio Icasto.

Veinte dedos. Dos personas. Una sola obra. Y la convicción de que escuchar al otro no significa renunciar a la propia voz, sino conseguir que juntos aparezca algo que ninguno de los dos podría crear solo.

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