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De madreñas y epidemias en el pueblo

Recuerdos de una época en la que capeábamos los abundantes problemas sanitarios

Mi llegada a este mundo sucedió en un pequeño pueblo del occidente asturiano. Casas bajas, de piedra y barro; otras encaladas, cubiertas de pizarra gris sobre la cual, en los días de orbayu, cuando se hacía un claro entre las nubes, el azul del cielo se reflejaba sobre las losas

Vivíamos el final de la Segunda Guerra Mundial, recién terminada la Guerra Civil, disponíamos de cartillas de racionamiento y salvoconductos; el estraperlo y el contrabando eran habituales –cuestión de supervivencia–, al igual que abundaban las continuas epidemias: el tifus, la escarlatina, la varicela, la viruela, la polio, el sarampión, la tuberculosis, la rabia, la tos ferina y otras muchas. Las condiciones higiénicas eran mínimas, pero creo que la mayoría estábamos inmunizados, de lo contrario no estaríamos aquí. Si lo estamos es gracias a esa marca de la vacuna de la viruela que llevo en el brazo.

Los animales, sobre todo cerdos y gallinas, morían con frecuencia, las gallinas de “peste aviar” y los cerdos del “mal rojo”. Aún recuerdo cuando, al salir de la escuela, se comentaba entre los niños un rumor: “los cerdos y las gallinas de Casa la Viuda, que habían muerto de peste y los enterraron, por la noche, los gitanos fueron a desenterrarlos, los cocieron y se los comieron... y no pasó nada, seguro que tenían anticuerpos suficientes”. Aquí podemos aplicar el viejo refrán de “más cornadas da el hambre”.

No recuerdo haber oído hablar de la “nueva ley de educación”. En las escuelas teníamos “el rayas”, para iniciarse en la lectura, y luego unas enciclopedias de distintos grados, que podían ser de Dalmau Carles o Álvarez. Cualquiera de ellas era un compendio de amplia cultura general, con cuyos conocimientos la gente iniciaba sus negocios o emigraba a América y más tarde a Europa, logrando, frecuentemente, grandes fortunas a base de trabajo, con lo que ayudaron al desarrollo de su familia y de su lugar.

Todos deseábamos tener fiebre para quedarnos en la cama, los amigos venían a verte y te traían cuentos o novelas del coyote, a muchos ya les faltaban hojas porque pasaban por mil manos... y no todas cuidadosas. Recuerdo un tebeo en especial (eran tebeos, no cómics) de Flash Gordon, era apaisado, de tamaño doble y color sepia. Estoy seguro que, por las páginas que le faltaban, sobrevivió a todas las epidemias del pueblo.

No teníamos hospitales, pero si un médico con rayos X. Recuerdo unas cajas largas con unas inyecciones en cápsulas de cristal tintado y una pequeña sierra, luego una jeringuilla que se hervía, con la aguja aparte, dentro de un recipiente alargado de acero, en donde se guardaba tras ponerse la inyección. El resto del tratamiento era cama, fervidillos de miel con leche, supositorios, tintura de yodo, cataplasmas de mostaza, aceite de hígado de bacalao o de ricino... y poco más. Luego llegó la penicilina y todo empezó a cambiar.

El área vital cubría muy pocos kilómetros (no existía el espacio Schengen), los que podíamos alcanzar andando o a caballo. Para viajar un poco más lejos, como podría ser el ir a Oviedo, el transporte era el coche de línea o el “correo”, algún camión que transportaba madera y un par de vehículos viejos, muchos de ellos con “gasógeno”.

Entre los diversos municipios existían los “ fielatos” –aduanas territoriales, más o menos como ahora con el “control perimetral”–. Lo que no teníamos eran mascarillas, quizás porque en las aldeas el aire era más puro y tampoco existía “contaminación política”, posiblemente porque, terminada la guerra, las gentes estaban hartas de odios y peleas vecinales o familiares, se unían en el trabajo para vencer la fatiga del hambre. Las ropas estaban desgastadas, rotas o con remiendo, no por moda sino por necesidad. El calzado era, comúnmente, la madreña, dentro de la cual usábamos el escarpín, la alpargata o ya, como lujo, la zapatilla de fieltro.

La madreña era un calzado “terapéutico”. Te aislaba de las humedades y las dejabas en la antojana de la casa, con lo cual evitabas introducir cualquier virus cogido en el suelo. Quizás sea este el motivo por el cual el alcalde de Burón, en la montaña de León, sacó un bando recomendando el uso de las madreñas contra el coronavirus... una medida preventiva, en espera de la vacuna.

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