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José de Arango

Las linternas deslumbran al lobo

Los ganaderos, víctimas de otra normativa que protege aún más a los cánidos

Pues resulta que allá por las majadas de los Picos de Europa se les prohíbe a los ganaderos, según una nueva normativa, utilizar linternas u otros sistemas de iluminación que puedan causar deslumbramientos y molestias a la fauna salvaje. Quienes tienen por aquellas latitudes vacas, ovejas y cabras llevan años clamando en el desierto de la burocracia y de la política que se haga algo para que los rebaños no sean diezmados por el lobo. Y como el cánido está protegido contra el perdigón, una forma de mantenerlo a raya es el de enfocarlo con una buena linterna para que cambie de rumbo.

Si estas ideas contra el uso de linternas cuajan, hasta es posible se hagan extensivas a otras comarcas ganaderas del centro y el occidente asturiano, donde el lobo hace también de las suyas sin que, debido a la protección oficial que tiene, se puedan adoptar otras medidas. Todo es posible si a la lumbrera de turno se le ocurre una mañana cuando llegue al despacho donde le dieron un puestín con licencia de inventor de normativas ajenas al sentido común.

Y, si así fuese, pues aquí en Salas ya tendrían que dejar de usar sus linternas ganaderos tales como Manolo Alba allá por Gallinero, Miguel Cano de Lendepeña, Evaristo de Culebreo, Armando de Brañaseca, Alfredo de Faedo y tantos otros que nunca pueden dormir tranquilos porque el lobo puede llegar incluso a la luz del día y hasta a los aledaños de las caserías.

Un día sí y otro también podemos leer en este periódico declaraciones de ganaderos de toda la Asturias de montaña que cansados de perder ganado devorado por los lobos dejan el oficio definitivamente, con lo que aumentará considerablemente la superficie rural convertida en un matorral que a lo peor llegado el verano termina siendo pasto del fuego, provocado o fortuito.

Pero puede ocurrir, por aquello de quien hizo la ley fue también el inventor de la trampa, que esa nueva normativa, que hará muy felices a los ecologistas de salón, no mencione para nada el candil de carburo. Y todos estos buenos amigos ganaderos de mi tierra de Salas pueden pedir a Claudio de La Barraca que vuelva a traer a su comercio de todo un poco, aquellos bidones con pedruscos de carburo tan vitales antaño cuando La Belmontina nos tenía sin luz semanas enteras del siglo pasado. Se deja la linterna en casa y se va al monte con el inofensivo candil. Lo vital es no deslumbrar al lobo. ¡Prubín!

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