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Cuadernos de campo

El que venga con la ilusión de encontrar en el far west asturiano indios pieles rojas y vaqueros, mejor se vaya olvidando, para no llevarse el chasco. Y no se llame a engaño después, que ya desde ahora, y desde un periódico serio y decano, le avisamos: que no; que no encontrará eso aquí. Gente haciendo el indio, puede que haya algunos; roxos, hallará en buen número, debido a nuestra conexión vikinga, pero no es lo mismo. Por más que no falten quienes digan que fueron los vikingos los primeros europeos que llegaron a América. Esto no deja de ser un rumor, propalado seguramente por enemigos de Colón, de los Reyes Católicos o de ambos los tres. Vaqueiros sí que tenemos. Pero para conocer a un vaqueiro no es necesario venir a nuestra terrina, porque ya ellos, al ser pueblo trashumante, se han ocupado de viajar y extender su influencia -que no es poca, pues son muy capaces y grandes emprendedores- más allá de Asturias. Minas de oro, haberlas haylas, pero como si no. La fiebre del oro nunca trajo nada bueno para ninguno de los far westes, y mejor dejar el mineral en la veta. Que sea el agua del río la que lo vaya raspando, pepita a pepita, para que las puedan pescar luego en el campeonato del mundo de bateo de Navelgas. O sea, el oro pillarlo, pero no a lo bestia y animal, -animal humano, que es el más peligroso-, sino respetando esta combinación de reglas, de la naturaleza y deportivas. Que ese es el principal tesoro que aquí tenemos: lo natural. Y por eso tratamos de guardarlo como por su inmenso valor merece. Y dentro de todo esto, esa gente que busca oro en plan folixa, mojándose el culo con alegría, y sin ánimo de lucro. El verdadero tesoro no es sacar el oro de la tierra, sino dejar que la tierra siga teniendo oro. Para muchas generaciones futuras de buscadores y de guardianes del paraíso.

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