Los 150 años de la botica Campoamor de Navia: cuatro generaciones de una misma familia han trabajado detrás de su mostrador y una quinta se prepara para recoger el testigo
La apertura de la farmacia se remonta al año 1876, de la mano de un valdesano de Otur, Francisco Campoamor

El 22 de agosto se cumplen 150 años desde que Francisco Campoamor, natural de Otur, en Valdés, abrió su farmacia en Navia, en 1876. Siglo y medio después, el establecimiento continúa ligado a la misma familia. Es día se celebra la fiesta patronal del concejo valdesano (San Timoteo) y por ello Paco Campoamor, cuentan con cariño sus bisnietas, Nuria y Silvia Campoamor, eligió esa fecha para abrir las puertas del que sería un próspero negocio.
Para llegar al principio de la historia hay que regresar a una época en la que en las boticas prácticamente todo se hacía detrás del mostrador. Francisco Campoamor, natural de Otur (Valdés), vio en aquello una oportunidad. Comenzó sus estudios en Santiago de Compostela y continuó después en Madrid. Viajar entonces desde el occidente asturiano hasta la capital era "una auténtica aventura". Una vez licenciado en Farmacia regresó, con apenas 24 o 25 años, para poner en marcha su propio establecimiento.
Era la segunda farmacia que existía en Navia, por eso pasó a llamarse botica "nova". Entonces, tenían que ver poco con las actuales. No existía una industria farmacéutica capaz de suministrar miles de medicamentos ya preparados. "Jarabes, píldoras, pomadas y otras fórmulas se elaboraban allí mismo, muchas de ellas a partir de plantas medicinales", dice Silvia Campoamor, al recordar cómo trabajaba su bisabuelo. La formulación fue perdiendo protagonismo a medida que avanzó la fabricación industrial, aunque en la farmacia continuaron realizando numerosos preparados hasta bien entrado el siglo XX.
La botica era además algo más que un establecimiento sanitario. "Como sucedía en muchas localidades de la época, alrededor de ella se reunían vecinos y amigos para conversar sobre los problemas y proyectos de la villa", cuentan las hermanas. Las generaciones de los Campoamor participaron de distinta manera en la vida de Navia, desde iniciativas relacionadas con servicios públicos hasta la construcción de la actual iglesia.
Y detrás del mostrador se repetía también un nombre: Francisco. El fundador fue el primero de tres generaciones consecutivas llamadas Francisco Campoamor. El segundo llegó a iniciar estudios de Derecho antes de decantarse finalmente por Farmacia y tomar el relevo de su padre. El tercero, padre de Silvia, asumió la farmacia en 1964 después de haber crecido con el firme propósito de continuar con la farmacia.
La gran transformación
Con él llegó una de las mayores transformaciones del establecimiento. La botica artesanal daba paso a la farmacia moderna. La fabricación industrial de medicamentos aumentaba, "se extendían los antibióticos" y comenzaba a generalizarse "un nuevo sistema de distribución". En aquellos años, recuerda Silvia Campoamor, conseguir que determinados medicamentos llegasen a los pueblos "no siempre era sencillo". Su padre participó junto a otros farmacéuticos en la puesta en marcha de la Cooperativa Farmacéutica Asturiana, COFAS, con el objetivo de facilitar el reparto y garantizar que los medicamentos disponibles alcanzasen también a las zonas rurales.
"Le tocó vivir además la extensión de la Seguridad Social, las nuevas recetas y la progresiva desaparición de aquellas prescripciones que indicaban al farmacéutico qué debía preparar", cuenta hoy propietaria del negocio.
Mientras el oficio se transformaba, en casa de los Campoamor la farmacia seguía formando parte de la conversación cotidiana.
