09 de abril de 2010
09.04.2010

El trapecista ciego

Reflexiones sobre la necesidad de suspender totalmente las repoblaciones de salmones en Asturias

09.04.2010 | 11:19
El trapecista ciego

Las repoblaciones con individuos procedentes de piscifactorías han sido durante años el principal recurso del que se han valido las administraciones del norte español para tratar de invertir la tendencia que conduce a los salmones de nuestros ríos a su total desaparición. Recientemente, el biólogo Alfredo Ojanguren, en este mismo periódico (14 de marzo de 2010), aconsejó, entre otras medidas, la suspensión total de las repoblaciones. Las siguientes líneas son una reflexión sobre cinco puntos que de forma independiente convergen con la propuesta del citado autor.

1. La selección sexual

No es una casualidad que los machos de salmón, durante la freza, hayan desarrollado temibles mandíbulas en forma de gancho, como no lo es tampoco que peleen ferozmente entre sí en un intento desesperado por monopolizar a las hembras, que se prolonga durante semanas. Todos aquellos caracteres de morfología o comportamiento que hayan favorecido la reproducción a sus portadores son el resultado de la selección sexual. Ser un macho de tamaño formidable y temperamento agresivo es, sin embargo, solo parte de esta historia. Adquirir un tamaño y peso elevados significa permanecer más años en el océano, con todos los peligros que ello conlleva. Además, las ventajas que proporciona tener un cuerpo grande disminuyen cuando los rivales también lo tienen. Esto lleva a que muchos machos avancen su maduración y regresen al río a una edad más temprana. Algunos de éstos pueden ahora disputarse entre sí el dominio de hembras no vigiladas por machos mayores o adoptar un papel subdominante. Otros, simplemente, pueden optar por la táctica de no pelear. Son individuos que se asemejan a hembras en morfología y coloración, lo que les facilita estar cercanos a hembras reales sin sufrir ataques de los machos que las guardan. Más extrema es aún la estrategia de, simplemente, no abandonar el río. Son los llamados vironeros, machos juveniles de apenas 12-17 centímetros que maduran precozmente en el río y aguardan escondidos en la grava la oportunidad para reproducirse con las hembras adultas que regresan del mar. Sorprendentemente, también dentro de los vironeros hay peleas que establecen jerarquías y derechos de territorio cuando los adultos no están presentes. Por otro lado, sabemos que las hembras aceleran o ralentizan la freza dependiendo de lo atraídas que se sientan por el macho que las corteja. Al retrasar la puesta las hembras facilitan que otros machos lleguen y se inicien peleas en las cuales los individuos de calidad inferior quedan eliminados. De este sistema reproductivo complejo se deduce la tremenda importancia que tiene para el salmón la freza en el medio natural. Cuando los humanos capturamos los peces y los desovamos artificialmente estamos ignorando uno de los componentes centrales de la evolución.

2. La selección natural

Las hembras de salmón ponen alrededor de 2.000 huevos por kilo de peso. Si el tamaño medio de una hembra es de 5 kilos, cada hembra depositará, en promedio, 10.000 huevos en la grava. Para que una población se mantenga constante es necesario que dos de estos huevos (los que suplantan al padre y a la madre) sobrevivan hasta convertirse en adultos y reproducirse. Sabemos que aproximadamente el 90% de las muertes se produce en las fases tempranas de vida en el río. Las repoblaciones consiguen, en cambio, que las tasas de mortalidad hasta el momento de la suelta sean cercanas al 0%. A partir de ahí esperan que se genere, después del viaje oceánico, un retorno lo suficientemente grande como para recuperar las diezmadas poblaciones de nuestros ríos. Es decir, de unas pocas hembras se pretende edificar una población entera. Afortunadamente, esto no ocurre puesto que de lo contrario la pérdida de variabilidad genética resultaría seguramente en la extinción total de la población a corto plazo. Las razones por las que no ocurre son tan evidentes que es difícil comprender por qué continúan las repoblaciones. Sabemos que si el peso de un salmón juvenil desciende por debajo de un umbral límite, el pez morirá sin remedio. Para evitarlo, un juvenil deberá capturar el máximo número de presas incurriendo en el mínimo gasto energético y estando el mínimo tiempo posible expuesto a los depredadores. La única forma de conseguir esto es disponer de un territorio que contenga zonas de refugio y, a la vez, características físicas, determinadas por la velocidad del agua en superficie y en el fondo, la profundidad y otros parámetros, que faciliten la captura de presas manteniendo un coste energético bajo. Defender dicho territorio de otros competidores marca la diferencia entre la vida y la muerte. Los esguines salvajes que bajan al estuario cada primavera son auténticos campeones. Pertenecen al selecto número escogido que ha demostrado poseer las condiciones óptimas para sobrevivir en esta batalla. En las estaciones de alevinaje las condiciones son muy diferentes. Los peces se encuentran hacinados durante meses en balsas circulares, cubiertas por mallas, a salvo de depredadores. Se les proporciona comida a intervalos cronometrados. En este nuevo hábitat los comportamientos territoriales y de refugio son contraproducentes. Incluso en aquellos individuos que en el río hubiesen conseguido sobrevivir dichos comportamientos han quedado ahora aletargados. La habilidad para cazar una presa viva o para refugiarse ya no es un factor limitante. Cuando soltamos estos individuos en el río, lo natural es que al cabo de pocas semanas apenas queden supervivientes. Si la cosa terminara aquí, las repoblaciones serían solamente una pérdida de tiempo y recursos. Sin embargo, el problema es mucho mas grave puesto que al repoblar introducimos infecciones, alteramos las densidades naturales y echamos comida fácil al río congregando depredadores naturales y alterando sus hábitos.

