Opinión
No me da la vida para tanta contraseña
La mañana empieza con buenas intenciones. Enciendo el ordenador y lo primero que hago es revisar el correo. Hasta aquí todo va bien. Creo que controlo la dinámica. Abro mensajes, respondo algunos, otros los archivo en carpetas, que no te creas, me costó aprenderlo. Elimino publicidad. Soy yo quien maneja la herramienta. Muy orgullosa me digo: "Soy toda una mujer del siglo XXI".
Durante unos minutos me siento competente. Moderna. Digitalizada. Casi me atrevería a decir que la tecnología y yo hemos llegado a una especie de acuerdo de convivencia pacífica. Pero la ilusión dura poco. Tengo que comprobar una gestión en una plataforma que, según la publicidad institucional y tecnológica, apenas me llevará un par de minutos. Y ahí es donde la tecnología me pone en mi sitio.
En la cadena alimentaria tecnológica está claro que yo no ocupo el puesto de depredador. Como mucho, soy una especie protegida. Introduzco mi contraseña. Error. La vuelvo a escribir, esta vez más despacio. Tampoco. Quizá me he confundido con la del correo electrónico. O con la del banco. O con la del supermercado, que se yo. Porque ya no existe "la contraseña". Existen decenas de ellas, cada una con sus normas, sus exigencias y sus caprichos. Error. La escribo una tercera vez con la concentración de quien intenta desactivar una bomba en una película americana y tiene que decidir si corta el cable rojo o el azul. Error. Y en menos de treinta segundos paso de sentirme una ciudadana digital ejemplar a convertirme en una presunta impostora.
El trámite pasa a un segundo plano. Ahora ya no se trata de hacer una gestión. Ahora se trata de acreditar mi identidad. Pulso resignado el enlace de "¿Ha olvidado su contraseña?". A los pocos segundos recibo un mensaje con un código de verificación. El teléfono móvil en el bolso, voy a buscarlo. Cuando regreso al ordenador, el código ha caducado. Y yo pienso, ¿en serio? No creo que todo el mundo sea así de rápido. Solicito uno nuevo. Esta vez llego a tiempo. Introduzco los números correctamente. El sistema me felicita por haber demostrado que soy yo. Lo agradezco. Siempre es agradable que una máquina te reconozca cuando a veces no te sientes tú misma. Pero aún no he terminado.
La máquina me mira con esa frialdad burocrática que solo tienen las máquinas y algunos funcionarios especialmente inspirados, de esos que parecen tener un máster en "Puedo ser incluso más desagradable". "Demuestre que es usted." Y yo pienso: "Vamos a ver, llevo más de cincuenta años siendo yo pero ya estoy negociando conmigo mismo. "Vamos a ver, no puede ser tan difícil demostrarlo." Pues no. Ahora me pide confirmar un correo electrónico. Seleccionar todas las fotografías en las que aparece un semáforo, una bicicleta o una boca de incendios. Y os voy a decir una cosa: a veces sospecho que es una trampa. Porque todos sabemos dónde está un semáforo. Pero nadie sabe exactamente dónde termina una bicicleta y dónde empieza una sombra de bicicleta. Hay fotos que parecen diseñadas por un comité internacional de psicólogos empeñados en descubrir nuestros límites mentales. Y me imagino al grupo de trabajo diciendo: "Se están identificando demasiado rápido". Y desde entonces nos ponen tres píxeles borrosos y una rueda que podría pertenecer a una bicicleta, a una carretilla o a un proyecto artístico contemporáneo. Al final uno acaba ampliando la imagen, inclinando la cabeza y negociando consigo mismo: "Bueno... esto no es una bicicleta, pero tiene una rueda que podría haber conocido a una bicicleta".
Ahora debo crear una nueva contraseña. No puede coincidir con ninguna de las diez últimas utilizadas. Debe contener al menos una mayúscula, una minúscula, un número, un carácter especial y, probablemente, una ofrenda simbólica a los dioses de la informática. Tras varios intentos fallidos consigo elaborar una combinación digna de un criptógrafo de la Agencia Espacial. En cualquier momento espero que aparezca un druida informático exigiéndome interpretar el vuelo de unas gaviotas o preguntándome por el nombre de mi primera mascota. Como si todos lleváramos décadas preparándonos para una oposición sobre nuestra propia biografía. La apunto mentalmente con la firme convicción de recordarla para siempre pero sé, y tú también lo sabes, que en dos semanas volveré a olvidarla.
Lo más curioso es que esta escena ya no resulta excepcional. Forma parte de la rutina de millones de personas. Igual que hacemos la compra, acudimos a una cita médica o esperamos el autobús, dedicamos una parte creciente de nuestras jornadas a identificarnos ante máquinas que nos preguntan continuamente quiénes somos. A veces la situación adquiere tintes casi cómicos. Recordamos sin dificultad la dirección de la casa donde vivimos hace cuarenta años, el teléfono fijo de nuestros padres o algo que a mí siempre me ha parecido totalmente innecesario: la alineación de un equipo de fútbol en una final histórica. Sin embargo, somos incapaces de recordar si la contraseña del portal de la administración electrónica terminaba en un signo de admiración, un guion bajo o un número ocho.
