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Tómatelo en serie

'Love, death & robots: Volumen 3': nuevas visiones alucinadas y alucinantes

David Fincher, Alberto Mielgo (ganador del Oscar por 'El limpiaparabrisas') y una brillante Emily Dean firman piezas de este nuevo festín de animación de ciencia ficción

'El propio pulso de la máquina', uno de los cortos de 'Love, Death & Robots'.

Love, death & robots: Volumen 3 ★★★★

Dirección: David Fincher, Jennifer Yuh Nelson, Alberto Mielgo, Emily Dean y otros

Duración: entre 7 y 21 min. (9 episodios)

Año: 2022

Género: Ciencia ficción / Terror / Fantasía

Estreno: 20 de mayo de 2022 (Netflix)


Nos quedaremos sin saber qué habría surgido del proyecto de David Fincher y el animador Tim Miller de hacer una nueva 'Heavy Metal', aquella película de episodios de 1981 con inspiración en la revista de cómics para adultos aquí conocida como 'Métal Hurlant'. Pero, a cambio de aquel proyecto anunciado (y caído en desgracia financiera) en 2008, conseguimos en 2019 una serie antológica de no poca fuerza visual ni altura conceptual. Su recién estrenado tercer volumen casa, de nuevo, los últimos avances en animación digital con las más desatadas ideas de fantasía, terror y, sobre todo, ciencia ficción (de la rama dura), con resultados a menudo subyugantes. 

La colección se abre con 'Tres robots: Estrategias de escape', secuela de la pieza que abrió el primer volumen. Patrick Osborne (ganador del Oscar por 'Feast') visualiza con precisión una nueva exploración postmortem del proyecto de la humanidad: los androides titulares recorren nuestros intentos desesperados por sobrevivir al apocalipsis, desde las sectas del fin del mundo al amartizaje de lujo. También 'La noche de los minimuertos', de Robert Bisi Andy Lyon, una 'Guerra mundial Z' desarrollada en lo que parecen las pequeñas maquetas más elaboradas del mundo, incide en la idea de nuestra facilidad para la autodestrucción.

Pero antes hemos podido irnos de 'Mal viaje' del brazo del mismísimo Fincher, en el primer corto que dirige para la serie (y su primera obra de animación). Escrito por Andrew Kevin Walker ('Seven') a partir de un relato de Neal Asher, este 'Diez negritos' monstruoso cuenta el asedio de un crustáceo gigante a la tripulación de un barco mercante. Es tan oscuro, cruel y finalmente virtuoso como cabe esperar de su autor. Pero lo mejor que puede decirse de esta edición de 'Love, death & robots' es que el corto de Fincher ni siquiera es el mejor. Esa distinción corresponde a 'El propio pulso de la máquina', adaptación de Emily Dean del relato que valió un Hugo a Michael Swanwick en 1999. Haciendo verdadero honor a las raíces de cómic fantástico europeo de este proyecto, Dean apuesta por una animación 3D revestida de un carismático trazo (con apariencia de) hecho a mano y asentada sobre paisajes imposibles que evocan la obra de Moebius. Su visión es progresivamente más alucinada, por no decir alucinante. Obra maestra.

Dean no es la única directora involucrada en el proyecto: también Jennifer Yuh Nelson (segunda y tercera entregas de 'Kung fu panda') hace su aportación con 'Equipo mortal', desquiciado episodio de 'G.I. Joe' con un oso grizzly mecanizado como villano letal. Francamente divertido, en parte por esa demente banda sonora hardcore techno que sirve Skrillex. La acción militar vuelve en 'Sepultados en salas abovedadas', de Jerome Chen, que a este cronista le trajo flashbacks tanto de 'Aliens: El regreso' como de la más olvidada 'Runaway: Brigada espacial'. Y la destrucción irónica reina también en 'Las ratas de Mason', de Carlos Stevens, aunque su mensaje final es cálido, curiosamente conciliador.

En contraste con la acción expeditiva de estas tres últimas piezas, 'El enjambre' y 'Jíbaro' proponen visiones esquivas, misteriosas e inasibles. En la primera, Tim Miller parte de una historia de Bruce Sterling para desarrollar una inquietante historia de sexo, filosofía y, de nuevo, impiedad humana. En la segunda, el español Alberto Mielgo (ganador del Oscar por 'El limpiaparabrisas') revisa el mito de las sirenas y su canto mágico con un estilo sensorial y poético, que no exento de virulencia ni sexualidad, como cabe esperar en él. 

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