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Destinos vacacionales

Benidorm no es lo que crees: cinco claves para mirarla con otros ojos

El desprecio con el que se la despacha no tiene fundamento, dicen urbanistas, sociólogos y ecologistas avispados

Costa de Benidorm.

No hay manera de borrar la idea de que Benidorm solo es hija de la peor versión del pelotazo. Una aberración. El campo base de la baratura. Que lo mejor que uno puede hacer cuando circula por la AP-7 rumbo al sur es no tomar esa salida si quiere evitar un baño de chabacanería. No es esa la opinión de urbanistas y sociólogos, ecologistas con perspectiva y algún artista del siglo XXI, que aplauden aspectos no tan evidentes de este enclave de la Costa Blanca. Ahí van cinco argumentos. 

Número 1: El origen feminista

Cuenta la historia oficial que Benidorm fue un invento del alcalde franquista Pedro Zaragoza, que en una maniobra algo trilera impulsó el Plan General de Ordenación (1956) y se peleó con el obispado para no multar a las primeras nórdicas en bikini. Pero, ya saben, las historias oficiales suelen canonizar a señores que se mueven por arriba. 

El entramado de afectos entre las mujeres de los marinos marcó el concepto: los hoteles serían familiares

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José María Torres Nadal, catedrático de Proyectos de Arquitectura de la Universidad de Alicante, descubre la intrahistoria: 1/ Benidorm no era un pueblo de pescadores, sino de marinos mercantes; y 2/ mientas los hijos heredaban las tierras de labranza –las del interior–, a las hijas les tocaban las que no valían una perra, las de la playa. Cuando aquellas mujeres, solas y con familia a cargo, vieron asomar a los primeros extranjeros, se aprestaron a alquilar habitaciones –a la poeta Silvia Plath, por ejemplo– para apuntalar una economía familiar que solo podían aliviar con la venta de boñigas para abono.

El alcalde Pedro Zaragoza y la familia de lapones que trajo de Finlandia para promocionar Benidorm.

"El profundo entramado de afectos entre ellas acabó marcando el concepto: los hoteles serían familiares", explica el arquitecto. Y cuando regresaron los maridos, con Shanghái, Macao y Nueva York en la retina, "reconocieran el poderío de la construcción en altura". Todos vieron claro que era la expresión de la modernidad.

Sí, Pedro Zaragoza fue el 'facilitador'. Un tío con un par que viajó a Finlandia y se trajo a una familia de lapones para promocionar el pueblo en el norte de Europa. 'Product placement' del bueno. Y hay que contar que, como las parcelas de aquellas mujeres eran pequeñas, solo se pudo construir edificios como espárragos, sin más límite que la extensión de los cables de los ascensores y el respeto a los lindes, liberando espacio alrededor.

"Aquel 'sálvese quien pueda' inicial propició un crecimiento muy orgánico y configuró un 'skyline' muy interesante", según el arquitecto Martí-Galí

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Los bloques de atrás se fueron colocando de manera que no les taparan los de delante. "Aquel 'sálvese quien pueda', buscando que todos pudieran ver el mar, propició un crecimiento muy orgánico y configuró un 'skyline' sumamente interesante", señala Xavier Martí-Galí, del despacho de arquitectura OAB, fundado por Carlos Ferrater, y autor del ondulante paseo de la playa de Poniente (el de Levante es obra de Oriol Bohigas), donde antes había seis carriles de coches y hoy solo circulan buses, bicis y carritos eléctricos biplaza pilotados por abuelos.

Paseo de la Playa de Poniente. Archivo

Número 2: bizarra y fascinante

Hay alrededor de 140 hoteles, muchos de cuatro estrellas, con servicios de tres y precio de dos. Y cada uno, según el arquitecto Torres Nadal, "se convierte en una especie de corporación social entorno a la cual suceden cosas". Encierran una dinámica muy rica de argumentos sociales, gastronómicos, comerciales y sexuales. "Son productores de realidades". 

Número 3: el lugar más sostenible

Dice el arquitecto Oscar Tusquets que si en España existieran 13 'benidorms', el resto de la costa española seguiría siendo virgen. "Es el lugar más sostenible del litoral español", añade su colega Torres Nadal. Mientras la vecina Torrevieja –y otros cientos de municipios de playa adictos a las filas de pareadas– han hecho un uso abusivo del territorio y devoran recursos, Benidorm puso de pie 'la caja de cerillas' (unos pocos metros alojan a 1.400 personas). "La escala de los rascacielos es prácticamente 1:7 respecto a Manhattan: son más bajos que en Nueva York, pero las plantas son más pequeñas, con lo que la proporción de las torres es la misma", calcula Martí-Galí. 

