29 de mayo de 2010
29.05.2010
Sol y sombra

Las horas bajas

29.05.2010 | 02:00
Las horas bajas

Al igual que le ocurre a la mayoría de los miembros de la Cofradía de la Santa Columna, me declaro sometido al terrible yugo de Zapatero. Es un yugo al que los columnistas, desde los primeros espadas a los subalternos, estamos uncidos por partida doble, por ciudadanos y heraldos.


Ahora toca escribir del presidente del Gobierno en sus horas más bajas, en el momento de su victoria pírrica más amarga. Cuando ya sólo le quedan los fieles del partido y el clamor de dimisión empieza a extenderse. Zapatero ha caminado de error en error, soy de los que piensan que resultará difícil en este político, ganador de dos elecciones consecutivas, encontrar hechos que lo rediman y le impidan pasar a la historia como el peor de la Democracia. Al menos, en lo que se refiere al beneficio que este país ha obtenido de su gestión. A Zapatero no le salvará el talante, ni probablemente tampoco lo haga la determinación izquierdista que algunos vieron en su papel al frente del Gobierno. Eso será precisamente lo que lo condene, después de haber traicionado los principios que con tanta insistencia decía defender.


El Zapatero de las pequeñas utopías se ha suicidado al mismo tiempo que el país se arrastra por el precipicio después de haber transitado por la senda más peligrosa. Sin el optimismo antropológico y las ideas de Philip Pettit, el inquilino de la Moncloa es una sombra del juguete que con innegable éxito nos ha vendido el socialismo.


Los líderes duran en los partidos el tiempo en que los suyos creen que serán capaces de mantener el tinglado a salvo. De eso es de lo que se trata. Ahora bien, quién sabe lo que será capaz de aguantar el tipo duro de la montaña leonesa que se apoya en las barandillas del Hemiciclo para no caerse. El tierno Bambi se ha convertido en la abuela de Bambi, eso es evidente. Es verdad que mientras haya un naipe en la manga, el político trilero aguanta, pero yo creo que a ZP le quedan pocos trucos por explotar. Pocos que podamos imaginarnos, claro. Lo que habría que realmente saber es hasta qué punto están dispuestos los españoles a volver a dejarse engañar.

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