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Crítica de cine

Bliss: campo de sueños

Owen Wilson y Salma Hayek.

Owen Wilson y Salma Hayek.

El rey de California, Otra Tierra y Orígenes dieron cierto pedigrí a Mike Cahill como cineasta con cierta personalidad, cierta habilidad para ensamblar elementos fantásticos en historias muy humanas y una incierta tendencia a forrarlo todo con un envoltorio visual a veces brillante, a veces rudimentario. Un cineasta más atrevido que valiente, más ocurrente que profundo, con grandes dosis de filosofía zapatillera para simular trascendencia. Bliss (Felicidad) es un resumen de sus defectos y apenas aparecen sus cualidades, que se agrupan todas en un arranque intrigante con un crimen impune.

Un hombre en la cuerda floja: su trabajo se tambalea, su familia se ha desvanecido, las pastillas le sostienen a costa de poner su estabilidad mental al borde de la quiebra. Cuando su jefe le llama para darle una mala noticia, los demonios se conjuran para arruinarle la vida de la peor forma posible. Entre el horror, una angustia depredadora y un patetismo salpicado de humor, Bliss desconcierta lo justo para despertar curiosidad, con la decisiva aportación de un Owen Wilson entregado a la causa de convertir lo cómico en trágico. Y lo consigue.

Y entonces aparece en escena Salma Hayek con su magia de rastrillo y todo se va al traste. No por ella sino por su personaje. El guión pasa a ser una especie de Matrix en clave costumbrista y sentimental, sin asesinos clonados y jugando al despiste en el campo embarrado de Charlie Kaufman (“Eternal sunshine of the spotless mind”) para mezclar realidad y fantasía, sueños y verdades, espectros y presencias. Y ahí solo queda un camino: o saltas sin red como Kaufman para jugártela entre la pedantería y la genialidad o no nos hagas perder el tiempo. Bliss desdobla identidades, crea mundos paralelos, abre la espita de la denuncia social, cuela una historia paterno-filial improbable y mete con calzador una especie de broma sobre el cine de superhéroes con poderes asombrosos capaces de convertir el coche de unos matones en chatarra con un simple movimiento de manos.

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