23 de marzo de 2010
23.03.2010
Ahora que tengo un rato

Aunque sea modo, no son modos...

Elegir el nombre de los hijos, una responsabilidad paterna que marca de por vida

23.03.2010 | 01:00
Aunque sea modo, no son modos...

Cuando tenemos hijos no somos conscientes, a veces, de la responsabilidad que implica ponerles un nombre. Parece muy simple: se va a llamar como mi abuela. Y así empiezan los problemas. Sí, porque el nombre elegido puede que en la época de la abuela fuera el no va más del refinamiento, o puede que pretendamos honrar algún que otro desaire que le hiciésemos en vida a la viejita, pero digo yo: ¿tiene el niño la culpa de eso? Cuando elegimos el nombre de nuestro hijo, ¿no deberíamos imaginar la cara angelical del niño respondiendo a cualquiera de las cosas que se nos hayan pasado por la cabeza?, ¿no deberíamos imaginar el patio de un colegio, en pleno recreo de las once, y al niño poniéndose más colorado que un tomate por las burlas de los compañeros? No quiero que nadie tome a mal lo que estoy diciendo. Es cierto que todos los nombres que permite poner el Registro Civil son totalmente dignos, pero también es verdad que las personas somos un poquito tocanarices y nos encanta hacer bromas cuando es otro el que sufre las consecuencias.

Que esto no se tuviera en cuanta en el siglo pasado, pase, pero que no se piense en ello ahora? eso ya tiene más delito. No tenemos más que ver el caso del gran poeta Pablo Neruda, que no quiso que el mundo le conociese como Eliécer Neftalí Reyes (lo del apellido yo creo que fue para subir nota). Claro que, en su caso, es bueno tener en cuenta que nos estamos remontando al año 1904 y que hablamos de Chile, país que tiene sus propias tradiciones y en el que, quizá, no se tiren dardos envenenados contra todo aquel que ostente algo diferente en su persona. Lo que sí tiene delito son, por poner un ejemplo, dos casos que me tocan muy de cerca: un Romeo y una Jimena. Es pronto para saber si llevo o no llevo razón pues aún no se han visto, seis horas diarias, entre la crueldad que se puede palpar en la «tierna» infancia, pero? tiempo al tiempo.

Aunque, lo peor de todo, es el orgullo que muestran los padres; te miran como diciendo: ¡ahí queda eso!, ¡ni en un millón de años se te habría ocurrido a ti! Pues la verdad es que no. Ese orgullo era, más o menos, el que expresaba el rostro del cantante Daniel Diges, tan de moda por su pasaje al festival de Eurovisión (sí, ya sé que el dichoso festival merece otro artículo), cuando le preguntaron por su hijo y, así como de pasada, dijo su nombre: Galileo. Después miró a la cámara, todo simpatía y rizos, y apostilló: Galileíto. Y se quedó tan ancho.

Chavalines de hoy en día, mi más sincera condolencia.

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