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El espíritu de convivencia de San Roque ("alejado de malos rollos") "cabe" en un prao de Tineo: "Esta fiesta es lo más grande del mundo con o sin lluvia"

Las peñas convierten durante todo un día el campo en una enorme mesa compartida, donde caben tortillas, chosco o sidra, pero también amigos que regresan de lejos y desconocidos a los que se recibe como si fueran de casa: "Aquí se olvida todo"

Miembros de la peña "Los Despeñaos", en el campo de San Roque.

Miembros de la peña "Los Despeñaos", en el campo de San Roque. / Noé Menéndez

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Ana M. Serrano

Ana M. Serrano

Tineo

"La gente está hasta arriba de problemas, pero aquí se olvida todo, estamos alejados de los malos rollos". La tinentese Teresa Rodríguez lo dice rodeada de comida, amigos, ruido y ese trasiego constante de personas que entran y salen de las peñas como si todas fueran una misma casa. Quizá no haya mejor manera de explicar la fiesta de las peñas de San Roque de Tineo que se celebra en el campo del mismo nombre. Durante unas horas, la vida parece reducirse a algo bastante sencillo. No es otra cosa que "sentarse juntos, comer, beber, bailar, reencontrarse y dejar fuera del prao todo lo demás".

Porque esta fiesta "es lo más grande del mundo con o sin lluvia". Y no por la música ni por las atracciones, sino por esa extraña capacidad que tiene San Roque para juntar a quienes se ven a diario con quienes llevan meses fuera. "Vienen amigos de toda la vida, gente que está viviendo en otras ciudades y que igual ves solo una vez al año", cuenta Teresa Rodríguez, quien vive esta cita desde niña.

En su peña son seis familias, pero calcula que por su mesa pueden pasar "más de 200 personas". "Y ninguna se marcha sin probar algo", cuenta. Precisamente muchas peñas acuden a este cita pensando en eso: no solo en quienes pertenecen a la peña, sino en todos los que aparecerán por el camino. Se come, se bebe, se baila y se aguanta pese a la lluvia que apareció a primera hora de la tarde, "hasta que el cuerpo ya no puede más". Porque, insisten los romeros, San Roque es, sobre todo, "convivencia". Una fiesta hecha "de padres y madres, de amigos, de todo el mundo". Una unión, al cabo.

Más gaita y tambor

Eso sí, San Roque ha cambiado mucho, claro. Lo sabe bien Severino Peláez, vecino del barrio de El Pico de la Villa y memoria viva de una celebración que, a sus 64 años, ha visto transformarse. Antes, recuerda, aquello era más reconociblemente asturiano: "gaita y tambor", gente reuniéndose alrededor de la música y grandes meriendas después de los actos.

Con los años fueron apareciendo las peñas, las orquestas, las atracciones y unas comidas que hoy alcanzan proporciones monumentales. "Evolucionó", resume con algo de nostalgia. La fiesta se celebra a apenas un kilómetro de la villa, en un prao rodeado de naturaleza al que termina bajando medio Tineo. En otros tiempos estuvo también ligada a una feria de ovejas. Ahora son las peñas las que dominan el paisaje.

Severino forma parte de una de esas peñas familiares en las que permanecen "los mayores", mientras los hijos ya han creado sus propios grupos. Son tres o cuatro familias, pero alrededor de sus mesas pueden acabar pasando "60 o 70 personas".

Severino Peláez y Teresa Rodríguez muestran una de las muchas empanadas que lelvan a la fiesta.

Severino Peláez y Teresa Rodríguez muestran una de las muchas empanadas que lelvan a la fiesta. / Noé Menéndez

Hay chosco, porque faltaría más, es un producto único de Tineo. Pero no solo. Rosquillas, bizcochos, galletas caseras, empanadas y tortillas.

Muchas tortillas. "Diez tortillas cada uno, de diez o doce huevos", explica mientras hace cuentas de una intendencia casi militar que ocupa coches enteros y varios días de trabajo.

Y todo eso está pensado para compartir. Porque cocinar aquí no significa preparar la comida para los tuyos, sino calcular también la ración del amigo del amigo, del vecino que aparece a media tarde y del desconocido que pasa por delante y acaba sentado a la mesa.

A sus 26 años, Christian González, de Tineo, pertenece ya a otra generación de peñistas, aunque habla de San Roque con la misma naturalidad con la que Severio recuerda las fiestas antiguas. "Llevo toda la vida en esto", dice.

Un grupo de romeros, todo de Estepona, en el campo de San Roque, disfrutando de la sidra y la fiesta.

Un grupo de romeros, todo de Estepona, en el campo de San Roque, disfrutando de la sidra y la fiesta. / Noé Menéndez

Y es así. "Lleva" más de doce años participando con su peña y este año volvió a invitar a compañeros del trabajo, algunos llegados desde Barcelona. Para él no hay demasiados secretos: "Es una fiesta que está muy bien para estar con los amigos y la familia".

Juegos, música, conversación y alegría

La jornada comienza con los juegos entre peñas y continúa sin demasiada preocupación por el reloj. Comer, cenar, beber sidra ("un par de cajas", admite) y atender una barra que comparten varios amigos, algunos compañeros técnicos de Adif. Por la mañana cayó algo de lluvia. Nada serio. En Asturias, "un poco de agua" tampoco suele ser argumento suficiente para desmontar una fiesta.

Eso mismo piensa Lucho Italia, de 26 años y llegado desde Santiago de Compostela. Era su primera vez en San Roque y bastó que unos amigos le hablaran de peñas, verbena y fiesta para que respondiera sin demasiadas preguntas: "Para adelante".

Lo que más le sorprendió fue descubrir que aquello no era una celebración reservada para la noche. San Roque empieza de día. Y luego ya se verá cuándo acaba. "Aquí estás desde las doce de la mañana y el día queda a tu disposición hasta las tantas", explica. Había niños, grupos de amigos, familias, empanadas, flanes y comida de campo. También ese 'orbayu' fino que acompañó una parte de la jornada.

A Lucho tampoco le preocupó. "La lluvia no me tira en casa".

Su peña, Los Despeñaos, reunía a cuatro en ese momento, aunque la víspera habían sido bastantes más. En San Roque los números son variables: uno llega, otro se va, aparecen tres amigos, alguien trae a otro conocido y, cuando se quiere hacer recuento, ya no tiene demasiado sentido intentarlo. Desde Vallecas, en Madrid, llegó también Carlos Fernández. Para él era igualmente la primera vez, y utilizó una palabra rotunda para describir la experiencia: "intenso". Le sorprendieron especialmente las horas. "Aquí empiezas y no sabes cuándo acabas".

Ambiente el campo de San Roque.

Ambiente en el campo de San Roque. / Noé Menéndez

En Madrid y en los pueblos de alrededor, explica, está más acostumbrado a fiestas que tienen comida, actividades por la tarde y después van apagándose. También conoce las verbenas de Castilla y León, pero encuentra en Tineo una diferencia: "El día parece no tener cortes.

A primera hora de la tarde observaba más familias y puestos destinados a los niños. Después llegaría otro ambiente. San Roque cambia según avanza el reloj y el pueblo lo sabe, se adapta y lo vive como si no hubiera un mañana, aunque lo hay, porque este domingo es el día gran del patrón. Puede que lo más importante de la vida, al final, sea bastante "eso": "Convivir y sentir que estas rodeado de "la gente que realmente te gusta", como resume Teresa.

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