3. El enfermo equivocado

Además de otros motivos de carácter general como son la sobrepesca en el mar y el calentamiento del planeta, la principal razón del declive del salmón en España ha sido la degradación del hábitat en el que vive. El río ha disminuido en longitud debido a la construcción de presas y azudes. Ha disminuido en volumen debido a las decantaciones de agua y regulación de caudales. Ha disminuido en pureza debido a la contaminación inorgánica y orgánica derivada de la industria y la ganadería. Las márgenes por donde discurre han sufrido alteraciones naturales al perder la vegetación de ribera que los contiene, y artificiales por la construcción de escolleras. El río ha disminuido en su calidad como refugio térmico, puesto que la cubierta vegetal que lo protegía en parte de la radiación solar es menor; ha disminuido también como refugio de depredadores, puesto que la presión de pesca relativa, número de cañas por salmón, no ha dejado de aumentar. En definitiva, para el salmón, los ríos son más cortos y tienen menos agua; esta agua es además menos pura y discurre por márgenes con menos árboles y más cañas deportivas. Si éstos son hechos objetivos, entonces ¿por qué repoblamos los ríos? ¿Para qué? Rellenar un río continuamente de peces no hace más que disparar las tasas de mortalidad, lo cual, a su vez, origina una serie de trastornos en las cadenas tróficas de consecuencias graves no solo para los salmones salvajes que viven en él sino para el ecosistema fluvial en su conjunto.

4. La trampa

Las repoblaciones obedecen a la siguiente argumentación: ya que los humanos hacemos daño al río, vamos a restablecer ese daño ayudándolo artificialmente. Es como decirle al río: lo que te quitamos por un lado te lo devolvemos por otro. Al hacer esto, estamos, indirectamente, admitiendo que vamos a seguir haciendo daño al río, o al menos que no vamos a utilizar los recursos de los que disponemos para restaurar y evitar dicho daño. Repoblar significa, por tanto, un fallo de planteamiento, la justificación de un mal mayor y un obstáculo para remediar los problemas que ocasionamos al río. Pudiera ser, además, que las repoblaciones cumpliesen la función política de contentar a un número importante de votantes puesto que las estaciones de alevinaje enmarcadas dentro de la autonomía correspondiente funcionan como semáforos indicadores de que la administración está preocupada por la abundancia de peces en el río. De ser cierto esto, las repoblaciones eximirían al partido gobernante de solucionar el que a juicio de muchos es el problema principal y cuya solución garantizaría, al menos en parte, la recuperación del salmón: conseguir que los peces lleguen de forma natural al hábitat para el cual han sido seleccionados; las cabeceras de los ríos.

5. El pez que subía los ríos

Ante la pregunta ¿qué es un salmón? la primera respuesta que nos viene a la mente quizá sería: es un pez que sube los ríos para reproducirse en el mismo lugar donde nació. Esta simple definición captura toda la magia que esta especie, seguramente desde tiempos remotos, ha motivado en el ser humano. Alcanzar los tramos altos para frezar significa, para un salmón, sacrificar su propio bienestar a su futura descendencia. Los juveniles, gracias al esfuerzo de sus padres, empiezan la difícil carrera de la vida en un hábitat prístino. A partir de aquí se escribe la historia de una de las aventuras más sorprendentes del mundo natural. Las repoblaciones parten por la mitad esta historia. Mutilan la grandeza del salmón que ha conquistado el mundo fluvial y marino. Ignoran la parte de vida donde la selección, a lo largo de miles de años, ha actuado con más severidad esculpiendo la naturaleza de los actores de este drama. Truncan la contienda final que premia a los escogidos con la transmisión genética. Los peces repoblados no son en realidad, según la definición con la que inicié este párrafo, salmones. Este concepto es tan importante que grupos científicos en USA han propuesto diferenciar las poblaciones de un río entre peces salvajes y peces de repoblación asignando a ambos grupos medidas de legislación distintas. En este sentido, y aun en el caso de que las repoblaciones fuesen mágicamente beneficiosas para aumentar las poblaciones de salmones, deberíamos preguntarnos si no es mejor recordar a estos animales como lo que fueron: magníficos peces que, tras un prodigioso viaje oceánico, remontaban los cristalinos ríos de la cordillera Cantábrica para alcanzar los frezaderos naturales.

Es la responsabilidad de todos valorar la información que existe a la hora de planificar cuál es la mejor estrategia que vamos a emplear para evitar que el salmón atlántico, en estado salvaje, desaparezca en un futuro inmediato definitivamente de España.

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