Los hoteles no dejan una gran huella de carbono porque están orientados al sur y casi no necesitan calefacción en invierno

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Al devorar poco territorio, se esfuma la necesidad del uso del vehículo particular. La gente va a pie, en patinete o silla eléctrica; y "en 100 metros el bus circula por donde residen 3.000 personas, cuando en otras partes debe recorrer 12 kilómetros, lo que supone un extraordinario ahorro de energía", anota el sociólogo Tomás Mazón.

Esa densidad tampoco obliga a llenar de fosas sépticas el subsuelo. Y encima los hoteles no dejan una gran huella de carbono porque están orientados al sur y pueden funcionar todo el invierno sin apenas calefacción.

Playa de Benidorm. Archivo

Número 4: lo que cuenta es el todo (y no solo)

"No hay un edificio que valga un pimiento, pero el conjunto urbano es extraordinario", admite sin rodeos el arquitecto Torres Nadal. "Es muy potente estéticamente", respalda Xavier Martí-Galí, que señala que su espídico (y loquísimo) crecimiento –20 años más o menos– sucedió al mismo tiempo que el apogeo de los arquitectos estrella, que sembraban sus edificios icónicos en capitales con voluntad de darse importancia. "Es como si los arquitectos no fuéramos estrictamente necesarios –subraya Torres Nadal–. Un baño de humildad".

Y aun así, hay defensores de su singular belleza. Isabel Coixet la puso de relieve en la película 'neonoir' 'Nieva en Benidorm' (2020) –"la ciudad es una mezcla de J. G. Ballard, Don DeLillo y pasodoble", la ha definido–; y el fotógrafo Roberto Alcaraz Oviedo, "más partidario de lo ordinario que de lo exclusivo", descubre en su cuenta de Instagram (@benidormdreams) la armonía que late en esa desquiciada topografía urbana.

Número 5: la dimensión ética

"Tener una casita individual es un sueño para unos pocos; para dos millones es una pesadilla", sostenía Le Corbusier. El chalé con jardín y piscina –y a poder ser el yate para no contaminarse de humanidad– está al alcance del 4%. Y, desde el principio, Benidorm se impuso ser el destino de la 'working class' de Albacete, Manchester o Bremen.

"La riqueza hotelera no es demasiado sólida como para constituirse solo como agente económico puro y duro, ni es demasiado vaporosa como para que no pueda ser vivida por cualquiera", asegura el catedrático Torres Nadal. Es la materialización del Estado del Bienestar para millones de personas (16,5 en 2021).

Dos abuelos pasean sobre un carro de discapacitados convertido en el vehículo favorito de la tercera edad. Raquel Carbonell

Con esa premisa, casi todo es posible. "En la zona inglesa se toman dos tanques de cerveza por 5 euros mientras oyen a un imitador de Elton John –anota el sociólogo Mazón–. El sucedáneo de la buena vida". Una felicidad automática que accionan palancas como beber, bailar y comprar 'brilli-brillis' en los chinos. Nadie pregunta quién eres, sino cómo te quieres divertir.

También –y esto es importante– "es un laboratorio social", hace notar Mazón. "De los 69.000 habitantes censados, hay gente de 56 nacionalidades que comparten el mismo espacio de vida, trabajo y ocio" con los turistas; un modelo híbrido en las antípodas de Cancún (México) o Punta Cana (República Dominicana), donde han expulsado a los autóctonos y a los trabajadores a la periferia para convertir las playas en búnkeres de lujo 'low cost'.

Y en 1985 entró una variable nada desdeñable: ser el objeto de deseo de la tercera edad, que alcanza un nivel de expansión impensable en cualquier otra parte del país. Nadie censura los pechos lacios, el arrumaco octogenario o el abordaje de bufés libres como si no hubiera un mañana.

"Los abuelos bailan hasta altas horas de la noche, se olvidan de las enfermedades y ligan a sus anchas sin vigilancia familiar", cifra el sociólogo Mazón el calibre de su libertad. "¡Esto nos lo debíais!", dice que le dijo una señora. Y la señora tiene razón.

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