Las reacciones populares ante la sangre además de aburrirme me recuerdan el linchamiento que sufrió el monstruo de Frankenstein mientras el doctor se iba de rositas; hay que recordar que en esa historia el malo no era ni la criatura, que era la víctima, ni el doctor, sino la sociedad: los gritones de las hoces y las guadañas, ahora, que somos más progresistas, en lugar de empuñar herramientas de labranza, llevamos pancartas, pitos y altavoces.

Me refiero al espectáculo denigrante, carroñero y miserable que los medios, especialmente la cadena basura, están organizando con el asunto de la chica muerta en Sevilla; a mí que los periodistas «expertos» en crímenes se crean por encima de los demás mortales en cuestiones morales no me importa, también los buitres vuelan alto y, al igual que Nacho Abad y los demás, se alimentan de cadáveres; nada que ver este amarillismo con el periodismo criminológico serio de Pérez Abellán.

La personalidad del asesino y sus cómplices me la traen al pairo, me da igual que sean impulsivos, sumisos, autoritarios, que carezcan de figura paterna, materna, que sean dependientes o independientes de campo, que jueguen al fútbol, que coleccionen tazos o que se fueran de cacería con Bermejo; llevamos ciento y pico años estudiando el problema, haciendo perfiles desde Lombroso hasta la teoría del cromosoma XYY, pasando por los déficits neurológicos, y apenas hemos resuelto nada... ¿No habrá que mirar en otra dirección?

En casos como el de esta chica y otras jóvenes que caen a manos de sus «parejas» me interesa mucho más el perfil de la víctima, el del agresor está claro: el machito, el gallito, el maltratador, el macarrilla, es decir el Duque, el Cabano, el Gorka... el idealizado y presentado como atrayente por «Los Hombres de Paco», «Física o química», «Sin tetas...», es verdad, los mierdas éstos, asesinos, maltratadores adolescentes contumaces son hijos de esta sociedad, no han venido de una tribu perdida del Amazonas ni de Marte, pero también las víctimas son de esta sociedad, no son niñas burbuja.

¿Qué es lo que lleva a muchas de nuestras jóvenes a tolerarlo, a permitir un primer paso en la dinámica del maltrato? ¿Por qué tras el primer grito, el primer manotazo, el primer empujón o la primera demostración de celos enfermizos no se cierra la puerta y se dice «ahí te pudras tú y tu madre»? No estamos fallando sólo en la educación/prevención al maltratador, sino también en la educación/prevención a la víctima; al maltratador hay que enseñarle que hay que respetar a los demás, pero a esos demás hay que enseñarles que hay que respetarse a sí mismos y el primer paso es no dejar dar ningún primer paso; mientras sigamos enseñando a nuestras niñas que el único objetivo de la vida es pillar un Cabano, un Duque, un príncipe azul que, en verdad, no es más que un hijoputa que folla bien, sucesos como éstos se van a repetir cada vez más, y una cosa es clara: ni Rajoy, ni Zapatero ni el Código Penal o la cadena perpetua lo van a evitar.