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El nuevo filme de Almodóvar

¿En el lejano oeste no había vaqueros gay? La realidad 'queer' en el wéstern

El wéstern, tanto el estadounidense como el europeo, desposeyó de lo 'queer' a una identidad que aparece sin ningún problema en el melodrama, la comedia, el terror o el thriller

Los actores George Steane, Jason Fernández y Ethan Hawke con el director Pedro Almodóvar y los también intérpretes Jose Condessa y Manu Ríos, en Cannes. EFE

El cortometraje de Pedro Almodóvar ‘Extraña forma de vida’, que se estrena este viernes en salas, es la punta de lanza de una reivindicación: ¿alguien puede seguir pensando que en el lejano Oeste, en la segunda mitad del siglo XIX, no existían pistoleros, rancheros, alguaciles o vaqueros gay? El wéstern, tanto el estadounidense como el europeo, desposeyó de lo 'queer' a una identidad que aparece sin ningún problema en el melodrama, la comedia, el terror o el thriller. Antes del corto de Almodóvar centrado en el reencuentro entre dos ex pistoleros que se amaron 25 años atrás, algunas películas y horadaron un territorio prohibido para el gran genero de la masculinidad.

Ya en el más puro clasicismo, aunque de forma alegórica, la homosexualidad aparece con contundencia. En ‘Río Rojo’ (1948) asistimos a un duelo generacional, el de John Wayne, el héroe viril por excelencia del cine del Oeste, y su ahijado interpretado por Montgomery Clift, actor acostumbrado a personajes frágiles y ambiguos. Al final se enfrentan a puñetazos, sin vencedor ni vencido, pero durante el recorrido asistimos a una secuencia cuyo doble sentido nadie en su sano juicio podría cuestionar: Clift y el 'cowboy' encarnado por John Ireland conversan sobre lo largas que son sus pistolas.

El filme lo dirigió Howard Hawks, cineasta de la amistad y la profesionalidad masculina que, sin embargo, travestizó en dos ocasiones a Cary Grant –en una escena de ‘La fiera de mi niña’ y en toda ‘La novia era él’– y rodó en ‘Los caballeros las prefieren rubias’ una secuencia absolutamente gay en la que unos gimnastas musculados y medio desnudos pasan olímpicamente de la presencia de Marilyn Monroe y Jane Russell.

Ya antes, en la versión de 1930 de ‘Billy the kid’ a cargo de King Vidor o en ‘El forajido’ (1940), empezada por el mismo Hawks pero terminada por su megalómano productor, el magnate Howard Hughes, las acotaciones gay fueron indisimuladas. Un director homosexual, George Cukor, aportó su granito de arena al género con ‘El pistolero de Cheyenne’ (1959) –cuyo título original es ‘Heller in pink thigs’, más bien unas mallas rosas–, mientras que un cineasta hetero, Douglas Sirk, evidenció la diferencia en la conservadora sociedad estadounidense de los 50 mediante los personajes encarnados por Rock Hudson, realizó en 1954 ‘Raza de violencia’, sobre el hijo de Cochise.

Pero nada como los wésterns de Nicholas Ray. Pese a atracar bancos, disparar con revólver y lucir guardabarros estilosos, los Jesse y Frank James encarnados por Robert Wagner y Jeffrey Hunter en ‘La verdadera historia de Jesse James’ (1957) no son más que adolescentes inadaptados y de identidad confusa como los James Dean y Sal Mineo de ‘Rebelde sin causa’. Ray alcanzó la ascesis en ‘Johnny Guitar’ (1954), arrebatado wéstern político (metáfora de la caza de brujas) y lésbico, con la pasión soterrada, enfermiza y celosa de una de las protagonistas hacia la Vienna encarnada por la siempre ambigua Joan Crawford, que luce mejor vestida de hombre que con traje femenino.

De la amistad al deseo

Con la llegada del wéstern crepuscular, la ambigüedad sexual resultó manifiesta: la línea que separaba la amistad masculina del deseo homo-erótico era muy débil. Así surgieron ‘Grupo salvaje’ (1969), ‘Dos hombres y un destino’ (1969) –con el triángulo formado por Paul Newman, Robert Redford y Katharine Ross– y ‘Dos hombres contra el Oeste’ (1971).

En los márgenes del cine independiente y el ‘underground’, el tema no revestía ningún problema: ‘Lonesome cowboys’ (1968) de Andy Warhol y ‘Song of the loon’ de Andrew Herbert y Scott Hanson muestran sin tapujos vaqueros ‘queer’; ‘Lust in the dust’ (1985) de Paul Bartel se centra en una historia tradicional protagonizada por una bailarina de ‘saloon’ y un pistolero encarnados por Divine, la heroína trans del cine de John Waters, y Tab Hunter, icono gay del Hollywood de los 60. Incluso en ‘Dead Man’ (1995), de Jim Jarmusch, vemos a Iggy Pop travestido y negociando con sus compañeros quien podría acostarse con el atribulado personaje encarnado por Johnny Depp.

Llegarían después títulos como ‘Brokeback Mountain’ (2005), que no es exactamente un wéstern, y ‘El poder del perro’ (2021), sobre pulsiones reprimidas, así como otros ejemplos de cine ‘indie’ más atrevidos, caso de ‘Cowboys’ (2020) de Anna Kerrigan, con Steve Zahn como un hombre recién separado que escapa con su hijo transgénero de diez años hacia las tierras salvajes y libres de Montana huyendo del conservadurismo social.

Que el virilizado y endemoniadamente hetero universo del Oeste no lo es tal lo demuestran libros como ‘La Pluma y el Oeste: el fascinante viaje de la homosexualidad a través del wéstern’ (2019), de Fernando Garín Jansa, y documentales tipo ‘Queers & Cowboys: A straight year on the gay rodeo’ (2014), sobre un año de actividad de la Asociación Internacional de Rodeo Gay. El cine ha escondido una realidad.

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