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Crítica de cine

Confinados: revueltos pero no juntos

Anne Hathaway y Chiwetel Ejiofor.

Anne Hathaway y Chiwetel Ejiofor.

De Doug Liman sabíamos que era capaz de poner desorden frenético a un matrimonio de asesinos (Sr. y Sra. Smith), que manejaba bien la acción a varias bandas (El caso Bourne) y que movía con habilidad los hilos de la ciencia-ficción bélica (Al filo del mañana). De Steven Knight teníamos buenas referencias por las series Taboo y Peaky Blinders, y aceptables por dos “thrillers” cuando menos curiosos, Locke y Redención. Así que era justo y necesario esperar que la alianza de ambos diera como resultado algo digno de verse, por más que el punto de partida sonara a oportunismo precipitado: una pareja rota que debe aguantarse sí o sí bajo el mismo techo por culpa del confinamiento. En cierto modo, tres puntos de reunión con los títulos de Liman citados: guerra matrimonial, un presente que se repite cual día de la marmota, identidades borrosas a punto de ser borradas.

Por desgracia, Confinados es un pequeño desastre. Pequeño porque, a pesar del lustre comercial de sus creadores y de la presencia de una pareja de estrellas de brillo medio con algunos secundarios de postín (Ben Stiller y Ben Kingsley, más divertidos que eficaces), no deja de ser una película modesta rodada en pocos escenarios, sin escenas que exijan alardes técnicos y echando mano de las nuevas tecnologías para mostrar la incomunicación moderna: skype, facetime, zoom y esas cosas. Solo cuando la historia da un volantazo incomprensible hacia la comedia de robos hay algo más de movida visual y alguna salida a lugares más espaciosos. El problema es que ese giro absurdo, por no decir ridículo, solo sirve para estirar el asunto hasta casi dos horas, sobrando como mínimo una enterita. Y el virus del aburrimiento que ya asomaba antes termina apoderándose del espectador.

Empieza bien la función, eso sí. Un erizo paseándose tan pancho por un jardín en una ciudad vacía, relaciones familiares y de amistad limitadas a las pantallitas del móvil (con alguna declaración de amor inesperada), frustraciones a granel que llevan a un tipo a hacerse selfies montado en una moto confinada en el garaje, saludos entre vecinos desde la ventana (“¡Hola, extraña!”), raros ladrones de amapolas para crear sensaciones extremas, pequeñas ru(t)inas diarias, desahogos transitorios leyendo a D. H. Lawrence a gritos en la calle, la injerencia de Edgar “Allen” Poe para triturar el orgullo o un despido grupal vía telemática con la excusa del virus. Sí, Confinados iba bien encaminada hasta que Liman y Knight se empeñaron en despeñarla al abismo del bostezo.

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