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La catedral de madera y el gigante caído: el diferente destino de los dos grandes guardianes naturales de Tineo

Con la fayona de Eiros caída hace años, al concejo tinetense ya solo le queda el carbayón de Valentín como vigia arbóreo protegido del concejo

Una mujer camina bajo el carbayo en una imagen de archivo.

Una mujer camina bajo el carbayo en una imagen de archivo. / Cedida a LNE

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Francisco García

Francisco García

Tineo

Sobreviene una melancolía particular cuando el cronista vuelve la vista atrás, hacia aquellas palabras escritas décadas antes, para comprobar qué fue de la vida que describió. En la Asturias profunda, donde los árboles se miden por siglos y no por años, el tiempo no transcurre en vano. Aquella norma regional que hace más de treinta años pretendía proteger la madera de ley —esos tejos, fayas y carbayos centenarios diseminados por valles y camposantos— hoy suena como un eco lejano pero lleno de presagios.

Al indagar en el destino actual de aquellos dos mitos vegetales del concejo de Tineo —el Carbayón de Valentín y la Fayona de Eiros— nos encontramos con las dos caras indomables de la naturaleza: la que resiste impertérrita al empuje de los siglos y la que sucumbe, de pronto, en un suspiro de viento.

El gigante que aún abraza la tierra: El Carbayón de Valentín

Quien viaje hoy hasta la casería de Valentín, en la parroquia tinetense de Sobrado, encontrará una milagrosa certeza: el Carbayón sigue allí.

Sigue en pie como un guardián precolombino. Cuentan viejos legajos que este Quercus robur ya desplegaba su sombra sobre la pradera antes de que Cristóbal Colón navegara hacia el Nuevo Mundo. Más de siete siglos contemplan un tronco colosal que supera los diez metros de perímetro, un fuste arrugado y musculoso que parece hecho con la misma piel de las montañas occidentales.

A su lado, la humilde capilla de San Pedro parece buscar cobijo bajo su copa de veinte metros de diámetro. En su madera viva se lee el triunfo del tiempo: ha esquivado talas, guerras, plagas y la frialdad de los mapas. Declarado Monumento Natural en 1995, el Carbayón de Valentín sigue recordando al viajero que hubo un tiempo en que los hombres no levantaban templos de piedra sin antes postrarse ante la majestuosidad de un árbol sagrado.

La herida de la Fayona de Eiros

Pero la memoria vegetal también sabe de tragedias. Muy cerca de Valentín, en la pequeña aldea de Eiros, la historia tomó un rumbo desgarrador.

Aquella Fayona de Eiros, el haya monumental cuya estampa desafiaba los cielos con sus casi 30 metros de altura y su inmensa copa, ya no está. Una mañana de enero de 2009, tras una noche de viento feroz y susurros de vendaval, una ráfaga traicionera tumbó de golpe a la anciana mítica.

A las once y veinte de aquel 19 de enero, la fayona se desplomó contra el suelo de Tineo con un estruendo seco que encogió el corazón del pueblo. Al acercarse con dolor a los restos del árbol centenario, los vecinos descubrieron el triste secreto que el haya guardaba en sus entrañas: sus raíces, bajo una apariencia de vitalidad verde, estaban carcomidas y podridas.

Tenía algo más de dos siglos de vida. El Principado comprobó la imposibilidad de replantarla y los análisis de sus anillos contaron la historia exacta de doscientos años de veranos e inviernos protegiendo y cobijando a los hijos de Eiros. Su ausencia dejó un vacío cósmico en el horizonte, ese tipo de desamparo que siente un pueblo cuando le arrancan el tótem de sus antepasados

La madera y el tiempo

Caminar hoy por los caminos de Tineo es aprender a dialogar con las ausencias y las presencias. Los tejos milenarios continúan velando el sueño de las iglesias y los camposantos, recordando a los antiguos peregrinos del Camino Primitivo que la eternidad se escribe en hojas perennes.

El Carbayón de Valentín resiste como el último gran patriarca, mientras que la sombra de la Fayona de Eiros vive ya únicamente en las fotografías, en las páginas viejas como aquel reportaje de juventud y en el corazón de los vecinos que aún recuerdan cómo rugía el viento entre sus ramas.

Porque los árboles monumentales de Asturias no son solo madera protegida por un decreto regional: son la memoria misma de la tierra, la carne vegetal de nuestros abuelos y los únicos testigos que nos enseñan que, en este mundo de prisa y olvido, solo perdura aquello que sabe echar raíces profundas.

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