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La cicatriz blanca de la montaña: memoria y piedra en la Fana de Genestaza

Un fenómeno geológico sorprendente en una aldea de Tineo que merece la pena contemplar y que muchos asturianos desconocen

Imagen de archivo de la fana de Genestaza, en Tineo.

Imagen de archivo de la fana de Genestaza, en Tineo. / A. F. O.

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Francisco García

Francisco García

Genestaza (Tineo)

Hay lugares donde la geología no solo sostiene la vida, sino que la escribe con trazos desgarradores. En el Suroccidente asturiano, en las entrañas agrestes del concejo de Tineo, la montaña sangra una cascada inmensa de cuarcita blanca. Es la Fana de Genestaza, una herida geológica abierta en la Sierra de la Cabra que desde lejos semeja la grieta abierta por un hachazo ciclópeo en el Alto de Ramonalín.

Declarada Monumento Natural, esta "fana" —término asturiano para designar un gran desprendimiento o argayu— es un fenómeno casi único en la Península Ibérica por su magnitud y dinámica.

Según cuentan las crónicas antiguas, ocurrió a mediados del siglo XIX, cuando tras periodos de lluvias torrenciales y la fragilidad tectónica del relieve, la cresta del pico colapsó. La ladera no dio más de sí: la masa de cuarcitas se desprendió en un estruendo que debió retumbar como el fin del mundo en todo el valle. Desde entonces, el río de piedras desciende despeñándose hacia la garganta, alimentado de forma continua por la erosión, las heladas invernales y el empuje de las aguas subterráneas.

Pero la geología es solo la mitad de la historia. La otra mitad, la que duele y conmueve, la habitan las personas.

El eco de tres chimeneas y las historias que quemó el tiempo

Hace casi tres décadas, la vez que me topé de bruces con este impresionante fenómeno geológico, cuando el tiempo parecía transcurrir a otra velocidad, el camino hasta Genestaza ya exigía una pequeña peregrinación. Dejar atrás la fronda de Soto de la Barca, bordear la cuna liberal del general Riego en Tuña y ascender por la pista empinada de Puente Castro era adentrarse en un universo en pausa.

Por aquel entonces, solo tres chimeneas alzaban su hilo de humo al cielo de Genestaza. Una de ellas pertenecía a Agustín Fernández, el fotógrafo veterano que tras treinta años reteniendo luces y sombras en Venezuela, decidió regresar al terruño natal cargado de libros, memorias y una calma de emigrante sabio.

En las callejuelas de piedra del pueblo, la vida latía con la serenidad de los siglos en los truébanos de castaño, viejos troncos ahuecados por la podredumbre donde las abejas continuaban, obstinadas, fabricando su dorada miel. La pequeña iglesia orientada al Este guardaba la memoria de la estirpe de los Riego, mientras la casa del cura se desmoronaba en ruinas.

Contaban los viejos del lugar cómo en el 36 ardió el archivo del templo. La pira fue tan alta como la propia fana, y el olor de la piel añeja de las encuadernaciones al quemarse impregnó tanto el aire que los vecinos tuvieron que llevarse el ganado lejos para que no se ahogase con el tufo del saber convertido en ceniza.

El presagio de la piedra

Existe un temor atávico en los pueblos que habitan a la sombra de los gigantes. Los ancianos de Genestaza miraban la cumbre desgajada con una mezcla de devoción y recelo. Temían que llegase el día en que la montaña terminase de partirse en dos, reventase su pecho de roca impoluta y el "vómito de cuarcita" sepultase definitivamente las paneras, los tejos y las casas viejas bajo un mar de mineral.

La geología dicta que ese colapso definitivo, de llegar, tardará siglos. Sin embargo, el tiempo humano ha sido más veloz que el geológico. La verdadera marea que ha ido cubriendo a Genestaza no ha sido la piedra, sino el despoblamiento y el olvido.

Hoy, al contemplar esa deslumbrante grieta blanca recortada contra el cielo de la sierra, cuesta no sentir un nudo en la garganta. La Fana de Genestaza sigue ahí: un monumento a la fragilidad de la tierra y a la resistencia de los pocos hombres y mujeres que supieron vivir al amparo incierto de una montaña que se desmorona en silencio.

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