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Cangas del Narcea

La menopausia y yo: historia de un plot twist que no pedí (ni pienso agradecer)

No sé en qué momento exacto dejé de reconocerme. No fue un día concreto ni un síntoma aislado. Fue más bien una acumulación silenciosa de pequeñas grietas: el cansancio que no se iba, la piel que ya no respondía igual, la memoria que se volvía caprichosa, el humor que subía y bajaba como si tuviera vida propia.

La menopausia llegó a mi vida como llegan las mejores sorpresas: sin avisar, sin manual y con la sutileza de un martillo neumático. Un día me desperté con tres novedades: había engordado sin comerme el mundo, tenía un pelo en la barbilla que parecía un cameo sorpresa y mi irritabilidad estaba tan fina que podía cortar acero. Un plot twist digno de serie, pero sin presupuesto para efectos especiales.

Y mientras yo intentaba entender qué demonios estaba pasando, las redes sociales decidieron que era el mejor momento para hurgar en mis miserias, sabían más de mis hormonas que yo, necesitaba suplementos. Suplementos para dormir, para no dormir, para el ánimo, para la piel, para el pelo, para la libido, para la memoria, para la memoria de la memoria. Si me descuido, me recomiendan uno para “gestionar la frustración de tener que tomar tantos suplementos”. El algoritmo huele mis hormonas desde lejos y dice: “A por ella, que está blandita”.

Y, por si fuera poco, siempre hay quien inicia una conversación contigo con comentarios tipo: “Vaya, engordaste…” Mira, cariño: me veo en el espejo, gracias. No necesito un comité de observación corporal. Bastante tengo con negociar cada mañana con mis vaqueros, que últimamente parecen tener vida propia y una opinión muy clara sobre mi cintura.

 Pero lo más irritante —y créeme, la competencia es feroz— es que nadie te prepara para este momento. Para menstruar, sí: charlas, libros, anuncios imposibles con chicas haciendo yoga en pantalón blanco. Para la maternidad, también: cursos, talleres, influencers embarazadas con luz celestial. Pero para el climaterio… silencio. Un silencio tan grande que parece un spoiler que nadie quiere soltar.

Y aquí viene la parte que más me enciende (y no hablo de los sofocos): me parece maravilloso que la etapa reproductiva tenga tanta atención... Todo eso está genial.

Pero en cuanto dejas de menstruar… zas. Desapareces. Es como si el sistema dijera: “Bueno, ya no produces bebés, así que… siguiente”. Una especie de obsolescencia programada biológica y social. Como si al dejar de sangrar dejaras también de servir. Como si tu valor estuviera en tu útero y no en tu existencia.

La etapa reproductiva es la niña mimada del sistema: foco, recursos, campañas, titulares. El climaterio, en cambio, es el personaje secundario que desaparece sin explicación y nadie pregunta por él. Y en los medios, ni rastro. La invisibilidad es tan insultante que una empieza a sospechar que, al cumplir cierta edad, nos volvemos transparentes. O peor: irrelevantes.

Mientras tanto, yo voy por la vida intentando reconocerme. Hay días de niebla mental en los que me gustaría desaparecer un rato, como si pudiera ponerme en “modo avión emocional”. Días en los que el mundo entero parece estar en mi contra: el pelo no quiere quedarse en su sitio, el coche que llevo delante que me apetece reventar, la gente que respira demasiado fuerte. Y yo ahí, intentando no morder a nadie, recordándome que técnicamente sigo siendo una persona civilizada.

La irritabilidad es real. Los sofocos, también. Y mi cerebro… bueno, mi cerebro está haciendo lo que puede, el pobre. Pero que nadie se equivoque: no necesito condescendencia. No necesito que me digan “tranquila, ya pasará”. No necesito que me expliquen mi propio cuerpo como si fuera una invitada en él.

En esos días, aviso: soy peligrosa. No te acerques. No porque vaya a hacerte daño, sino porque estoy demasiado ocupada intentando no evaporarme entre un sofoco y un ataque de sinceridad brutal del que puedes ser el objetivo.

Pero entre tanto caos hormonal, también hay humor, puede que tengas suerte y me pilles en los días de risa. Porque si no me río, ardo. Literalmente. También hay rabia, claro. Porque no puede ser que una etapa vital que atraviesa a la mitad de la población esté relegada a susurros, chistes malos y consejos de pasillo. El climaterio merece conversación pública, investigación, recursos, representación. Merece que dejemos de tratarlo como un fallo del sistema y no como lo que es: una parte natural de la vida que atraviesa- o atravesará- la mitad de la población.

Yo, por mi parte, sigo en este proceso extraño de dejar de reconocerme… para volver a conocerme. Una mudanza interna donde nada está en su sitio, pero donde también aparecen habitaciones nuevas que aún no sé cómo decorar y hacer funcional. Quizá no soy la misma, pero tampoco quiero serlo. Estoy aprendiendo a quererme de nuevo, estoy de mudanza interna y tengo todo desordenado. Tengo que encontrar otra forma de habitarme, sin perderme.

La menopausia no es el final de nada; lo sé, pero no sé muy bien si es otro comienzo o un escape room: estás atrapada, sudando, sin pistas, sin premio final… y encima sospechas que el diseñador del juego te odia personalmente”.

Y si el sistema no nos da visibilidad, ya la estamos tomando nosotras. Con humor, con rabia, con palabras. Con calor, también, pero eso ya viene de serie.

Así que hablemos de la menopausia sin vergüenza, sin susurros y sin pedir permiso: porque si yo puedo sobrevivir a este escape room hormonal sin prender fuego a nadie, el mundo puede soportar una conversación honesta.

Y si nos vemos por la calle, respira: hoy controlo… mañana ya veremos.

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