Opinión
Estrellas del piano en el firmamento naviego
Excelente recital de los pianistas Alessio Bax y Lucille Chung en la clausura del XXIV Festival Horacio Icasto, con homenaje a Achúcarro
XXIV Festival Horacio Icasto
Intérpretes: Lucille Chung y Alessio Bax (piano) Programa: Obras de J. S. Bach, F. Mendelssohn, F. Schubert, C. Debussy, F. Poulenc y A. Piazzolla.
Cine Fantasio de Navia, miércoles, 17:30 horas
El Fantasio de Navia acogió el miércoles la clausura de la XXIV edición del Festival Horacio Icasto con un recital de Alessio Bax y Lucille Chung, una pareja artística y vital que hizo del piano a cuatro manos el vehículo para recorrer un repertorio tan variado como exigente. El concierto, patrocinado por Reny Picot y promovido especialmente por Juan Rodríguez Coloma (hijo del fundador de la empresa), tuvo además un marcado carácter de homenaje al maestro Joaquín Achúcarro, cuya ausencia física no impidió que su presencia planeara sobre una velada concebida como reconocimiento a una de las grandes figuras del pianismo español.
Resulta difícil sintetizar la trayectoria de un artista que ha actuado junto a más de 300 orquestas, bajo la batuta de unos 400 directores, que mantiene una labor pedagógica fundamental para el devenir del piano e incluso ha sido merecedor de dar nombre al asteroide 22191. Por todo ello, Ana Isabel Fernández, alcaldesa de Navia, quiso subrayar el vínculo del maestro con el festival de la ciudad descubriendo una pequeña placa conmemorativa en una de las butacas del Fantasio. Además, el acto permitió anunciar la II edición del Festival Joaquín Achúcarro de Oviedo, que se celebrará entre el 1 y el 3 de diciembre para prolongar precisamente el legado del pianista bilbaíno.
El programa se abrió con dos páginas de Bach en arreglos de György Kurtág: el primer movimiento de la "Sonata nº 1 en mi bemol mayor" y la sonatina de la cantata "Gottes Zeit ist die allerbeste Zeit". La interpretación destacó por su elegancia y sutileza, con un delicado ajuste de las voces y una sonoridad aterciopelada, a las que se sumó el hábil cruce de manos en la segunda pieza, añadiendo un componente visual a una lectura madura y pertinente.
La primera parte prosiguió con una selección de las "Canciones sin palabras" de Mendelssohn, en las transcripciones para cuatro manos de Carl Czerny. Bax y Chung evidenciaron una sincronía extraordinaria, especialmente perceptible en la precisión de los ataques y los estacatos. La expresividad de ambos trascendió la mera exactitud conjunta: la compenetración propia de una pareja que comparte vida y escenario se convirtió en un elemento determinante de la interpretación, plegándose a pasajes luminosos o a otros compases de mayor intimidad merced a un cuidado fraseo, unas dinámicas perfectamente equilibradas y una atención constante a la musicalidad y el lirismo de la partitura.
La "Fantasía en Fa menor" de Schubert, compuesta durante el último año de vida del compositor, incrementó las posibilidades expresivas del dúo ante una partitura de mayor calado estructural y emocional. Los diferentes planos fueron articulados con sobriedad, resultando igualmente oportunos el empleo del pedal y la gestión de los cambios de intensidad y los tempi, con ligeros rubati que aportaron un relieve ciertamente delicioso y confirmaron la maestría técnica del tándem pianístico.
Con el "Prélude à l’après-midi d’un faune" de Debussy, en la transcripción de Ravel, el recital adquirió una dimensión especialmente refinada. La pulsación limpia y transparente de Bax y Chung permitió apreciar la riqueza tímbrica del original y las atmósferas desdibujadas características de la escritura debussiana, edificando una lectura pródiga en detalles, donde los planos sonoros emergían y desaparecerían con la debida naturalidad. La "Sonata para piano a cuatro manos" de Francis Poulenc mostró una nueva faceta del dúo. El primer movimiento destacó por el extraordinario control de la sonoridad; el segundo, más envolvente, combinó la nitidez del registro agudo con unos graves sólidos, mientras que el tercero desplegó toda su energía y suntuosidad, poniendo de manifiesto la capacidad de ambos pianistas para alternar refinamiento y contundencia sin perder nunca la precisión y la unidad de discurso.
El tramo final estuvo dedicado a Astor Piazzolla, con tres tangos -"Lo que vendrá", "Milonga del Ángel" y "Libertango"-, arreglados por los propios intérpretes. El resultado confirmó la versatilidad de los músicos para abordar un lenguaje alejado del repertorio clásico y trasladar al abarrotado auditorio toda la fuerza rítmica y expresiva del tango. La electrizante nostalgia de la "Milonga del Ángel" dejaría paso al "Libertango", una pieza de energía desbordante y extraordinaria riqueza tímbrica que incorporó incluso sutiles giros de resonancias jazzísticas.
El público reclamó una propina, que llegó con "Le plus que lente" de Claude Debussy, obra de estimulantes armonías e inmejorable final para una velada que, más allá de la brillantez pianística, quiso celebrar la música, la amistad y el magisterio de Joaquín Achúcarro.
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