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Un paraíso en llamas

Los incendios, la puntilla para un mundo rural abandonado y dejado a su suerte por los políticos

Hemos heredado uno de los rincones mas frondosos y hermosos de la tierra. Desde las cavernas hasta nuestros días ,la especie humana ha gozado de la caza y la pesca en esta maravillosa naturaleza, acompañándola como alimento de las raíces y frutos espontáneos que se les ofrecía al alcance de la mano. Realmente gozaban de la libertad y felicidad del paraíso (según los testimonios que nos han dejado, en las cavernas, a través de sus ídolos y pinturas) porque eran autosuficientes sin la necesidad de las redes sociales, ni siquiera de ingenios mecánicos, y convivían con las especies salvajes (algunas de ellas extinguidas), entre las que se encontraban las serpientes, con alguna que otra víbora por el medio que debió de ser la de la manzana?

Los asturianos siempre hemos estado orgullosos de nuestra tierra, lo que nos ha llevado, en ciertas ocasiones, a pecar, inocentemente, de "babayos", despreciando otros lugares. Quizás porque no nos habíamos dado cuenta de que al otro lado de la cordillera Cantábrica o del mar Cantábrico existían culturas que pronto, con la emigración o el "éxodo" producido por la expulsión de nuestro "paraíso", empezamos a descubrir, lo que nos permitió ser mas modestos y respetuosos... Hasta que llegaron las minas de carbón, convertidas en Hunosa, y el acero en Ensidesa; esa gran revolución industrial nos trajo desarrollo y bienestar, junto a un enfrentamiento con los campesinos, magistralmente reflejado por Palacio Valdés en su obra "La aldea perdida". El ruralismo asturiano de Ortega y Gasset, de repente, se convirtió en minero y metalúrgico, dependiente del estado, y así se logró una importante situación de privilegio, convirtiendo una región fundamentalmente agrícola y ganadera en industrial, asumiendo una gran inmigración de otras provincias. Pero todos los ciclos tienen principio y final, épocas de vacas gordas y de vacas flacas. Parece que ahora entramos en las vacas flacas, porque, unido al declive industrial, en nuestra tierra viene el abandono del mundo rural, que no es, ni más ni menos, que el abandono de nuestros recursos naturales, de nuestras tradiciones y de nuestra cultura.

Es un dolor contemplar cómo, día a día, lo que antes fueron caseríos que albergaron varias generaciones, con sus paneras y hórreos, símbolos de cosechas y chacinas, ahora se van abandonando, deterioradas, y se vienen abajo como castillos de naipes con cargas fiscales inasumibles, impuestas por aquellos que, en las elecciones, clamaban contra la Asturias vaciada (para fijar población rural). Pero pasó el santo y pasó la devoción, olvidándose de toda promesa y tratando de afianzarse en sus cómodos escaños, a pesar de que muchos de estos (vendecuentos) proceden de otros "escaños", los de la "tsariega", por supuesto mucho más dignos.

Hace poco me contaban cómo, desde los cómodos despachos, se sacan unas nuevas normas para medir el caudal de las aguas de las presas para los molinos, obras hidráulicas producidas por el ingenio de nuestros campesinos y que tanto aportaron a nuestro desarrollo, pero, en vez de protegerlas y animar a los propietarios para su conservación como atractivo cultural y turístico, les van a aplicar más burocracia y más impuestos, porque ya se empiezan a poner impuestos sobre la propia miseria, con el fin de fijar población en el mundo rural, para recuperar la Asturias vaciada. Y, por si esto fuera poco, le damos fuego al monte, para proteger la naturaleza. Te multan si coges en las montañas del Occidente las pequeñas flores de manzanilla, que siempre usaron las gentes del lugar como remedio digestivo; te multan si coges una rama de acebo o un poco de musgo para decorar la casa o para el belén, pero no dudamos en dejar que nuestra tierra esté siendo pasto de las llamas, que arrasan con todo aquello que oficialmente se dice proteger.

Las montañas del Occidente se sienten cansadas por los muchos siglos que llevan encima. Al igual que los surcos que la edad deja en la piel con el paso del tiempo, también así se puede leer la historia de estas montañas en los pliegues que quedan al aire libre cuando se abre un camino. Posiblemente debido al paso del tiempo y a la carencia de bosques, muchas de estas montañas han ido perdiendo su capa vegetal, dejando al descubierto sus descarnados pedreros, que se agravan con los incendios.

Qué dolor te produce el contemplar las colmenas quemadas en los cortines, en donde el fuego acaba con más enjambres que la avispa asiática, terminando con una riqueza que la naturaleza te ha brindado, donde las abejas son la esencia de una ciencia exacta...Y la flora, en el Occidente, principalmente la flor de brezo, son la esencia del color y del sabor...y sus cepas, la mas delicada madera para pipas y otros objetos, pero ahora todo es ceniza...y detrás míseros intereses.

Nuestros montes podían estar limpios, con lo cual se dificultaría el fuego. Antes se limpiaban para mullir las cuadras, ahora se podían limpiar como biomasa para pellets y briquetas para calefacciones; sería una forma de ayudar a conservar aquello que hemos heredado, no es tan lúcido como los eventos sobre el cambio climático, pero es mucho mas real y está a nuestro alcance.

Nuestro "paraíso natural" está en llamas por todos los costados. Antes, con menos medios, lo evitábamos? ¿por qué no ahora?

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