28 de abril de 2010
28.04.2010
MÁS DOMINGO

Aprender de la Universidad estadounidense

Las ventajas de la enseñanza superior norteamericana vistas por un estudiante asturiano

28.04.2010 | 02:00
Aprender de la Universidad estadounidense

Una de las primeras cosas que chocan cuando uno pisa un campus yanqui por primera vez es su inmenso tamaño y abundancia de recursos, fruto de caras matrículas e inmensas donaciones tanto de ex alumnos como de empresas privadas. Aquí, en la James Madison University, un alumno del Estado de Virginia paga unos 8.000 euros al año de matrícula, pero al ser una Universidad pública, una gran mayoría del alumnado recibe becas que cubren el total de la matrícula. No obstante, el concepto de Universidad pública no tiene nada que ver con el europeo: es pública porque el Estado de Virginia aporta un reducido porcentaje de los ingresos a cambio de que la Universidad cumpla una serie de objetivos anuales, como la admisión de minorías, logro de resultados académicos generales, realización de proyectos de investigación que la Administración quiere promover, etcétera.

La siguiente semana lo que definitivamente impresiona es la vida de campus. En la verde entrada a la Universidad puedes encontrarte desde un predicador fanático de turno condenando al infierno a los que votaron por Obama hasta una guerra de bolas de nieve entre 1.500 estudiantes convocados por Facebook, pasando por decenas de festivales de cine, conciertos, jornadas de cualquier tipo, y los archiconocidos partidos de fútbol americano.

Cuando pisas un aula americana por primera vez tu concepción de la Universidad cambia por completo. Conceptos como asistencia obligatoria, la exigencia de trabajos (un par por asignatura) además de dos parciales y un final, con un valor cada examen de un 20 por ciento sobre la nota final, pueden parecer característicos de su sistema pedagógico.

Una vez el profesor enciende el proyector -sí, no sólo hay un proyector por clase, sino que los usan- observas el desarrollo de la clase con los ojos como platos: el catedrático no se ha subido a hacer de loro durante dos horas, sino que está explicándole a la gente el concepto de soft power reproduciendo un par de vídeos de la web de la agencia «Reuters» sobre negociaciones bilaterales EE UU-China, con ronda de intervenciones posterior a los vídeos y la definición teórica del concepto. Tras esto nos encarga un trabajo de un par de páginas para la semana siguiente sobre cómo vemos el asunto, y da paso a un amigo suyo exiliado iraní para que nos comente en diez minutos la situación en su país de origen.

El ejemplo citado ilustra perfectamente las grandes diferencias entre la educación superior española y la estadounidense. Muchos de mis antiguos compañeros españoles, con una muy buena nota de selectividad, son víctimas de un modelo educativo con tanto profesorado inmóvil, sus clases magistrales, la cultura del «examen final», la imposibilidad de configurar tu carrera como a ti te gusta, la hegemonía de la teoría sobre la práctica, los suspensos con un 4,85 tras dos meses de encierro bibliotecario, el examen-trampa, el académico de turno orgulloso de la tasa de suspensos de su asignatura...

Sin embargo, no todo es oscuro en el futuro de mi querida Universidad española. El criticado proceso de Bolonia abre la puerta a la modernización de una estructura inmóvil y acomodada, y -al parecer- obligará a espabilar tanto a profesores como a alumnos. Las ideas de los Campus de Excelencia, los préstamos renta para máster, la ligera apertura en los procesos de contratación de profesorado, los pequeños incentivos a la inversión privada son alentadores para intentar poner en marcha un sistema que cada año se estaba hundiendo más y más en el pasado. No obstante, mucho queda todavía por recorrer, y no hace falta cruzar el charco para encontrar buenos ejemplos, como puede ser el sistema universitario británico.

Este mayo vuelvo a una España que dejé con un 9% de paro y que se encamina peligrosamente al 20%, tasa que sube hasta el 40% en los menores de 25 años. Con semejante panorama, creo que seguiré fuera, alimentando la quimera de poder encontrar un trabajo en mi tierra algún día, pero al paso que van las cosas me conformaré con ver algún día a mi Real Oviedo ascender de categoría, que no es poco.

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