15 de mayo de 2010
15.05.2010
Sol y sombra

Lágrimas de cocodrilo

15.05.2010 | 02:00
Lágrimas de cocodrilo

El magistrado de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón ha llorado de emoción rodeado de sus seguidores después de que el Consejo General del Poder Judicial, obrando en consecuencia con la ley, decidiese suspenderle en sus funciones tras el juicio oral abierto contra él por el Tribunal Supremo. A cualquier otro, en similares circunstancias, le habría ocurrido seguramente lo mismo, pero alrededor de Garzón es como si se hubiera conjurado el imposible. Un drama griego y, otras veces, un sainete, según se mire. En último caso, nada que tenga que ver con una democracia avanzada, porque en las democracias avanzadas existe un principio de igualdad ante la ley que afecta a todos, jueces incluidos. Todos tenemos que responder ante la justicia de nuestros delitos, por eso resulta curioso ver cómo un servidor de ella intenta escabullirse.


El polémico magistrado, en vuelo interrumpido a La Haya para intentar eludir su responsabilidad, se enfrenta a una querella por prevaricación por haber abierto una causa contra los crímenes del franquismo, cuando existe una ley de Amnistía aprobada en 1977, proyecto común de los españoles de izquierdas, de derechas y también de los mediopensionistas. Pero es que, además, hay otras dos querellas en curso admitidas por el alto tribunal: una, por los cobros de los cursos patrocinados por el Banco de Santander en Nueva York, y otra, por intervenir las conversaciones de los abogados con sus clientes inculpados por el «caso Gürtel», supuestamente en contra del derecho de todo delincuente a ser defendido.


Independientemente de que sea culpable o inocente de lo que se le acusa y de que en nombre del franquismo se hayan cometido crímenes repugnantes, ¿alguien me puede decir por qué a Garzón no se le debe juzgar por los supuestos delitos que llevarían a cualquier otro juez al banquillo? O acaso es diferente del resto.


Por la parte que toca de sainete ibérico, el escritor premio Nobel José Saramago ha declarado que las lágrimas del juez son también las suyas. Más de uno pensará, con razón, que son lágrimas de cocodrilo.

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