Opinión | Varadero de Fomento
Alejandro Ortea
Una oficialidad en entredicho
n Los intentos antidemocráticos de una minoría por hacer que una mayoría acepte su forma de hablar
Los vecinos de una ajardinada, pero ya irremediablemente urbana, parroquia de mi pueblo, que dicen goza de un especialísimo microclima, se quejan de los nombres que han puesto a algunas de sus calles y barrios. El animoso y valiente concejal Tino Venturo les ha venido a decir que toca aguantarse porque tales nombres son los oficiales. Bendita sea su pureza. Para no extendernos más en la cosa, a la flamante plaza del Instituto, la seguimos llamando del Parchís, a pesar de su nombre oficial actual, e incluso también cuando lo oficial era llamarla del Generalísimo; como a la actual del Carmen la llamamos siempre así, a pesar de que lo oficial durante unos demasiado largos lustros era mentarla como de José Antonio. Y menos mal que hubo unos cuantos, entre los que sin duda se encontraba el buen concejal Venturo, que se empeñaron en que la tal oficialidad dejara de serlo. Así que cuidado con esos brotes de ordeno y mando y a conformarse tocan, porque los que no suelen conformarse por las buenas acaban encontrando el caminito para que las cosas cambien si las creen injustas o incómodas.
El tema del bable/asturiano es bonito y enjundioso. Los intentos de una minoría por hacer que una mayoría acepte su forma de hablar es maniobra en esencia antidemocrática y deberían poner exquisito cuidado algunos munícipes con sus brotes de ordenancismo leguleyo. Se comprende que políticamente el PSOE local -e incluso regional- tenga que soportar ciertas exigencias «babliegas» de sus minoritarios socios de IU y que éstos lo hagan para conformar a un reducido y minúsculo grupo de coaligados que intenta imponernos a los demás lo que consideran forma chachi de hablar en Asturias. Esto que en sí mismo no deja de ser una pamplina anecdótica, se puede convertir en un momento dado en vulgar opresión. De ahí el cuidado que los sensatos tienen que imponer entre los badulaques que sólo entienden el poder -grande o pequeño- por el poder en sí mismo.
Para comenzar, conviene no reírles las gracias ni hacerles demasiado caso, no vaya a ser que se crezcan los aprendices de totalitarios. Probablemente, vistos los excesos que está tomando la cosa, convendría abrir un tiempo de reflexión y, entre tanto, suspender cautelarmente tanta alegría «babliega» como últimamente venimos soportando con estoicismo y preocupación. Entre los obispos y curas que pretenden imponernos el cómo casarnos, descasarnos, los símbolos que se deben colocar en las escuelas o hasta cómo comportarnos en la cama y estos otros que intentan decirnos cómo deberíamos hablar, no se encuentra mucha diferencia, aunque ellos se crean tan diferentes por el simple hecho de que a unos les haga tilín canturrear en latín y a los otros les haga tolón ponernos a llamar a las cosas con los nombres que ellos desempolvan de alguna vieja alacena o, sencillamente, se sacan de la manga. ¿Hay, entonces, que poner mucho cuidado, o no? Porque democrático, y no otra cosa, sigue siendo que oficial sea lo que prefiere la mayoría.
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