El mariscal Rommel clasificaba a sus militares en listos o tontos y en vagos o ambiciosos: «Los ambiciosos si son tontos son peligrosos y me libro de ellos, aunque si son listos prefiero tenerlos en mi Estado mayor». El estratega alemán planteaba, ya entonces, el dilema de gestionar el talento y las cualidades del líder.

Con frecuencia los jefes consideran un problema contar en su equipo con demasiada gente extraordinaria e independiente. Piensan que ello los obligará a un esfuerzo suplementario para liderar con transparencia interna, para que sus colaboradores no entren en conflicto y se impongan a sus iguales, sin que ninguna de sus fuertes personalidades desequilibre el equipo.

Por el contrario, Obama nos ha impresionado por rodearse de colaboradores muy experimentados dentro de su Gobierno. Suena muy bien, pero no es habitual: los gestores veteranos («pata negra») suelen tener un colmillo retorcido, tienden a ir por libre y son una fuente de problemas para trabajar coordinados. Muchos son los líderes que prefieren apoyarse en jóvenes con más compromiso que experiencia, que acepten más la autoridad que el poder. ¿Cuál es la diferencia? José Ramón Pin explica que poder es «que otros hagan lo que yo quiero», mientras que autoridad es «que otros quieran lo que yo quiero».

Los funcionarios preferimos trabajar con directivos con futuro, quizá porque suelen tener un estilo participativo y abierto, entrenando a sus colaboradores en las responsabilidades y hasta preparando su propia sucesión con naturalidad. Por el contrario, los jefes «secantes» no permiten a nadie crecer a su alrededor; lo cual es muy grave en una función pública española donde la sobrecualificación es la regla, donde abundan los conserjes licenciados.

Trabajar en la burocracia dificulta la promoción: no destaca quien hace lo que debe, sino sólo quien se excede. Todas las organizaciones conocen al «trepa». Son despreciados por sus iguales y ensalzados por su jefes, que no dudan en romper el equilibrio existente en las relaciones laborales para tocarlos con su dedo providencial. Lo reconoceréis por su tendencia a minusvalorar a sus compañeros y apropiarse de su trabajo. Pero no los subestimemos, pues los trepas tienen tantas cualidades como impaciencia. Las estructuras chirrían porque tienen prisa; quieren anticipar el futuro, aun a costa de dejar un reguero de cadáveres en los armarios de los negociados.

Cada vez más, los individuos y los mandos intermedios tienen menos espacios para esconderse de los controles, por la mayor capacidad tecnológica para procesar información con gran rapidez. En las empresas, la implantación de objetivos trimestrales está a la orden del día.

El periodista Ignacio Muro aprecia que estos nuevos modos de dirección privada pretenden que la gente trabaje hasta reventar, por lo que no es extraño que los empleados desarrollen escepticismo mientras interiorizan un nuevo código de comportamiento que se concreta en la afirmación «ésta no es mi empresa», que sirve de título a su reciente libro («Ecobook», 2008, 22 euros y 240 páginas). El objetivo es el esfuerzo permanente, empujar a todas las unidades más y más en una presión creciente desde la cumbre de la jerarquía.

Pero volvamos a la Administración pública, donde se quejan de la gran dificultad para encontrar directivos entre los altos funcionarios, en teoría los mejores conocedores del servicio público. Parte de la culpa pueden tenerla los llamados «incentivos perversos». Los empleados públicos que han ocupado un alto cargo consolidan, para el resto de su futura carrera administrativa, una parte importante de su retribución, en forma de complemento. Yo mismo disfrutaré del privilegio algún día.

Sin embargo, se produce una paradoja. Estos ex directivos públicos, estos funcionarios «pata negra», ganan más tras cesar y volver a la anónima y pacífica ocupación del técnico. Vamos, que muchos no tienen ninguna gana de repetir la experiencia y ningún miedo al regreso a la vida civil. El sueño de Max Weber, el padre de la moderna burocracia, que recomendaba al político ser económicamente independiente de los ingresos que la labor pública pueda proporcionarle. La izquierda ha criticado siempre esta concepción porque dejaba esa actividad en manos de las clases «acomodadas». ¿Somos los funcionarios la nueva burguesía?

La diferencia entre quien vive «para» la política y quien vive «de» la política se sitúa en el nivel económico. La gestión de los intereses públicos puede ser una noble vocación, pero también una profesión y una fuente regular de ingresos. El aprieto surge cuando un directivo público cesante va directamente a las listas de desempleo. Eso sí que genera fidelidad al jefe. Una amenaza que suaviza muchas enérgicas voluntades. No hay mayor nobleza que la dimisión de quien vuelve a la fábrica.

Así, no es extraño que el ácido «Diccionario del diablo», de Ambrose Bierce, reduzca la política a «un conflicto de intereses disfrazados de lucha de principios». Parece que Ambrose no tiene mucha simpatía al político, pues le dedica palabras crudas: «Comparado con el estadista, padece la desventaja de estar vivo».