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Guisos generacionales

Enric Auquer y Karra Elejalde.

El maridaje entre cine y gastronomía, entre imágenes en movimiento y fogones, se ha convertido desde hace años en un género en sí mismo como lo son los televisivos programas de cocina. Generalmente en clave cómica, o como mínimo distendida. Es el caso de La vida padre, que juega también a la disputa generacional a la hora de idear y condimentar nuevos platos que sacien la curiosidad de los clientes y, sobre todo, de los críticos gastronómicos.

El punto de partida juega con la pérdida de memoria de uno de los dos protagonistas, el encarnado por Karra Elejalde en uno de esos personajes que parecen escritos desde el primer momento para su lucimiento. Fue uno de los mejores chefs de Bilbao, pero algo que sucedió en el pasado en su restaurante, 30 años atrás, lo desligó del mundo, desapareció de escena, dejó a su familia y, además, perdió por completo la memoria.

De modo que cuando reaparece, justo en el momento en el que uno de sus hijos está a punto de ser reconocido como otro maestro de la cocina, el conflicto es más que gastronómico y generacional. Mikel, el hijo, interpretado por Enric Auquer, se ha acostumbrado a ciertos lujos y demasiadas ambiciones. Su padre, Juan, quien no le reconoce, por supuesto, entra como un auténtico vendaval en su aburguesada existencia. De cualquier comedia pueden extraerse siempre consideraciones más serias, aunque La vida padre no va mucho más allá de poner en duda la ambición desmedida del joven chef en oposición a los planteamientos vitalistas de un padre que quizás, entre fogones, recuerde sus guisos y recupere, con ello, la memoria.

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