Mediaba el siglo XX y nació en Navia una niña que estaba llamada a ser la encarnación viva de la villa. Se crio en nuestro pueblo de la mano de su tía Mari, estudió las primeras letras y, en el parque de Campoamor, en la dársena, en la plaza (hoy de la Constitución) hizo sus primeros juegos. Bajaba de cuatro en cuatro las escaleras de la casa paterna, antes de los abuelos…Por las fotografías se adivina que debió ser una niña seria, marcada por la educación piadosa de su tía, a quien siempre tuvo veneración y agradecimiento.

Navia en el alma

Cuando cumplió diez años sus padres se la llevaron a Galicia (Pontevedra) para que estudiase el Bachillerato, y así prosperó hasta que viajó a Madrid para seguir otros estudios que la capacitasen en una rama de la Administración Pública (el Instituto Nacional de Estadística). Su padre y un primo de éste también fueron, respectivamente, funcionarios de dicho Instituto.

Y de vuelta en Pontevedra la conocí yo: delgadísima, alegre, ilusionante, pero de comportamiento recto y decidido. Me cambió la vida, me dio ejemplo, me ayudó, se entregó a mí, nunca me defraudó y no pocas veces me reprendió de manera salutífera.

Tenía defectos como otros seres humanos, y algunos de ellos consecuencia de que no era una mujer simple; cultivó los ideales propios de la juventud y luego los de la madurez. Trabajó incansablemente hasta serle reconocida su labor por los compañeros, que al tiempo la tenían por rigurosa en sus obligaciones.

Allá por los años setenta me trajo a Navia y me hospedó en un pequeño hotelito de unos parientes suyos (La Isla), me enseñó el “cabanón”, los miradores sobre la playa, el mar de Navia, el Puerto de Vega, el cabo de San Agustín y Ortiguera, el pueblecito colgado del acantilado. Me adentró en la tierra con su valles hasta Anleo y el “palacio” de Lienes, paseamos por la rasa asturiana hasta el cabo Blanco; subimos a Andés y a Téfiraros, bajamos a las playas de Frejulfe y de Barayo…

Ella, la naviega de pura cepa, la que llevaba a su pueblo en la sangre, la que se emocionaba con los grupos de gaitas, con el descenso, la que quiso visitar su villa en cualquier ocasión del año (recuerdo haber estado juntos en enero y en otoño)… y en agosto la acompañaba al descenso, a la fiesta de la sidra, a los saraos y otras atracciones del verano.

Mari, mi mujer, entraña el espíritu de Navia como lo hacían los de antaño, como si nunca hubiese dejado de vivir aquí, como si en cada momento de su existencia tuviese presente a sus gentes, a sus familiares, a la botica de su bisabuelo, a la consulta de su bisabuelo dentista y a la escuela de su abuelo maestro. Me enseñó las publicaciones que conserva su familia sobre los vaqueiros de alzada, sobre el “camín” hacia las montañas cantábricas, sobre la fala o bable -asturiano, según otros- para tan buenas lecturas que he disfrutado.

De mayores seguimos viniendo a Navia con cualquier pretexto: ¿Cómo no hacerlo? Hemos saboreado los percebes y los bígaros, las veneras y los “valerianos”, hemos paseado por ese bosquecillo primoroso que precede a la playa y nos hemos dejado bambolear por las olas: ¡Cuidado, esto no es la ría!, eran sus palabras, mientras se estiraba como si quisiese darme alcance…

Una ola traicionera, no de las que nos mecen en el mar, sino de las que rompen la vida, se la ha llevado sin que lo esperásemos. Ella, que amó a su pueblo, que lo sintió en todo momento en simbiosis perfecta, ya solo está en el horizonte marino del Cantábrico, en los celajes del cielo naviego, en las alturas del Panondres como un ourea de las montañas.