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javier morán

Muriendo y aprendiendo

Hacía mucho tiempo que no escuchaba esa expresión que la leyenda atribuye al sabio Salomón, pero ayer un anciano venerable se angustiaba ante uno de esos artefactos expendedores de billetes de tren cuando una chica agradabilísima se le acercó y le fue indicando con maestría los pasos que tenía que dar, de modo que la joven en ningún momento tocó la máquina, sino que con una firme voz de mezzosoprano, pero sin indicio alguno de autoritarismo o de reproche, fue guiando los dedos de aquel patriarca.

-Ahora le devolverá cinco céntimos. Baje usted al anden por esa escalera, la que dice Gijón y San Juan de Nieva.

Entonces, el viajero veterano exclamo:

-¡Ah, caramba, muriendo y aprendiendo!

La verdad es que aquel caballero no tenía pinta alguna de ir a morirse en breve, pero así lo dijo Salomón, el cual estaba un día calentando sus magras carnes ante el brasero cuando entró un chiquillo de la tribu judía y le pidió una brasa para que su familia pudiera hacer fuego. El sabio asintió con la cabeza, pero pegó un brinco cuando vio al churumbel echar las manos al fuego.

-¡Desgraciado, que te abrasas!

Pero el crío siguió avanzando. Tomó las tenazas y colocó una pequeña brasa sobre unas cenizas que había cogido con su otra mano, en forma de cuenco. Entonces, Salomón dijo la célebre frase:

-¡Coño, muriendo y aprendiendo! (probablemente no dijo «coño», pero es licencia que aquí introducimos para quitarle un poco de gravedad a la historia sagrada).

Ayer, en Llamaquique, y gracias a alguien que debía de ser pedagoga, profesora, o similar, un respetable caballero no perdió el tren por culpa de esos impedimentos para gente mayor que el Adif y las ferroviarias han impuesto en las estaciones.

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