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La jira de Navia, con 119 años de historia, despide las fiestas patronales con mantel, tortilla, sidra y, por supuesto, venera de postre

El último día de fiesta "no se perdona", dicen los romeros, de distintas edades, pero con el objetivo común de pasarlo bien

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Ana M. Serrano

Ana M. Serrano

Navia

La jira de Navia, que cumplió 119 años, volvió a convertir el pinar y el entorno de la Poza en una gran comida al aire libre, donde se mezclaron familias enteras, jóvenes que regresan cada verano, visitantes llegados de lejos y quienes prefieren celebrar las fiestas lejos del bullicio

Hay muchas maneras de despedir unas fiestas, pero en Navia la última tiene mantel, tortilla, sidra, venera y sombra de pinos. La Jira volvió a poner este lunes el "broche final" a las celebraciones reuniendo desde las once de la mañana a cientos de personas. Unos buscan música y grandes grupos; otros, apenas un rincón tranquilo donde sentarse a comer. Todos, sin embargo, comparten la misma idea: el último día de fiesta "no se perdona".

Rosa María Núñez llevaba 25 años sin acudir. Un cuarto de siglo después regresó casi por casualidad. Su hija invitó a una amiga de Canarias y, detrás de ella, acabó llegando toda la familia. Se instalaron en una de las zonas más alejadas del gran bullicio que se forma en el pinar. "Somos de Ortiguera y nos gusta la tranquilidad de este lugar", explicó Núñez. A su lado, Asunción García, la invitada canaria, descubrió por primera vez una celebración que ya se ha apuntado para repetir. Le conquistaron el entorno y esa peculiar forma de pasar el día sin demasiadas prisas: comer, conversar y dejar avanzar las horas.

"Da gusto celebrar así"

Porque en la jira caben muchas jiras. Está la de las pandillas que convierten el pinar en una fiesta dentro de la fiesta, pero también la de quienes despliegan una mesa para dos en un rincón apartado. Silvia Dampena y David González son de Medal, aunque viven en Madrid. Él tiene abuelos asturianos y, aunque nació en Asturias, asegura que "nunca rompió el vínculo con la tierra". Ahora procura mantenerlo regresando a las celebraciones que considera imprescindibles en el calendario. La jira de Navia es una de ellas. "No me la pierdo porque da gusto celebrar así", resumió, mirando alrededor. El entorno, el ambiente y la naturaleza hacen el resto. En una palabra: "Pureza".

A pocos metros, la familia de José Manuel González demostróuna de las grandes virtudes de esta jornada: donde no llega el salón de casa, llega el campo. Son muchos y reunirlos a todos bajo un mismo techo no resulta sencillo. "La jira soluciona el problema", dijo. Una mesa larga, comida campestre y sitio para todos. Y, como manda la ocasión, tampoco faltaba la venera, el dulce más reconocible de Navia.

Precisamente una venera mostraban con orgullo Luján Álvarez y Ernesto Suárez, suegra y yerno. Entre tortillas, empanadas y platos improvisados, el postre tradicional sigue siendo "uno de esos bocados que saben a fiesta" en la capital naviega. "Hay cosas que cambian de una generación a otra; otras, como sentarse a compartir una venera el día de la jira, parece que se quedan", reflexionan en la familia Gayol.

La cita también habla idiomas. Josep Caruana tiene 71 años, es australiano y llegó hasta el pinar de la mano de un amigo naviego. Se conocieron "entre bares" y este lunes hicieron, a mayor escala, algo que ya forma parte de su amistad: sentarse a tomar algo, comer y hablar de sus inquietudes e intereses. Llo hicieron rodeados de amigos, familiares y también de los más pequeños. Sobre la mesa, una paella de marisco preparada allí mismo. "Para una ocasión especial", resumieron mientras el arroz terminaba de hacerse.

"Las fiestas nos unen"

Y si hay un momento en el que la jira demuestra que tiene futuro es cuando aparecen los grupos de veinteañeros. Blanca Sarguelles acudió con una pandilla cuyos vínculos comenzaron incluso antes que ellos: son amigos porque ya lo eran sus padres. Ahora estudian fuera, cada uno en un lugar, pero agosto vuelve a reunirlos. "Las fiestas nos unen", explicó mientras escanciaba sidra.

A su alrededor se repetía otra de las imágenes clásicas de la jornada. Camiseta iban llenándose de pinturas, firmas y mensajes mientras otros grupos llegaban todavía cargados de bolsas, neveras, comida y bebida.

No todos buscan lo mismo. Marina González, de Navia, y Manuel Suárez, de Tineo, pertenecen ya a esa generación cuyos hijos celebran la Jira por su cuenta. Ellos eligieron un plan distinto. Con una tortilla y algo más para comer se acomodaron en una zona tranquila junto a la Poza. No necesitan mucho para disfrutar de una cita que consideran "algo para no perderse por el ambiente".

"Es genial", resumió Cristina Diago mientras comía con sus amistades. Una definición breve para una jornada que, precisamente, no necesita demasiadas explicaciones.

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