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Isaac Peral, Cudillero y Villayón

Anécdota en el recibimiento del popular inventor del submarino torpedero en Madrid hace 131 años

No vamos a descubrir nada nuevo si al referirnos a Isaac Peral, científico, marino y militar español, decimos que fue allá por 1884 el inventor del submarino torpedero. Se trataba de “un arma invencible en aquella época, capaz de disparar torpedos sin tener que subir a la superficie, pero que, en un principio, ni la Armada ni el Gobierno de España quisieron”. Cuatro años después, tras haber realizado las correspondientes pruebas, se produjo su botadura ante una gran expectación. La fama de Peral comenzó a crecer y, el 15 de julio de 1890, Madrid lo recibió con todos los honores y de forma multitudinaria. “La Ilustración Española y Americana” se hace eco de la noticia en los siguientes términos: “No recordamos ovación ninguna tan extraordinaria, desinteresada y patriótica. Para recordar otra semejante habría que buscar la de los héroes revolucionarios en momentos de triunfo y delirio. En estos, había vencidos que cerraban sus balcones y temblaban en el fondo de las casas, mientras el pueblo vitoreaba en las calles; en la de Isaac Peral no había sino vencedores”. Y continúa más adelante: “Isaac Peral, de pie, descubierto, nervioso, dominado el ánimo por la más intensa de las emociones, recibía las entusiastas y cariñosas felicitaciones de sus amigos, cuyas manos estrechaba. Fuera, en la calle, la inmensa muchedumbre reclamaba la presencia en el balcón del ilustre inventor, todos gritaban pidiendo a Peral que dirigiera su palabra a la multitud”. Hizo este acto de presencia, saludando a la multitud, pero dada su emoción, habló en su nombre el diputado a Cortes por Madrid, Felipe Ducazcal.

“Bueno, muy bien –dirá el lector–, ¿pero qué tiene que ver esto con Cudillero y con Villayón...?”. Pues vamos a despejar la anecdótica incógnita.

Resulta que el edificio en el que, desde uno de sus balcones, Isaac Peral saludó a los madrileños era el hotel de Embajadores, en la céntrica calle de la Carrera de San Jerónimo, donde él se hospedaba; y sus propietarios, Manuel Bravo Fernández, vaqueiro no de alzada, natural del pueblín de Orderias, en la cudillerense parroquia de Faedo, y su esposa María Fernández de la Muria y Valledor, nacida en Parlero (Villayón). Se da la circunstancia de que eran los padres de mi bisabuelo Agustín Bravo (Roque), farmacéutico de la “Villa del Saín”, teósofo y escritor polifacético. Allí conoció Roque a muchos asturianos y a distintas personalidades, entre ellas a Núñez de Arce –que sería padrino de boda de una de sus hijas– y a José Zorrilla, con quien también entabló gran amistad. Se hospedaba en el hotel “gratis total” porque, me contaba mi abuela Elvira Bravo, “andaba económicamente mal”. Cuando Agustín Bravo contrajo matrimonio en Cudillero con Otilia Fernández-Ahúja, el insigne poeta le regaló un bastón con una artística empuñadura de plata y una poesía. Pero esa es otra historia.

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