Silvia Campoamor lo recuerda como algo completamente natural. "En casa, con mi padre y mi abuelo, se hablaba de farmacia", explica. En las comidas se comentaban anécdotas ocurridas durante la jornada, novedades relacionadas con medicamentos o cuestiones del propio trabajo. Tanto que, cuando quien después sería su marido empezó a compartir aquellas reuniones familiares, se sorprendía de que siempre acabasen hablando de lo mismo. "Para nosotros no es hablar de trabajo, era y es hablar de la vida", resume.
De los seis hermanos de su generación, tres estudiaron Farmacia. Su propia madre, Gloria Suárez, también era farmacéutica. Por eso Silvia y Nuria Campoamor aseguran que nunca sintieron el oficio como una obligación familiar. En 1986 empezó a trabajar la cuarta generación. La llegada, en concreto, de Silvia Campoamor, coincidió con otra revolución, esta vez tecnológica. Uno de los primeros ordenadores de la farmacia llegó como un regalo promocional. Al principio, ni Silvia ni su padre tenían demasiado claro para qué podía servir aquella máquina. Terminaron realizando juntos un curso para aprender a utilizarla: "Así de rápido cambió todo".
Lo que parecía poco más que una calculadora acabaría cambiando por completo el negocio. Con la informática llegaron el control de existencias, las ventas y una nueva manera de gestionar la farmacia.
Termitas y una reforma
No fue el último giro. En torno a 2010, una parte del antiguo techo de madera se desplomó. La causa: termitas. La reforma dejó de ser una opción para convertirse en una urgencia. Hubo que desmontar parte del mobiliario y sustituir elementos históricos mientras la farmacia trataba de continuar funcionando. En 2017 llegó una segunda gran reforma, esta vez planificada. "Los hábitos de los clientes habían cambiado y la parafarmacia reclamaba espacios más abiertos, productos visibles" y una distribución muy diferente a la de la antigua botica.
Y entonces llegó el coronavirus. Es Nuria Campoamor la que recuerda aquellos meses como uno de los momentos más críticos de su trayectoria profesional. Hubo que colocar mamparas, reorganizar el establecimiento y "tomar decisiones prácticamente de un día para otro".
La farmacia atravesó así otra crisis en una historia que ya había conocido enormes transformaciones sociales y sanitarias. Porque en 150 años "no solo han cambiado los medicamentos". También ha cambiado la relación de los pacientes con las farmacias.
La calidad que se perdió
Silvia Campoamor echa de menos "aquella fidelidad" que durante décadas vinculaba a una familia con un mismo establecimiento. No lo plantea únicamente como una cuestión comercial. "Conocer durante años a una persona permitía también conocer sus tratamientos, sus dolencias o incluso recordar una alergia que el propio paciente podía olvidar mencionar", reconoce. "Ese punto de calidez, la farmacia lo perdió", lamenta.
Pese a todo, después de casi cuatro décadas de profesión, continúa encontrando en ese contacto directo una de las razones por las que escogió este oficio.
"Es un trabajo muy completo", reflexionan las hermanas. El farmacéutico, sostiene, termina ejerciendo muchas funciones. "Escucha, aconseja y, en ocasiones, es quien debe advertir a alguien de que ha llegado el momento de acudir al médico", sentencia Silvia.
Además, en Campoamor sobrevive una pequeña parte de aquella botica de 1876. Siguen realizando fórmulas magistrales, desde pomadas hasta cápsulas o jarabes. Ahora, al mirar hacia atrás, la cuarta generación de farmacéuticos recuerda especialmente la celebración del centenario. El padre de Silvia y Nuria organizó una gran fiesta, con comida multitudinaria, música y celebración en la calle. Para él, alcanzar aquellos cien años era motivo de un enorme orgullo.
Medio siglo después, la historia parece dispuesta a continuar. Una hija de Silvia es farmacéutica y nutricionista y está llamada a recoger el relevo cuando llegue el momento de la jubilación. Otra de las hijas de Nuria estudia también Farmacia. Será la quinta generación de una saga que comenzó con aquel joven que volvió de Madrid en el siglo XIX dispuesto a emprender.
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