Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

Tineo

Obona, el silencio acompañado

El monasterio benedictino representa la mayor asignatura pendiente de recuperación del patrimonio arquitectónico asturiano

Hay silencio en Obona. El valle donde se asienta el monasterio milenario escucha tan solo los sonidos de la naturaleza y, de vez en cuando, el runrún de algún tractor cercano y las palabras contenidas, como susurros de iglesia, de quienes se acercan al lugar. Un silencio acompañado.

Obona está en las guías, sobre todo en las que marcan el paso del Camino Primitivo hacia Santiago de Compostela. No en primera línea, pero sí accesible. Sus piedras están ahí, enraizadas en esas vegas fértiles, desde el siglo VIII, convertido así en una de las primeras fundaciones monásticas del Reino de Asturias.

Pero al contrario que los monasterios de Cornellana (del que en 2024 se conmemoró sus primeros mil años de historia) y de Corias, esa "multinacional" de oración, trabajo e influencia en el suroeste astur, la historia de Obona se basa en muy poco documento y en mucha imaginación. Todo es nebulosa en este valle de Oubona (agua buena), hasta la leyenda de una fundación con personaje real fantástico. Adelgaster fue un supuesto hijo del rey Silo, pero ni las crónicas certifican su existencia ni la arqueología ha proporcionado pistas para defender el argumento. ¿Existió Adelgaster? Pongamos que sí.

El silencio del que antes hablábamos forma parte de la esencia monástica, sobre todo a partir del siglo XII cuando Santa María la Real de Obona -hay que suponerlo en sus inicios un cenobio familiar- pasó a ser regido por la regla benedictina, observancia rígida de horarios y costumbres. Y silencios.

Es el silencio del pequeño cementerio en el que nunca faltan flores; el silencio del impresionante Cristo románico que parece elevarse sobre el altar de la iglesia. Es todo tan sencillo que se vuelve sublime. El Cristo que duerme, ojos cerrados, alejada ya la tristeza y el dolor. "Un Cristo grandioso -escribe el periodista Marcos Palicio en su libro Santuarios y empresas. De Corias a Obona y Bárcena, editado por La Nueva España-. Crucificado de tamaño natural datado posiblemente en la segunda mitad del siglo XII "que flota sobre la feligresía, colgado como está del arco de triunfo, representando la muerte pero con expresión de dulzura". Un Cristo salpicado de sangre que parece no echar la culpa a nadie de su castigo.

Obona nació y creció, pero en la lotería del mapa jerárquico monacal asturiano la suerte le fue esquiva. La plena Edad Media fue, en su caso, menguante, hasta que en el siglo XVI, ya con la Modernidad llamando a la puerta de Asturias, el monasterio fue adscrito como priorato dependiente del monasterio de Cornellana. Debió de gustar poco a monjes y vecinos, pero ese carácter subsidiario acabó convertido en endémico a la sombra, esta vez, de Corias. Así que las posesiones de Obona, en Navia, Valdés, Cudillero, Allande o Tineo también fueron de alguna forma jurisdicciones compartidas, como el silencio.

Atrás habían quedado los tiempos de los monasterios dúplices, en los que convivían bajo el mismo techo monjes y monjas, con abad y abadesa que, es de suponer, consensuaban el mando. Era una convivencia relativa que se reducía según las normas a participar en común en celebraciones religiosas. Los monasterios dúplices declinaron a partir del siglo XII, entendidos por la jerarquía como una tentación al pecado.

Un Cristo y un futuro en el aire. Se podría jugar con la lírica si no fuera porque las piedras tienden a caerse. La fuerza de la gravedad que tiene pinta de ser más poderosa que la fuerza divina. ¿Qué hacer con Obona, el monasterio perdido? La iglesia se mantiene, edificio de muros recios y luces difusas, que de vez en cuando revive con músicas nupciales. Pero la trastienda monacal se resiente de tanto abandono, producto de la indefinición.

Es ese estar en tierra de nadie lo que contribuye a hacer más atractivo el monasterio, que un día fue ejemplo de vida y actividad. Quizá sublimamos tanta quietud; quizá el Cristo crucificado no tiene rostro de dulzura sino de hastío, O de aburrimiento.

Algo habría que hacer para evitárselo, que bastante hizo por nosotros el buen hombre.

Tracking Pixel Contents