24 de junio de 2009
24.06.2009
La rucha

A últimos de agosto

n Los primeros recuerdos, los paisajes primeros son imborrables

24.06.2009 | 02:00
A últimos de agosto

Para Bis, que cumple hoy años


Era verano. 26 de agosto, me imagino, porque veníamos de celebrar el San Bartuelo. Ana no andaba mucho todavía y yo venía cogido de la silla o aferrado a tu mano. Tú vestías de luto (si miro atrás, te veo casi siempre de negro, tendiendo la colada frente a Llumeres, entre el Nordeste y la tristeza) y caminábamos de Viodo hasta Bañugues. Chusa sentía miedo de los destripadores y a ti no te gustaba el tramo de Entrerríos a la mina. Avanzabas de prisa y en el ramal que iba al Castañeo, te santiguabas.


Era temprano de mañana, posiblemente martes, tras el fiestín, los juegos, la cucaña y la chocolatada. Los hombres -portugueses morenos, con sombrero y pañuelo- desarmaban la carcasa del tiro y las lanchitas y había en el camino papeles de la rifa, laurel de carrozas, cartuchos de avellanas. Dos muchachos buscaban por el campo monedas y petardos. Dejábamos atrás la «Casa'l Ruxo», la casa de Visita y la blanca espadaña de la iglesia. Alguien alborotaba, con cajas y tablones, bajo el toldo y las vigas de la barraca.


Era un día de sol y azul intenso. Viodo me olía a estiércol y a masera. La vida había parado esos tres días y empezaba de nuevo la faena en las tierras y en las cuadras. Yo marchaba feliz con mi reloj de plástico, llaveros de colmillos y esqueletos, la escopeta con corcho y Ana con su globo en un hilo, con bigotes y orejas. Tú llevabas un gesto que a mí, desde pequeño, me hería y me intranquilizaba, como un dolor muy camuflado, como una pena muy escondida (si miro atrás, te evoco casi siempre con los ojos colmados de cansancio, como entre desconsuelo y añoranza).


Era todo belleza lo que salía al paso, serenidad profunda entre el graznido de cuervos y de pegas: los bálagos de Gerble y el campo de la fiesta. Hierba pisada y retazos de pólvora. La carretera entre los eucaliptos, la quietud del Molín y de Los Abanales. Todo firmeza, desde ti al horizonte: el cementerio tímido, los montes de Paraxo, la espalda de El Ferrero, la cal reciente y limpia de las fachadas.


¿Era paz todo lo que viví en estos trayectos o simplemente, como ocurre a veces, al echarte de menos no siento como mío nada? Era verano. Salíamos de Viodo. Cedería cinco años por aquella mañana.

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