Suscríbete

La Nueva España

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Félix Martín

Cuando la música tintineaba en el yunque

De las fraguas tapiegas y la vida agroganadera del municipio

La vida agroganadera en Tapia de Casariego, desde al menos finales del siglo XIX, dependía también de la buena preparación de los animales y de las fraguas que los proveían de buenas herraduras e instrumentos para el trabajo. Hacia 1928, aproximadamente, la familia formada por José María García Carrelo y Luzdivina Noceda Lombardero (ambos procedentes de Los Oscos, descendientes de herreros que habían aprendido el oficio de profesionales vascos afincados en la zona) se trasladó a vivir a la última casa del “Camín del Cuitelo”, donde se cree que nació el Marqués de Casariego. Al pie de su patio, “El Mochicas” (chispas), como fue conocido el propio José María, construyó una fragua a la que se accedía desde la propia casa, y que habría de ser el sustento de su numerosa familia.

El herrado de bueyes para arar y, sobremanera, de caballos, mucho más bravos, precisaba de la ayuda de otra persona, a veces de su propia esposa, o de sus hijos Victorino, Pepe, Antonio, y, sobre todo, del único tapiego de los hermanos, Luis “El Ferreiro”, imprescindibles para sujetar a los animales cuando se trataba de curarles infecciones, aplicarles yodo en las patas, sanearles el casco o herrarlos. Todo ello se convertía en una especie de espectáculo público al que acudían todos los días grupos de tapiegos, con la seguridad de no aburrirse, y que, dada la fama de esta fragua, reclamaba a veces la presencia de hasta una decena de caballos esperando turno para el herrado.

La construcción y reparación de aperos para trabajar el campo (en menor medida utensilios para el mar) era otra de las tareas de ”A Fragua del Cuitelo”. Allí se arreglaban sobre todo arados y vasadoiros (arados con ruedas), en los que José María era un maestro a la hora de recuperar su desgaste, soldándoles una nueva pieza a modo de punta de lanza que los dejaba nuevos. Todo ello con un fuego alimentado de carbón, una materia prima comprada en Vegadeo, y una música de tintineo sobre yunque que se escuchaba hasta en el Muelle. En 1964 esta fragua se trasladó al taller conocido como “Os Ferreiros”, donde funcionó hasta 2016.

También desde principio del siglo XX sabemos que entrando por el Oeste de la Carretera General de Tapia, José Antonio Núñez comenzó su profesión de herrero, que había aprendido en el Ejército. “A Fragua de Armando”, como fue conocida tras estar regentada por su hijo del mismo nombre, y tras el fallecimiento de aquél, mantuvo su actividad hasta mediados de la década de 1960.

Compartir el artículo

stats