Estoy segura que algunas relaciones sentimentales han sido menos complicadas que mis contraseñas. La tecnología prometía ahorrarnos tiempo. Y, en muchos aspectos, lo ha conseguido. Podemos realizar desde casa gestiones que antes exigían desplazamientos, colas y esperas. Pero entre usuarios, claves, verificaciones y códigos temporales, a veces da la impresión de que parte del tiempo ganado lo invertimos simplemente en demostrar que seguimos siendo nosotros mismos. Quizá por eso el cansancio que producen las contraseñas es tan universal.
No se trata solo de una cuestión de memoria. Es la sensación de que cada puerta digital requiere una llave distinta, y de que pasamos buena parte de nuestra vida buscando en qué bolsillo hemos guardado la correcta. Y así transcurre la escena más común de nuestra época: una persona frente a una pantalla, intentando recordar una combinación de letras, números y símbolos que creó para no olvidarla jamás. Porque en el siglo XXI, antes de realizar cualquier gestión, existe una pregunta previa que condiciona todas las demás: "¿Cuál era la contraseña?".
Más allá de su función práctica, las contraseñas se han convertido en uno de los símbolos más representativos de nuestra época. Si los historiadores del futuro quisieran resumir cómo vivíamos en las primeras décadas del siglo XXI, difícilmente podrían ignorar esa sucesión de claves, códigos y verificaciones que nos acompañan desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. La paradoja es que vivimos en una sociedad hiperconectada y, sin embargo, basada en la desconfianza. La inmensa mayoría de las personas que intentan acceder a sus cuentas son legítimas, pero los sistemas están diseñados pensando en la posibilidad constante del fraude, el robo o la suplantación. Así, la desconfianza preventiva se ha convertido en uno de los principios organizadores del mundo digital.
Desde una perspectiva antropológica, a mi me parece que las contraseñas funcionan casi como los rituales de paso de las sociedades tradicionales. Antes de cruzar una puerta, debemos cumplir una serie de requisitos: introducir una clave, recibir un código en el móvil, resolver una verificación o confirmar nuestra identidad mediante una huella dactilar. Son ceremonias cotidianas tan frecuentes que apenas reparamos en ellas, pero ocupan una parte creciente de nuestra vida.
Las contraseñas revelan además una curiosa contradicción de nuestro tiempo. Nunca habíamos almacenado tanta información sobre nosotros mismos en dispositivos y plataformas digitales, y nunca habíamos necesitado tantos mecanismos para demostrar que esa información nos pertenece realmente. Somos propietarios de una identidad digital que debemos reivindicar una y otra vez mediante combinaciones de caracteres que, paradójicamente, acabamos olvidando. Antes la identidad era reconocimiento. Alguien sabía quién eras porque te conocía. Ahora la identidad es verificación. Una contraseña, un código o una huella dactilar tienen más capacidad para acreditar quién eres que la memoria de toda una comunidad.
Tal vez dentro de unos años, cuando las claves hayan sido sustituidas por sistemas biométricos o por tecnologías que hoy apenas imaginamos, recordaremos esta época con una mezcla de sorpresa y humor. Nos parecerá increíble haber confiado nuestra identidad, nuestro dinero, nuestras comunicaciones y buena parte de nuestra vida a una colección de palabras, números y símbolos apuntados en agendas, libretas o papeles escondidos en un cajón. Quizá lo más llamativo sea que este esfuerzo se ha normalizado. Hemos aceptado como algo inevitable dedicar fragmentos de nuestra vida a demostrar una y otra vez quiénes somos. Introducimos claves, recibimos códigos, respondemos verificaciones y cambiamos contraseñas con la misma resignación con la que soportamos una cola o un atasco. Apenas protestamos porque entendemos que la seguridad es necesaria, pero eso no elimina el desgaste.
La gran pregunta es si estamos diseñando sistemas adaptados a las personas o personas obligadas a adaptarse a los sistemas. Porque toda medida de seguridad debería encontrar un equilibrio entre la protección y la usabilidad. Cuando la protección exige un esfuerzo excesivo, el ciudadano deja de sentirse protegido y comienza a sentirse sometido a una carrera interminable de verificaciones. Al final, el verdadero coste de las contraseñas no se mide en caracteres ni en algoritmos. Se mide en minutos perdidos, en gestiones frustradas, en llamadas de ayuda a hijos y nietos, en la ansiedad de quien teme quedarse fuera de la nueva sociedad digital. Se mide, en definitiva, en tiempo de vida.
Hay algo profundamente humillante en que una aplicación, un teléfono móvil y una página web mantengan más dudas sobre tu identidad que los personajes de Blade Runner sobre si alguien es humano o un replicante. Y si la memoria no me falla, aquella obsesión por la identidad y el reconocimiento no terminó precisamente bien. Yo llevo toda una vida siendo yo. Pero ahora me paso media mañana discutiendo con algoritmos y con inteligencias artificiales sobre la misma cuestión. Ser o no ser. Nunca pensé que Shakespeare acabaría teniendo algo que decir sobre las contraseñas. Y cada vez que me piden una nueva, no puedo evitar pensar lo mismo: No me da la vida para tantas contraseñas.
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